I’m not your negro y Colo nos presentan dos situaciones donde la historia se empieza a repetir. La supremacía blanca dentro del imperio y la pobreza que ronda a sus alfiles europeos.

Sincerémonos, Estados Unidos de América son hoy el Imperio. Nomás sentir a la OTAN y sus lagrimeos por la nueva afinidad de Trump con los rusos lo demuestra. Así las cosas, la salud del imperio afana a todos, y quizá allí radica la fascinación del mundo por entender sus asuntos internos. También podemos achacarle la culpa a que lo que estamos viviendo hoy en Siria en particular y Oriente Medio en general, además de algunas regiones de África y Asia —Pakistán e India— son los resultados de las decisiones que se tomaron por parte del gran Imperio británico hace poco más de setenta años. El director haitiano Raoul Peck (Lumumba, 2000) trae un documental en donde el escritor James Baldwin revisiona la historia de América (EUA). Para Baldwin, la historia de su país es un fracaso debido a la segregación, a la idea de supremacía blanca, y con la soltura que da la inteligencia, afilada y entrenada por escribir, con “la Solución final de la cuestión judía”. Y todo lo que ayer no hizo bien el blanco alemán Andrés Veiel, lo viene a hacer bien el negro haitiano. Un documental en blanco y negro para no recalentarnos con la violencia. Primerísimos planos y zooms a fotografías, el color para los paisajes y el final y un hilo conductor claro: el inacabado libro Remember this House que no pudo terminar antes de partir en 1983. Un libro que iba a reescribir a través de los asesinatos de Medgar Evers, Malcon X y Martin Luther King Jr. Todos asesinados en el lustro trágico, de 1963 a 1968, en medio de la lucha por los derechos civiles de su país. Peck además toma elementos de la cultura popular para reforzar las ideas que va narrando ya Samuel L. Jackson, ya el mismísimo Baldwin. Con apartes de películas icónicas, comerciales de TV, y otros medios, resalta el punto sin hacerse pesado. Un documental que se hará importante porque tiene el toque para llegar más allá de las bibliotecas o museos. Un documental que cumple con el objetivo primario como elemento educativo, y que invita a buscar la literatura de James Baldwin —¿por qué será que no le conocemos? —.

Berlinale 67 día 7

Pero no solo con documentales uno se entera de cosas. En el cine de ficción tenemos el cine social. Colo de la directora portuguesa Teresa Villaverde (Os mutantes, 1998) nos trae, otra vez dentro de los festivales europeos, un drama social centrado en una familia de clase media. Lo diferente de lo presentado por Villaverde es que toma prestados elementos que acostumbramos ver en la cinematografía de otras latitudes, más al oriente. Papá, mamá e hija son sujetos de tomas largas, de pocos diálogos, de situaciones que parecen descontextualizadas, y a veces traídas de los cabellos. Los anteriores son elementos que le sirven a la directora para mostrarnos los últimos estertores de algo que empieza a desaparecer: la clase media. Y como toda extinción, no tiene explicación para el que lo sufre. La alienación a la que los adultos llegan por la crisis económica es mostrada en los primeros planos de rostros descompuestos. El padre en la bañera con un cubo en la cabeza, ir a pedirle al vecino que recargue los celulares, el amor a un pajarito, y las no soluciones a las que se aferran son todas partes de ese proceso muy bien mostrado por la realizadora. Una película que muchos podrían llamar lenta; —¿de verdad podemos decir que hay un cine “lento”?— pero ¿cómo más se puede mostrar este proceso de pauperización? Proceso que lleva ya treinta años sucediendo cuando hasta la izquierda se derechizó y dejó de ser alternativa de gobierno. Situación que trágicamente hace que el refugio de los que menos tienen sea los mismos tipos que los llevaron hasta acá. Colo caminando por una pendiente larga, sus pasados son pesados y cansinos; mas eso no le resta fortaleza, por el contrario la denuncia es poderosa y vibrante.

Berlinale 2017 Día 7

Al igual que Ryu san AKA Mr. Long de SABU (Monday, 2000). El escritor y director japonés nos presenta una producción panasiática —Japón, China, Taiwan, Hong Kong y Alemania— donde Long (Chen Chang), un asesino de la mafia china debe ir a hacer un trabajo contra los yakuzas en Tokio. Long es un profesional, pero a veces las cosas no van como se planean y termina atendiendo a una adicta y a su hijo mientras lleva un puesto de comida callejera en cierto templo budista. Aunque no es chévere ir a ver una película bajo una premisa, en este caso acción, mafia y violencia, SABU sabe llevar las cosas bien y, quien lo creyera en él, nos mete en un drama íntimo y familiar con ciertos aromas de El perfecto asesino (1994). Lo que pasa es que acá la tensión sexual apenas asoma la cabeza entre la madre del niño y Long. El sello de la casa aparece al principio con las tomas abiertas en Taiwan, mucha sangre, y Tokio que parecen sacadas de un viaje de LSD. Y al final: una sorpresa para las que nadie ha podido adivinar, pero lejos del deus ex machina, precipita la violencia cerrando la narración. Mas SABU se reserva una adenda donde el sentimentalismo nipón para el tráfico y hace hablar hasta a Mr. Long.

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