La guerra es como un animal oscuro que acecha a miles de mujeres víctimas del conflicto armado y las obligaba a emprender viajes solitarios y desesperados del campo a la ciudad. Sobre eso es el primer largometraje de Felipe Guerrero, Oscuro animal, que cuenta la historia de tres mujeres víctimas de violencia sexual y desplazadas por la guerra.

El largometraje es una apuesta cinematográfica con pocos diálogos pero con elementos sonoros que enfatizan en la presencia abrumadora de la violencia en el campo colombiano.

película Oscuro animal

Guerrero, de 41 años, también es el director de los documentales Paraíso y Corta, y ha trabajado como montajista con directores en Argentina, Chile, México, Italia y Colombia. Recientemente Oscuro animal obtuvo el premio del jurado a la mejor película y de la crítica internacional en el 20 Festival de Cine de Lima. Se ha proyectado en distintos festivales en México, China, Holanda, Polonia, Rusia, Alemania y Chile, entre otros.

En la noche del próximo 24 noviembre se presentará en Cine Tonalá Ritual de memoria, una instalación fotográfica urbana realizada en Bogotá entre agosto y septiembre como una acción artística paralela al lanzamiento de la película. Con ella los realizadores quieren traer al presente el recuerdo de vidas truncadas por la guerra.

Las fotografías de Carolina Navas, que son fotos de fotos proporcionadas por el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), convocan a un diálogo con las víctimas desde la mirada.

A partir de las 10:00 de la noche se proyectará Oscuro animal con una presentación a cargo de Felipe Guerrero, quien habló con nosotros acerca de su ópera prima y de la importancia de narrar la Colombia contemporánea desde una visión que evite la banalización de la violencia.

El proceso de depuración del diálogo, de suprimirlo, de ausentarlo fue un proceso orgánico que nació con la escritura porque yo no me sentía cómodo poniéndole diálogos a estos personajes que estaban atravesando por una fractura interior tan fuerte. Lo que me interesaba mostrar era cómo esas mujeres son afectadas por un impacto violento que sufren en sus vidas

película Oscuro animal

Oscuro animal aborda el conflicto armado en Colombia desde la perspectiva de la mujer. ¿Por qué le da ese ángulo a la película?

Este proyecto empezó siendo una investigación alrededor de los desplazados de la guerra en Colombia en la década de los 90 y 2000, cuando la violencia era más salvaje. Hace más de diez años empecé a acercarme al conflicto como objeto de estudio desde la perspectiva del cine. Me di cuenta de que la mujer estaba en el centro del huracán y que su cuerpo era utilizado como botín de guerra. No solamente el cuerpo de la mujer adulta, sino el cuerpo de la mujer joven y la mujer niña. A partir de allí empecé a elaborar una historia individual. Después recibí una beca de escritura y la película floreció con tres historias.

Tres mujeres salen escapando del conflicto armado en el campo y llegan a la ciudad. ¿Cómo aborda esa otra violencia, la violencia urbana, en esta película?

La película empieza con lo que viene después de un impacto violento y termina antes de que haya un desarrollo y se sepa qué va a pasar. Son dos momentos que me interesaban para generar un arco narrativo que me llevara a mostrar la resonancia del impacto. El “afuera” de campo, lo que no se ve –pero se siente amenazante y asecha–es la metáfora del oscuro animal. La película termina después del recorrido, de la huida, y trata de tenderles la mano a las protagonistas para salvarlas. Pero, al final, las deja a la intemperie en una ciudad como Bogotá. Me parecía más honesto cerrar así, con unos grises, que matándolas o con un final feliz. Además, por conceptos artísticos, de dirección de arte, de cromatismo y de fotografía, la película utiliza los verdes cálidos y brillantes de la selva para crear un ambiente dramático y peligroso, y se va transformando supuestamente en un estado de salvación que resulta siendo una situación fría, densa, oscura como lo es la ciudad de Bogotá.

Uno de los principales objetivos como autor era tratar de reflexionar sobre las maneras de representación de la guerra y encontrar una perspectiva propia que, desde un punto de vista lingüístico, cuestionara esas representaciones y las formas como se ha filmado el conflicto en Colombia.

¿Podría ahondar en la metáfora del oscuro animal que ronda en la película?

La metáfora es esa sensación de que hay algo trágico que puede pasar, algo cercano a la muerte que es causado por un agente externo –guerrilla, paramilitarismo, bandas armadas, urbanas y hasta el mismísimo Ejército–, violento, latente y que genera un clima espeso. Está siempre al lado tuyo y en cualquier momento puede surgir y cambiar tu situación. El oscuro animal es un elemento atmosférico, climático, que está siempre presente y en algunos momentos lanza zarpazos.

En este largometraje hay muy pocos diálogos. ¿Cómo conecta al espectador con una historia que no tiene palabras?

El proceso de depuración del diálogo, de suprimirlo y ausentarlo, fue orgánico. Nació con la escritura porque yo no me sentía cómodo poniéndoles diálogos a estos personajes que atraviesan una fractura interior tan fuerte. Lo que me interesaba mostrar era cómo esas mujeres se ven afectadas por un impacto muy violento. Me di cuenta que la ausencia de diálogos se convertiría en un dispositivo narrativo y conceptual muy importante. Para mí es una metáfora muy contundente sobre el silencio de las víctimas. Por otro lado, se ha hablado mucho sobre la violencia y se está diciendo siempre lo mismo, cosa que, desde mi punto de vista, causa una pérdida del sentido de la violencia en la representación de la realidad a través del cine. Por eso las palabras que un actor puede pronunciar interpretando este tipo de personajes tan dolorosos me parecían una imprudencia y poco respetuosas con ese dolor.

Los elementos sonoros de la película son muy ricos. ¿Por qué utiliza la champeta o el punk para acompañar escenas que tienen tanto drama y horror?

Una película que tiene en su corazón la ausencia casi total del verbo permite un otros planos de apreciación para el espectador que están precisamente en lo sonoro. Yo soy una persona dedicada al montaje de sonido y a la composición sonora, no solamente como director sino como montajista. En la construcción de Oscuro animal, hicimos algo supremamente rico, elaborado, fino y meticuloso, y nos demoramos muchísimo tiempo. Ya desde el guion tenía unos apuntes musicales para dos personajes, que en la película tienen presencia musical.

En relación con la champeta, más allá del género musical, lo que me funcionaba era que la música estuviera relacionada con una zona particular de Colombia. En este caso, la costa Atlántica, por las connotaciones socio-políticas que tiene con los grupos armados que están presentes en esa zona. Y por otro lado, me parecía muy importante canciones alegres y fiesteras entraran en contraposición dramática con un ambiente que no lo es para nada. Además, más allá de la música, también era el volumen de la música. Esa presencia estridente, chillona, apabulladora que se puede crear en circunstancias normales en Colombia.

La otra banda sonora es La Pestilencia, un grupo de punk rock muy conocido. Sus canciones tienen un carácter disruptivo y agresivo, con letras muy combativas y políticas que me ayudaron a generar otra capa simbólica.

 Creo que un grupo de directores estamos, desde hace un tiempo, trabajando en esa idea de representación de la guerra. Estamos haciendo cine de postconflicto

Hace más de 20 años vive fuera del país. ¿Cómo se aproxima al conflicto colombiano desde la distancia?

A primera vista parecería una distancia, pero yo más que una distancia la veo como una perspectiva. Es decir, como un punto de vista transversal, igualmente comprometido, igualmente visceral como el del colombiano que vive aquí. Hay dos visiones antagónicas entre el estar adentro y el estar afuera. Porque la persona que está adentro ha generado una coraza que no le permite observar pero que necesita para sobrevivir. Por otro lado, la persona que está afuera mira al país con un poco de nostalgia. Pero somos muchos los directores colombianos, radicados en el extranjero, haciendo obras que giran en torno a Colombia y a sus problemáticas. Ya algunos críticos han encendido sus radares y han empezado a manifestarse sobre esto diciendo que es un cine de diáspora que, desde mi punto de vista, tiene todas las cartas para ser cine colombiano.

Muchos cineastas se han ido de Colombia. ¿Es por de la precariedad de los fondos nacionales?

Desde la Ley de cine la gente puede producir más cine acá con fondos nacionales. Eso ha provocado que la gente vuelva para poder participar de esta gran fiesta. En Colombia estamos viviendo un gran momento en el que el Estado nos permite que hagamos nuestras películas, lo cual es envidiable en muchos países de América Latina.

Hace más de diez años empecé a acercarme al conflicto en Colombia como objeto de estudio desde la perspectiva del cine. Me di cuenta que la mujer estaba en el centro del huracán y que su cuerpo era utilizado como botín de guerra

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