Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, ¿viste?…

Balada para un Loco- Astro Piazzolla

Por las calles empedradas se evapora un frío que trae olor a mate, la plazoleta del parque luce teñida de un verde pálido y por entre la bruma se observa una mesa de mármol.

Las figuras apenas visibles de cinco hombres se mueven en coordinación con el vaivén de las hojas. El viento sopla tan fuerte que parece traer un mensaje urgente.

Mientras me acerco el olor se hace más intenso, luego vienen las risas, las voces ahora son claras; un doble As sobre la mesa.

Una mano agrietada y algo temblorosa desliza delicadamente una carta, las miradas concentradas se dilatan por entre los visos del mármol.

Un suspiro, y la mano envejecida da vuelta a la carta. El As de corazones agita su suerte sobre la mesa.

—¡Me chupa un huevo Martin!, vos la tenés ganada desde el principio.

—Che Justino, acordate que los hijos de la milonga probamos la muerte una sola vez…

Martin se levanta de la silla, toma el bastón con ímpetu y camina sin mirar hacia atrás.

Por entre la espesura de los árboles su sombra lo va siguiendo, la mirada de Justino queda fija hacia el infinito.

Los tres viejos recogen la baraja, toman el último sorbo de mate, quitan el polvo de los andadores y al unísono avanzan sin prisa.

 

—Ya es hora Justino, vos se lo prometiste…

Por entre el oscuro paisaje se observan las sombras, de espaldas a la brisa los sigo con el aliento ensopado. Huele a rancio, a olvido, en un instante el eco emerge casi aislado.

—No te hagás el pendejo Justino, andá, que yo ya gané mi partida… ahora te toca a vos.

Con la mirada fija en el suelo, Justino va leyendo las huellas de los pasos firmes de Martin, en un rincón cualquiera, bajo la sombra de los árboles cuatro viejos en cabeza de Justino observan el reflejo de sus vidas.

Martin tararea una canción,

Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao…

Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrion;
y a vos te vi tan triste… Veni! Vola! Senti!…

Un viejo toma la pala, el otro ata la soga al árbol, el tercero, el menos valiente, ayuda a Martin a subirse a un banco fingiendo no estar allí… y Justino, Justino respira como pidiéndole permiso al ayer, al todavía, al jamás.

—¡Andá Justino no esperés mas órdenes—, le grita Martin

—Jodete viejo carbón,

—Traquilizate Justino que en seguida de esto no habrá antes ni después.

Un vago aire de amistad pasa por entre los pies de Martín, sus manos tiemblan, se retoca la calva, y con un ligero cabeceo da la última señal.

Justino retira el banco de un talonazo, su mirada está perdida entre los gusanos que ajenos a la situación se arrastran sin desvelo.

Justino empuña las manos entre sus bolsillos, los tres viejos descuelgan el cadáver.

—Sos su héroe Justino, vos sos el mejor amigo que pudo parir esta tierra.

 

El cordel se desenrolla al sonar de la milonga, el aire trae el sabor de lo perdido, diez palazos de tierra caen de forma displicente, Justino parece contar grano a grano, luego una ráfaga de polvo se lleva los años airosos de un cuerpo ya añejo. Cuatro hombres caminan de regreso, tienen pocos años por delante para desafiar, ocupan sus bancos en la mesa de mármol.

De algún modo todo es innegable, la baraja se extiende sobre la fría mesa, y los cuatro viejos retoman el juego.

—Lo ambiguo de la vejez es tan amargo como este mate que saboreamos—, replica Justino.

—¿Vos sos nuevo por estos lares, cierto?

Afirmé con la mirada perdida.

—Vení, sentáte…

De aquella liviana mañana me traje los viejos acordes del tiempo, unas barajas y la lealtad reunida en el coraje de cinco amigos.

Definitivamente las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo… y es que “más allá del tiempo, los muertos viven en el tango”

THE END MAGAZINE

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CAMILA CONTRERAS LUQUE