La imaginación es mucho más compleja de lo que parece

“Cuando empezamos a trabajar en la película, la historia no tenía final”

Miyazaki

 

Para Hayao Miyazaki el reto era transmutar la vida en un mundo de fantasía por el que grandes y chicos se sintiesen atraídos. No solo lo logró, sino que hoy en día Sen to Chihiro no Kamikakushi traducido como “El rapto espiritual de Sen y Chihiro” sigue siendo una de las mejores películas animadas. Porque para emprender El viaje de Chihiro es necesario cargar una lupa que nos vaya revelando poco a poco los misterios de una narración simbólica, fantástica y espiritual de la que nos hace cómplices el director japonés.

Dos niños con un dragon

Nos remontamos entonces a una tarde verano mientras Miyazaki compartía con su amigo y productor Seiji Okudaro y su hija de 10 años. Inspirado en los juegos de la pequeña, recordó su infancia, la cultura de su Japón natal y emprendió el viaje de la mano de su personaje Chihiro. Si miramos a través de los espejos del carro vemos una pequeña que siente tristeza y frustración porque debe cambiar de lugar de residencia. La aventura comienza cuando su padre ingresa a un parque en ruinas buscando un atajo para llegar a su nueva casa, allí un túnel los invita a seguir por entre la oscuridad. Del otro lado los recibe un pueblo fantasma, una ciudad aparentemente abandonada llena de restaurantes que ofrecen manjares gratis ante los cuales sus padres se dejan tentar. Con ansiedad y gula devoran toda la comida mientras que Chihiro encuentra en el paisaje rincones nuevos por explorar.

La noche se acerca y Chihiro es advertida para que huya pronto por ser un lugar bastante peligroso para los humanos. Deprisa inicia la búsqueda de sus padres por entre una ciudad que parece cobrar vida, y a su paso asoman espíritus que la persiguen. Chihiro ha llegado tarde: mamá y papá ahora están convertidos en unos cerdos desagradables con los que no puede entablar conversación, y a partir de ese momento ella tendrá que enfrentar grandes retos para salvar a sus padres.

Un niño y dos cerdos animados

Miyazaki encontró en las creencias religiosas de su cultura un elemento importante para resaltar. De ahí que los tanto los dioses como los espíritus sean personajes claves en la narración, y a lo largo del filme los encontramos por todas partes: ríos, bosques, casas y árboles hacen parte de sus refugios ejemplarizando la relación que la cultura tiene con la naturaleza. Por entre las arquitecturas pertenecientes a la era Meiji; Miyazaki le va dando forma al encantador y deslumbrante universo oculto de estos seres sobrenaturales. Siendo así, pues, que como espectadores vamos explorando gran parte del nostálgico Japón.

¡¿Qué tendrá que hacer la pequeña Chihiro para rescatar a sus padres y liberarlos de la maldición?!

La respuesta va mucho más allá de unas simples aventuras. Internada en unas casas de baño termales —que en Japón se conocen como “yuya” y que desde tiempos ancestrales son lugares sagrados para reuniones— conoce a personajes como Kamaji, el encargado de las calderas, a quien debe pedirle trabajo para sobrevivir. A Lin, una trabajadora incansable, que muestra el valor del esfuerzo y el sacrificio y a Yubaba, la hechicera que gobierna el universo de los espíritus. Así, mientras desafiamos el miedo de Chihiro, vamos hacia una nueva experiencia que nos lleva a reconocernos a nosotros mismos, a ver que los logros requieren de esfuerzos, que la vida es dual y que la balanza no siempre esta inclinada a nuestro favor; que la riqueza no la hace el dinero, y que nuestros pensamientos y sentimientos nos enfrentan a muros que parecen insuperables.

Hemos sido entonces impregnados por el mundo de Miyazaki donde las escenas están hechas con el más fino detalle, y el vacío, o lo que él denomina como “ma”, sirve para dar entrada a la emoción pura. Vamos embelesados sobre una narrativa llena de silencios y de espacios diseñados simplemente para sentir.

Aplaudida y ganadora de un Óscar a mejor película animada en el 2002. Con un Oso de oro en el festival de Berlín, y más de 35 galardones en diferentes categorías, El viaje de Chihiro nos da una muestra del equilibrio de la vida, de la superación del ser humano cuando se enfrenta a sus propios temores, de esa conquista espiritual por la que nos vemos retados y ya sea con un triunfo o con una derrota logramos observar la trasformación en nuestro interior.

El reto de Miyazaki fue haber realizado en tiempo record y con un presupuesto muy bajo una historia que estaba pensada para 3 horas de duración. Desafiando la evolución natural de las cosas narró a partir de lo más profundo aun sabiendo que no había un final definido, y nos hizo sentir el paso a paso de los personajes desde la intuición. Miyazaki le regaló al séptimo arte una obra sencillamente maravillosa que parece flotar en la imaginación de cada uno de los espectadores donde “nada de lo que sucede se olvida, aunque no podamos recordarlo”

 

 

THE END MAGAZINE