Álex de la Iglesia presenta en la Berlinale un retrato de la sociedad española enmarcado en una comedia de terror.

Vaya por delante que entre todas las solemnidades sociopolíticas que pueblan la Berlinale, los ejercicios de evasión o de género siempre entran de maravilla. Todos los años, el certamen suele incluir en su programación ciertos filmes que se distancian del perfil comprometido del festival, casi como un regalo al periodista que, agotado en el ecuador de la semana, necesita algo entretenido que llevarse a la boca. Pasó en el 2014 con La Bella y La Bestia de Christophe Gans, en el 2015 con Monument’s Men de ‘Mister’ Clooney y en el 2016 con la adaptación a imagen real de La Cenicienta. Este año le ha tocado el turno al Logan de James Mangold y El Bar de Alex de la Iglesia. A este respecto no he podido evitar acordarme cuando en el Cannes de 2015 se estrenó Relatos Salvajes en Sección Oficial con no pocos comentarios airados por parte de la prensa, alegando que aquello no tenía sentido entre un grupo de películas ‘más serias’ o ‘importantes’. Pero no nos llenemos de barro todavía porque el esnobismo festivalero es un tema delicado y para dar de comer aparte, pero sí merece la pena citarlo porque marca a fuego parte del recibimiento que tienen. El Bar se alza orgullosa como una comedia negra muy irreverente para con los temores que nuestra sociedad actual ha desarrollado a consecuencia de un mundo que cada vez parece estar más loco.

Varias personas mirando hacia abajo

En este tumultuoso momento que vivimos no deja de ser reseñable que algunos de los acontecimientos más graves que han tenido lugar últimamente hayan marcado, aunque sea rápido y a última hora, algunas de las producciones que ahora se están estrenando en Berlin. Ocurrió con el Brexit y The Party y también con El Bar y los ataques en Paris. En los quince primeros minutos el director ya tiene los personajes establecidos y es entonces cuando la intriga se abre paso en la trama. Un suceso inesperado abre la veda para que los ocho individuos de la cafetería empiecen a especular sobre cuál es el motivo que lo ha provocado, y ahí entran desde el terrorismo yihadista a las mochilas anónimas que nadie reclama, las enfermedades contagiosas o incluso secretos gubernamentales. Nadie se puede fiar de nadie y ni siquiera los medios son ya un seguro de información verídica garantizada. El mérito de Alex de la Iglesia está en saber coger temores de nuestra sociedad que nos han convertido en seres marcados por una paranoia que no hace más que acrecentarse con el pasar del tiempo, pero en lugar de mirarlo desde el pesimismo que sin duda nos caracteriza, opta por esa mirada que siempre ha sido tan suya: la comedia de terror revestida de una negrura tan frívola como necesaria.

Mujer estirando sus brazos

En esa algarabía que comienza definiendo a los personajes se esconde un retrato que, a pesar de su aparente universalidad, no puede evitar sentirse muy nuestro, y más concretamente, muy español. Algunas de las preguntas que tuvieron lugar en la posterior conferencia de prensa iban destinadas a cuestionar la posible exportación del filme a otros países no hispano-hablantes y los periodistas extranjeros se mostraban especialmente escépticos al respecto. La expresión ‘that latin thing’ (esa cosa latina) fue utilizada por uno de ellos para describir cómo percibía la idiosincrasia de la película, intervención que tuvo una réplica de otra redactora hispana que defendía con vehemencia esa misma identidad que desprende la obra. A Alex de la Iglesia poco más le quedó más que reconocer y defender, no sin hacerse de rogar, que efectivamente eso es algo que estaba presente y que formaba parte de la personalidad de su obra. Ello no quiere decir que El Bar sea una cinta localista; de hecho, es bastante más imparcial en eso que Mi Gran Noche. De la Iglesia evita, en la medida de lo posible, menciones o referencias de ese tipo cuidando la imparcialidad regional lo suficiente como para que alguien no latino pueda divertirse viéndola. En la misma rueda de prensa ya se encargó de poner en entredicho cómo la práctica totalidad de los espectadores de cualquier país han asumido la mirada norteamericana de que Nueva York es una ciudad con la que debemos sentirnos identificados.

Un hombre caminando

Hablamos de esto porque en el fondo es algo que ha definido gran parte de la carrera de Alex de la Iglesia y, para bien o para mal, algunas de sus mejores películas han conseguido iconizar lugares de Madrid que ya han quedado grabados en el imaginario del público español. El Bar tiene parte de eso, de nuestros clichés y nuestros gritos, de nuestros insultos y nuestro ímpetu, de nuestra desconfianza y nuestros prejuicios, diseccionados poco a poco, a través de una estructura a tres niveles que lleva a los personajes en un trayecto físico desde la barra del bar hasta las entrañas de Madrid, al tiempo que les desnuda psicológicamente obligándoles a enfrentarse a sus propias mentiras. Tras la evasión inmediata hay algunos momentos poderosos (atención al monólogo de Secun de la Rosa) que coronan un ejercicio de tensión casi sin flaquezas, dinámico y con ritmo frenético. Imposible no mencionar algunas concesiones, como la excesiva recreación en la belleza de Blanca Suarez, aunque dado el desarrollo del argumento no se puede decir que no tengan su lógica. Más allá de esto, y para encauzarnos a una conclusión clara: El Bar es una de las mejores películas que Alex de la Iglesia ha entregado desde Crimen Ferpecto (para servidor una de las favoritas del cineasta) y aunque no llega al nivel, está cerca de alcanzarla.

Dos hombres y una mujer

 

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