Jericó, el infinito vuelo de los días es un documental, dirigido por Catalina Mesa, sobre una generación de mujeres de un pueblo antioqueño, retrata la vida de Chila, que colecciona rosarios; Fabiola, que pelea con los santos y tiene como marido al niño Jesús; Priscila, que echó a todos sus pretendientes y tuvo suerte de no casarse; Ana Luisa, que fue maestra de la escuela pública y crió a sus 12 hijos como madre soltera; y Miss Laura, de 104 años, que se está preparando para la muerte después de una vida de viajes.

Jericó a simple vista es un pueblo de mujeres con gracia y casas pintorescas pero también tiene otras historias menos coloridas atravesadas por la violencia y el racismo en Colombia. A Luz “no la querían por negra” y dice que brilló las ollas desde los siete años. Recuerda que, como “soy negra quise ser brilladora de metal”. Y la de Celina, una campesina que ha tenido a su hijo desaparecido por veinte años sin saber qué pasó, si aún está vivo o está muerto.

Jericó cuenta un fragmento de la vida de ocho mujeres en menos de una hora y media pero no toca a fondo ninguna de sus historias. ¿Qué hay detrás de la discriminación de Luz? ¿Por qué muestra esa aparente resignación? o ¿qué pasó con el hijo desaparecido de Celina? ¿Dónde quedaron los otros chistes verdes de Chila? Antes del estreno del documental hablé con Catalina para preguntarle sobre el universo femenino de Jericó, la censura, el umbral entre la ficción y el documental y su visión sobre los valores católicos y miradas racistas que se revelan en este pueblo antioqueño.

jerico la película 

  • ¿Cómo escogiste a las ocho protagonistas del documental?

Yo estaba viviendo en Francia, llevaba cinco años trabajando para diferentes proyectos transmedia y, cuando me dieron la visa de residente francesa decidí viajar a Jericó. Renté una casa, me senté en la mitad del pueblo y le dije a Jericó: vengo con la intención de preservar el espíritu femenino de esta generación de mujeres con un trabajo etnográfico y poético como un tributo de amor, pero también para preservar estos entornos. Cuando llegué me puse en contacto con Roberto Ojalvo, el director del Museo de Antropología y Artes de Jericó Antioquia – MAJA. Él me presentó a Nelson Restrepo, director del Centro de Historia, que conoce las veredas del pueblo – y todo el mundo lo conoce a él–. Cuando le conté de este proyecto, me dio 20 nombres de mujeres que él consideraba especiales y que tenían gracia, carisma y una fortaleza. En las primeras dos semanas fui a hacerle la visita a cada una. Yo tenía muy claro que quería hacer un caleidoscopio donde cada mujer fuera un color que representará un arquetipo femenino diferente para celebrar esa diversidad. Fue una elección muy intuitiva, muy orgánica de entender, cada una tenía que representar algo diferente. Gracias a Nelson Restrepo entré a muchas casas y elegí a un grupo de mujeres de procedencias culturales y socioeconómicas diferentes.

  • ¿Qué quería mostrar de esta generación de mujeres jericoanas?

Para mí más que nada la idea era invocar lo sensible femenino dentro de nuestra cultura. No como feminista, no solamente como mujer, sino invocar esa sensibilidad, esa intimidad, esa esencia femenina. Yo quería honrar y hacerle un canto de amor [a estas mujeres] a través de la voz femenina.

Al mismo tiempo, siento que los hombres también tienen a sus mamás, a sus tías y se podrían conectar con su propia energía femenina o espíritu femenino. Siento que es una energía que quisiera que tuviera más equilibrio. Creo que estamos en una sociedad que confronta más, que critica mucho, que es agresiva, y creo que lo femenino le puede agregar dulzura, le pude agregar esperanza y le puede agregar sensibilidad.

  • ¿Y qué es la esencia femenina?

La esencia femenina es una energía interior que está en todo: es receptiva, no es racional sino que es sensitiva, no confronta sino que transforma. No es una flecha sino que es como una brisa suave que, a través de la oralidad y la conversación, va transformando al otro. Para mí, es el silencio, es la contemplación.

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  • En otra entrevista habló de que tuvo que censurar el humor de Chila, una de sus protagonistas. ¿Por qué?

Porque Chila tiene muchos chistes verdes, pero a veces se le va la mano. Ella juega mucho con el humor pero es un humor muy sexual. Dejé muchos detalles pero había otros que eran muy gráficos. Mi editor francés me decía que por qué la estaba censurando. Pero a mí me parece que a veces se le iba un poco la mano y sus chistes tenían imágenes un poco vulgares. Yo quería preservar el humor, preservar la gracia, preservar el chiste verde que también lo hay en la película, pero tampoco quería que no se volviera vulgar. Ahí sí puse mi censura, ahí sí fue hasta dónde a mí me parecía un poco vulgar o muy gráfico en la sexualidad. Porque en el fondo [Chila] es una santurrona, pero ella juega con el pueblo y a través de la oralidad se burla de lo masculino, seduciéndolo mediante imágenes sexuales, muy gráficas.  Ahí yo tracé mi límite de hasta qué punto me parecía que le aportaba algo divertido y bonito, y hasta qué punto era vulgar.

Yo pensaba en las personas que iban a ver esto y decía “donde mi papá vea esto”… Me daba como pena ajena. Pero le dejé muchos chistes.

  • Hay afirmaciones de algunos personajes que muestran que Jericó está atravesada por unos valores muy católicos e incluso racistas. ¿En ese documental quería glorificar esas visiones o distanciarse?

Yo quería ser el vehículo y la herramienta al servicio de la voz de ellas. Pero yo nunca tengo un comentario. Fuera de una mirada de respeto, de coreografiar la música, de resaltar la gracia, la autenticidad y de mostrar los contrastes. Yo muestro la capacidad de los personajes de reconciliar esos opuestos. Hay historias dolorosas que se cuentan con humor, y a veces los personajes son capaces de reírse de esos recuerdos dolorosos. Fuera de resaltar eso, yo no hago comentarios. La elección de historias que elijo es precisamente un espejo. Esto somos.  El mensaje de Luz, “como fui negra nací para brillar”,  muestra lo que somos. Es un llamado de conciencia de que esto todavía perdura. Pero yo no tengo un comentario. Yo simplemente los expongo y lo filmó de la manera más neutra y respetuosa.

  • ¿Cuál es su postura frente a esta sociedad paisa, católica y racista?

Siento que soy capaz de filmarlo porque tengo esa distancia. Lo otro es que yo no juzgo. Yo no estoy ahí para eso y no puedo hacerlo. Estoy ahí para mostrarlo, para resaltarlo, para crear conciencia alrededor de eso. Pero yo no lo juzgo porque veo los dos lados de las cosas. Por ejemplo, en cuanto a la religiosidad, veo el límite que les impone pero al mismo tiempo, la fuerza que les da. Por ejemplo, la historia de Miss Suárez es una de las más impresionantes porque no mostró mucho entusiasmo al recontar su vida, pero cuando le pregunté qué es ella hoy, ahí sí se despertó y me dijo: “Me estoy preparando para morir”.   La película está llena de complejidades. Para mí fue tan bonito ver esos contrastes…

  • ¿Qué tanta ficción tiene este documental?

Siempre digo que es una película que está en el umbral entre el documental y la ficción.  Tiene una intención etnográfica muy inspirada en Profils paysans (2014), de Raymond Depardon, que es una serie de tres películas dedicadas al mundo rural francés en vía de transformación y desaparición, un intento por recuperar ciertos dialectos que ya se están perdiendo porque las nuevas generaciones no quieren seguir con las fincas de sus padres o de sus abuelos que ya están enfermos. Me inspiré en ese trabajo y pensé que podía hacer lo mismo desde mi cultura. También en toda la escuela desde Robert J. Flaherty, Jean Rouch, y el trabajo de Jean-Pierre Jeunet y Edgar Morin. Pero siempre con ganas de poder tener una mirada muy personal, de autor.

  • ¿Cómo dirigió a las protagonistas?

Las dirigí mucho en los entornos, en dónde las iba a filmar, con quién y cómo se iban a encontrar entre ellas. También las invito a tocar temas, de dirigirlas hacia temas que quiero explorar en ellas. ¿En qué nos las dirijo? En que, cuando ya están en sus conversaciones, no inventó sus historias.

  • ¿Cuáles fueron las fuentes  que le ayudaron a construir esa visión de Jericó?

En Jericó hay un centro de historia hermosísimo. Es uno de los cinco pueblos antioqueños con más conciencia de su memoria. Estudié la poesía del padre Carlos Eduardo Mesa, que era tío abuelo mío, y toda la poesía de Jericó. Julio Toro, Hugo Martínez, Dolly Mejía, Olivia Sossa. Durante dos semanas, como preparación, me iba todas las mañanas a leer poesía. Yo quería ponerle a cada mujer una estrofa de un poema de Jericó, pero cuando empecé a entrar en sus historias, ellas estaban llenas de su propia poesía.

  • ¿Y el equipo de filmación fue 100% femenino, como todas las protagonistas de este documental?

Para nada. Ahí sí necesitaba una mirada masculina que me acompañara. Mis dos aliados fueron Jhonatan Suárez y Robinson Durango en el sonido. Vivimos casi dos meses en Jericó con un equipo muy sencillo para preservar la intimidad. Después me llevé todo ese material para Francia y trabajé con un editor francés, Loic Llalemand, durante cinco meses y medio editando de 60 horas a 1 hora y media, eligiendo las historias con esa mirada extranjera para darle universalidad a historias locales con las que cualquier audiencia en Francia se identificara. Y también dándole valor a un pueblo colorido que para nosotros es muy normal y que para ellos es extraordinario. Benoit Gargonne fue el editor de sonido, Daniel Vásquez hizo la mezcla de sonido, y Joaquín Olaya fue el colorista. Todo el equipo técnico fue masculino, para tener precisamente un equilibrio.

Catalina Mesa se lanza con su primer documental, Jericó, el infinito vuelo de los días, una película que deja un testimonio de una generación de mujeres de un pueblo antioqueño.

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