La La Land, la película que le sigue a Whiplash en la dirección de Damien Chazelle, es también una historia sobre el jazz.

Después de oír las últimas cuatro palabras que pronuncia Sebastian (Ryan Gossling) antes de que aparezcan los créditos finales de La La Land (2016), la persona con la que fui a ver la película decretó: “qué cliché”. Le pareció un chick flick empalagoso lleno de lugares comunes y con un final predecible. Yo tuve una experiencia diferente. A pesar del eterno look soleado de Los Ángeles, el vestuario colorido de los personajes, y la fotografía iluminada que se conserva durante la mayor parte de la película, no es un musical como los que describe Selma en Dancer in the Dark (2000): no es siempre feliz. No sale uno tarareando la última canción ni con ganas de bailar (menos como ellos, que bailan regular).

Un hombre de traje tocando el piano en un restaurante

La La Land es un lugar donde los sueños no se pueden volver realidad (o, más bien, se vuelven realidad en la manera en que los cumpliría un genio de lámpara, que concede lo que uno pide de manera literal y no lo que uno quiere de corazón).

La película se aleja de la estructura del musical tradicional: los personajes cantan normal, sus bailes no tienen nada de especial, las coreografías grupales son escasas, y nunca es claro (tal vez porque es irrelevante) si las escenas de canto son imaginadas o reales. Las tres amigas que acompañan a Mia (Emma Stone) en las primeras canciones de repente desaparecen, y es difícil creer que una película que comienza con cientos de bailarines cantando sobre los capós de sus carros en medio de un trancón, termine con un pianista melancólico y solitario tocando en la oscuridad de un bar. Pero estos contrastes son posibles porque la película, como el jazz, es desigual, comunica varias cosas a la vez, se repite, abruma, innova, da ganas de llorar.

Una mujer vestida de amarillo y un hombre de traje bailando

Mia y Sebastian tienen historias paralelas: ambos son artistas que quieren triunfar en su medio pero sin hacer demasiadas concesiones a la industria del cine y de la música, respectivamente. Ella, actriz, quiere “ser notada entre la multitud” e interpretar papeles importantes; sin embargo, trabaja en una cafetería y audiciona para papeles que resultan chistosos y ridículos por lo variados, secundarios y exagerados, pero ese sacrificio valdrá la pena, supuestamente, cuando por fin pueda ser la actriz que siempre ha soñado.

Él, pianista, melancólico y obsesionado con preservar al jazz tradicional, tiene el sueño de tener su propio bar en el que se toque únicamente jazz “puro”. Declara constante y fervientemente, a la manera de un personaje cuadriculado de Woody Allen, que quiere preservar el pasado y el valor de lo romántico. Pero, a diferencia de cualquier personaje de Woody Allen, su visión cambia, y al enfrentarse a Keith (John Legend, algo así como su némesis), el dilema que se suscita en él es uno vigente y real: ¿hasta qué punto se puede participar de lo mainstream sin dejar de lado un sueño, sin llegar a ser un vendido?

La película es una suerte de oda al artista de otra época: cada vez que Mia o Sebastian cantan, bailan o se inspiran de cualquier manera, una luz los ilumina, los engrandece, y el resto del encuadre se oscurece o desaparece.

Como en su segunda película, Whiplash, el director Damien Chazelle se vale del humor negro para mostrar la pasión algo descontrolada de sus personajes. Si en Whiplash hay comedia por lo absurdo que nos parecía que el protagonista rompiera con su novia por preferir pasar tiempo tocando batería, en La La Land hay comedia cuando Mia debe interpretar papeles ridículos y Sebastian tocar en bandas de pop antes de cumplir sus sueños. En ambas películas el humor negro (aparentemente característico de Chazelle) se revela cuando constatamos la imposibilidad de cumplir el sueño de ser artista, cuando la vida alterna al sueño, la vida antes del sueño, llega a ser la vida de siempre. Mia, aparentemente exitosa, interpreta al fin y al cabo un papel menor y prototípico en La La Land, a pesar de la destreza con la que la encarna Emma Stone.

El sueño se olvida, o se cumple, pero sin la felicidad absoluta que el espectador suele querer para los personajes protagónicos. Se cumple a medias, y el recurso de burla para ridiculizarlos se ausenta. El homenaje al jazz, que se presenta como un género musical capaz de transportar a quien lo escucha a un mundo de ensueño, trae como sombría consecuencia que, cuando termina la canción, quien escucha ve su realidad con extrañeza y hastío. Es la misma sensación con la que sale uno del teatro al ver el deseo incumplido.

El sueño se olvida, o se cumple, pero sin la felicidad absoluta que el espectador suele querer para los personajes protagónicos.

 

Curiosidades: La escena en la que Mia está en una audición y la interrumpen es una historia que le sucedió a Ryan Gossling.

 

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La La Land: ciudad de sueños sin cumplir
La La Land, la película que le sigue a Whiplash en la dirección de Damien Chazelle, es, también, una historia sobre el jazz.
CALIFICACIÓN TOTAL89%
Puntos Fuertes
  • “City of lights”, dúo de Mia y Sebastian.
  • “A lovely night”, dúo de Mia y Sebastian.
  • “The fools who dream”, audición de Mia.
Puntos Debiles
  • Poco desarrollo de las amigas de Mia.
  • Poco desarrollo de la tesis de Keith sobre el jazz.
  • Ausencia de un personaje con una visión del jazz menos radical que la de Keith y Sebastian.
89%Overall Score
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68%
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