El último largometraje de Alex Ross Perry divide a la crítica en la Berlinale 67.

GOLDEN EXITS – Alex Ross Perry

Hay ciertas edades que se prestan al pánico de darse cuenta de que uno está más perdido de lo que creía, de que tal vez está más insatisfecho de lo que esperaba o de que tal vez no es tan coherente y honesto consigo mismo como tenía asumido. Sobrepasar determinadas fronteras de edad suele traer consigo un cuestionamiento de nuestras circunstancias actuales. ¿Dónde estamos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Estoy contento con lo que tengo? Y no siempre la respuesta es agradable o fácil de asumir. Tal es la filosofía que impregna cada diálogo de Golden Exits, la última cinta de Alex Ross Perry tras el denso enfrentamiento psicológico de Queen of Earth. Aquel que conozca el nombre de este cineasta puede que haya escuchado acerca de la división de opiniones que provoca, y no es para menos. Perry, a la manera de un Allen americano, gusta mucho de psicoanalizar a sus personajes, de poner en su boca diálogos forzadamente reflexivos en los que éstos exhiben sus propios anhelos o preocupaciones sobre su vida de una manera que normalmente ninguno de nosotros hace. ¿Significa eso que lo que se transmite tenga menos validez o sea menos real? Depende de cómo entre cada uno en la propuesta. Lo que no se le puede negar es la polémica autoría que, con sólo 32 años y unos pocos filmes, ha conseguido labrarse a través de una apuesta formal y de escritura basada en una imagen granulada, primeros planos muy expresivos de sus actrices y un gusto, como ya hemos dicho, por la reflexión autoconsciente de sus personajes en voz alta.

Mujeres en un bar

En ese sentido, Golden Exits continúa y expande la senda de sus anteriores trabajos, esta vez abandonando los densos ambientes boscosos de Queen of Earth a favor de los barrios residenciales de Brooklyn, donde una joven de veinticinco años es el eje a través del cual se introduce un reparto coral encabezado por una sorprendente Emily Browning en el que fácilmente es uno de sus mejores trabajos. Alrededor de ella pilotan su jefe, un hombre casado en sus primeros cuarenta, su mujer, la cuñada de él y la asistente de ésta última (Lily Rabe recién salida de los terrores de American Horror Story). Todos en situaciones de cambio e inseguridad que les llevan a buscar las cosas donde es posible que menos las encuentren, ya sea refugiándose en los celos y el resentimiento, ya en una falsa entereza que oculta temor por el futuro o bien en un pánico absoluto a la soledad en plena treintena. Lejos de mostrar mediante actitudes, Perry prefiere refugiarse en la palabra y divagar literalmente sobre los temas que le interesan y esa decisión provoca división de opiniones entre quienes lo perciben como algo forzado, poco natural y pretencioso y quienes, como un servidor, encontramos grandes verdades dentro de unos personajes llenos de contradicciones.

Joven en la sala preocupado

El mejor ejemplo lo personifica Naomi, la veinteañera con aires de ‘lolita’ que tan pronto se contiene en sus impulsos en pro de unos principios ganados con la experiencia como acaba cediendo a ellos cuando le interesa. Y tampoco es que el director la juzgue, nada más lejos, pero sí deja claro la evidente falta de coherencia que suelen tener nuestros actos y nuestras palabras, vociferando sentencias que luego nosotros mismos nunca ponemos en práctica. Desde luego no es el tipo de libreto que vaya ganarse fans en cantidades pues es incómodo como problemático, y lo demuestra el hecho de que al salir de la sala las opiniones e interpretaciones sobre la cinta eran radicalmente diferentes de unos a otros. Algo parecido ocurrió con Queen of Earth y es una de las razones por las que Alex Ross Perry levanta interés en los circuitos de los Festivales. Uno puede intuir lo que va a encontrarse, puede gustarle o no, pero desde luego no deja indiferente y eso ya es mucho ganado después de estrenos tan fríos como Django.

Joven preocupada

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