En un atrevimiento inusual en este tipo de eventos, arrancar con una ópera prima es eso: un atrevimiento. Se presentó la película de Etienne Comar Django, que cuenta la historia de Django Reinhardt, un guitarrista y compositor gitano en la París ocupada en 1943.

Llegar 30 minutos antes no fue suficiente, y tocó a la función de las 12.30. La charla animó al gentío que se había quedado por fuera del primer pase. Es el comentario de siempre en la Berlinale: el frío. Elemento que ha subido el listón más arriba desde que estamos cubriendo el festival; menos seis grados centígrados. No hay excusas posibles cuando se sabe de antemano lo que se espera, menos cuando se trata de ir a cine. Sin embargo, ese elemento hace que moverse, a pesar de lo bonito del camino, cueste minutos de pensamiento.

Personas en la mesa comiendo

La película empieza con un plano abierto de un campamento gitano en medio de la nada que recuerda al Tiergarden, por donde toca pasar para llegar al Berlinale Palast. Los hombres se sientan con sus guitarras y violines alrededor de la fogata, las mujeres trabajan en labores de cuidado y los niños juegan y ayudan a sus madres. Cuando la festiva música es interrumpida de la peor manera, conocemos a Django (Reda Kateb, sorprendente) un poco distraído pescando mientras sus colegas le esperan con el teatro lleno. Es plena Segunda Guerra Mundial y Django se muestra tranquilo e indiferente a pesar de su raza. Su prodigiosa manera de hacer swing con aires gitanos le ha salvado hasta ahora. «Está afinada ya», le dicen al pasarle su instrumento, y él arranca a tocar con fuerza. La música es sorprendente, mueve. Y Monsieur Comar, que no es ningún novato —ha sido productor de galardonados filmes como Timbuktu (2014), Of gods and men (2010)—, no nos da nada más. Una historia que en el papel se ve tan bien, una banda sonora prodigiosa, y buenas actuaciones son dejadas al garete por la falta de oficio de Comar.

Retrato de un hombre con gafas

El director parisino no supo cómo tensar las cuerdas y nos dejó con ellas destempladas. Nunca fue capaz de encontrar un hilo conductor. No se supo cuáles eran las motivaciones del protagonista y nos peloteó entre la música, sus mujeres, su familia, su gente. Le pasó como después de fumar un porro y querer contar mucho: se perdió en la mitad del camino de todo lo que quiso decir. Pero como el auditorio no estaba en ese mismo estado nos quedamos con la culpa, y por arte del director, sin el pecado cuando no logró causar risa su pérdida de hilo, y sí la somnolencia y el bajón. Y luego, el cierre que termina con broche de oro esta colección de contradicciones cinematográficas.

Una banda sonora prodigiosa y las buenas actuaciones son dejadas al garete por la falta de oficio de Comar”

Una pena que el peso histórico, y el querer lavarlo por parte de los alemanes, nos haya dejado con este filme grandilocuente y sin ningún trasfondo. Una livianeza que deja grandes dudas sobre Comar. Nos gusta su buen ojo… pero para producir.

THE END MAGAZINE

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JUAN CARLOS LEMUS
EDITOR RESEÑAS Y DOSSIER

Soy un colombiano que cada vez entiende peor el porqué de nuestro top of mind: Shakira y el perico. Mas entender no es compartir. Y menos aceptar. Ingeniero por confusión, MBA por necesidad, filósofo, mountain biker y amigo de curiosidad. La que me hizo melómano, lector y cinéfilo. La que trajo las ganas de probar el mundo. Así se llega a un par de cosas que dejan a los sentidos disfrutar, como escribir tratando de no perder la elegancia en ello.

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