La comedia El Ciudadano Ilustre rompe el patrón de las películas latinoamericanas que se presentan a festivales internacionales y se convierte en una de las favoritas para llevarse el León de Oro. Una asombrosa Dakota Fanning protagoniza el western del día.

El Festival de Cine de Venecia tiene la condescendencia de empezar su primera función más tarde que otros festivales, 8.30 A.M., porque el viaje, sea desde San Marco o Guidecca, donde los alojamientos son menos caros, se toma en tiempo lo suyo. De seguro lo hacen dando por sentado que muchos de los que venimos acá no podemos pagar estar en el albergo del Lido, ni muchos menos al lado de las estrellas en el Excélsior. Cada uno con lo suyo. Bien dicen que todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros.

Como El Ciudadano Ilustre de los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat. Daniel Mantovani (Óscar Martínez) es un escritor argentino nacido en Salas que “lo único que ha hecho bien en la vida es irse de allí”. Ganador del premio Nobel unos años atrás, siendo ya Mantovani un poco huraño, recibe una invitación para ser homenajeado con el máximo honor del lugar: ser nombrado su ciudadano ilustre. Con solo una semana de anticipación, y aunque lo usual en él es rechazar este tipo de ceremonias, nuestro protagonista decide volver. Los realizadores nos vuelven a traer a terrenos conocidos ya desde El Hombre de al Lado cuando se enfrentan facciones de desarrollo intelectual y estéticos diferentes dentro de la misma sociedad. Compañeros del colegio, viejos amores, los lazos que unen por siempre a la tierra mientras que al haber pasado tanto tiempo por fuera, al volver uno se siente extranjero. Y como en cualquier visita larga de un familiar que no hemos visto en mucho tiempo, los conflictos aparecen.

Venecia 73 día 5

Paso a paso, sin violentarnos, los directores montan la historia donde la sorpresa y los elementos que la componen aparecen de forma natural y un suspenso, más que sorpresa, delicado va creciendo por saber cómo va a acabar. Y va creciendo porque la narración, en general, se sostiene justo en el dramatismo de la situación y se hace tirante por cuenta de la misma personalidad irónica y agria que ha llegado a desarrollar, en sus más de sesenta años, el protagonista. Las imágenes van demostrando cómo Mantovani viaja en una espiral descendente dentro de sí mismo y su idiosincrasia. Una que critica, de la cual ha bebido y a la que, a su propio pesar, sigue atado. A lo anterior podemos sumar la inteligencia de los diálogos con perlas como: «recibir este galardón, me hace entristecer porque marca mi ocaso como artista (…) soy un artista como para ustedes: académicos, críticos y reyes». Y sigue un riff de guitarra y una batería roquera. La banda sonora también implica que nos hemos salido del cliché de la película latinoamericana que normalmente se muestra en estos festivales. Y todo esto fue agradecido por la ovación más larga que haya presenciado en este festival. El aplauso unánime de la platea duró unos diez minutos. Definitivamente una de mis apuestas para llevarse el León de Oro en esta edición.

Como también le levanto el ancla a Brimstone de Martin Koolhoven. Por sus elementos geográficos, el tipo de historia y sus protagonistas, el holandés nos trae el típico Western. En una zona siempre agreste del viejo oeste, una chica solo tiene dos posibilidades: casarse o prostituirse para sobrevivir en un mundo de machos. A pesar de mostrar la misoginia, tanto por el aislamiento de esta sociedad como por la moral luterana que los rige, el aporte del realizador holandés aparece al situar la voz cantante en Liz, (Dakota Fanning —nunca hubiera imaginado a Lucy Diamond Dawson en I am Sam, 2001) transformada en esta poderosa actriz).

Dakonta Fanning en Brimstone de Martin Koolhoven

Ella se enfrenta al reverendo, un intratable Guy Pearce: el malo. Uno que por supuesto es fuertísimo, tanto física como mentalmente e indefendible en su búsqueda. Mas ella no es solo una niña bella y delicada sometida por las leyes de su tiempo. Ya desde los 13 años despunta en transgresiones, valentía y maleabilidad. Estos dos personajes recorren el agresivo e inhumando paisaje en una batalla que va dejando violencia visceral en nuestra retina. Koolhoven sería una mezcla entre un Tarantino y un Von Trier no misógino en su retrato de una mujer trascendental, vital y poderosa.

 

Así de vital y poderoso es como debe ser mostrado Nicolas III, en la película King of the Belgians del documentalista Duncan Lloyd, en un encargo de la Casa Real para lavar un poco la idea de intrascendente que tiene en su país mientras está en una visita de Estado en Estambul. En un tono de comedia, que se agradece, Peter Brosens y Jessica Woodworth llevan el largometraje de una situación delirante a otra. La sala no paraba de reír con los constantes llamados a los clichés que se dan entre flamencos y francoparlantes en Bélgica, que se realzaban por lo insólito de cada situación y las soluciones que se iban apareciendo en el camino. Y yo perdido sintiendo un choque cultural,  porque nunca encontré una escena que me hiciera carcajear como a mis compañeros. Para mí eran situaciones graciosas, que a pesar de estar bien montadas, no les encontraba lugar para la risa; por el contrario, caían en la obviedad y el aburrimiento.

Editado por Gorka Basaguren.

 

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