Los caribeños somos dados a pensar que solo nosotros tenemos sentido del humor. Esta edición 67 de la Berlinale nos pide por dejar de mirarnos el ombligo y desternillarnos con otras sensibilidades.

El sol nos da vida y nos ilumina. El que ha salido en estos días lo demuestra cuando se empezó a ver la luz en el largo túnel. Y no era un tren, o sí. Se llama comedia y la locomotora es de Finlandia, marca: Aki Kaurismäki (Le havre, 2011). El director, guionista y productor, nos hace la segunda entrega de su trilogía portuaria con Toivon tuolla puolen AKA The Other Side of Hope. A su natal Finlandia ha llegado Khaled (Sherwan Haji) y su anfitrión es un restaurador y tahúr Wikström (Sakari Kuosmanen). Aunque suene extraño, las películas de Kaurismäki son como volver a casa después de mucho tiempo. Para nosotros pueden parecer frías, hasta distantes, pero son solo choques culturales. La calidez de su mensaje se imbrica con los tonos que escoge, y en medio de la parquedad de los diálogos. Seguro que para los finlandeses es mejor meter las manos que cacaraquear de lo que se va a hacer. Y no es la comedia por la comedia, los personajes están alejados de cualquier maniqueísmo y se presentan humanos y empáticos en la diferencia. Se pueden ver en el otro con sus altos y bajos. Más que efectismos hay oficio y honestidad con el trabajo que se lleva haciendo años, y logra como pocos dejar tan tranquila a la crítica como al público en la crítica social que hace.

Como lo hizo en su momento Joseph Beuys, el profesor y teórico, el gran artista alemán del movimiento FLUXUS del siglo pasado. El que quiso llevar el arte a lo cotidiano. Andres Veiel (Wer wenn nicht wir, 2011) hace un filme que documenta las intentonas políticas del personaje y algunos de sus más relevantes performances. En Beuys vemos Joseph con su afilada inteligencia debatiendo y demostrando con suficiencia sus teorías y las de ese movimiento antítesis a las pretensiones del dadaísmo, que quería llevar lo cotidiano al arte. Seguro que las intenciones de Veiel eran excelentes, se notan, pero… le salió un popurrí de asuntos que no terminaron de amarrarse. Una lástima porque no es falta de ganas o de material, había; sin embargo, la reivindicación de este olvidado nombre del arte quedará apenas en el intento. La fiereza de sus posiciones democráticas y liberales, su amabilidad personal y su dedicación al trabajo deben esperar por un otro intento de llegar las nuevas generaciones y elevarse en la historia.

Un hombre tratando de escuchar

Porque hay gente que marca la vida de otros sin proponérselo. Algunos para mal, como lo demuestra Martin Provost en Sage Femme. Mi abuela hermosa Catherine Deneuve encarna a Béatrice, una mujer libre y vital; atrevida y disoluta. Ella padece cáncer en la cabeza y no se amilana. Come, bebe como camionero, y se podría sentar en la misma mesa de Wikström a jugarse una de póker. Pero esas vidas tan cinematográficas, tan seguidas de cerca, y anheladas, por muchos fans de estrellas, tienen un costo humano alto. Catherine Front es ese precio a pagar. Ella es Claire, una antítesis, y la hija de un examante de Béatrice que decidió matarse cuando este lo dejó. Beatrice quiere hacer las paces, Clarice es reticente y no sabe cómo recibirlas. Todo, entre tanto, lo político se ve como el fondo de un lago de agua clara. A la distancia y sin que nos distraiga de la idea principal del filme, el director consigue discursar sobre integración, los valores franceses, el amor adolescente, las relaciones de pareja, el nuevo condición “mercado” laboral europeo, la técnica que desplaza a la mano, y la salida para una situación extrema y final. Una comedia dramática dignísima de un festival de este vuelo.

Carro negro con tres personas en su interior

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