La comedia de Sally Potter levanta el nivel de la Competición Oficial en la Berlinale 67.

No es fácil categorizar una filmografía como la de Sally Potter, siendo una de esas cineastas que no parecen tener una inclinación clara respecto a los temas que le interesa tratar en su cine. En general posee cierta querencia por el retrato femenino y, en ocasiones, un sutil subtexto político, siendo su obra más representativa aquella de 1992 donde una joven Tilda Swinton alcanzaba el cenit de su comentada androginia. Hablamos de Orlando, adaptación de una obra de Virginia Woolf que ha ido adquiriendo cierta aura de culto, merced a una visión tan pretenciosa como estimulante. Entre filmes sobre romances interraciales (YES – 2005) o clases de tango (The Tango Lesson – 1997) la cineasta ha cambiado de registro de manera sorprendente con una comedia tan ácida como llena de dobles lecturas. En el seno de un grupo de amigos de la clase alta inglesa, The Party juega la carta del cinismo para dejar a todos y cada uno de ellos desnudos ante sus propias mentiras, desde una pareja de lesbianas progres, hasta un banquero irlandés, ninguno se libra de la gradual decadencia del evento. Los retratos de Sally Potter son afiladamente cínicos en las réplicas, sobre todo en las que le ofrece a una Patricia Clarkson que se constituye en roba-planos de un reparto coral dirigido con mano maestra.

Una mujer mirando a un hombre

Kristin Scott Thomas es la maestra de ceremonias y como tal, posee los momentos de mayor peso dramático, llegando a unos límites histriónicos poco comunes en los papeles que le ofrecen. Su estatus social, su frustración encubierta, su falsa modestia, son las características de una mujer que aun sintiéndose orgullosa por haberse hecho a sí misma, no puede evitar sentir que ha sacrificado parte de su vida íntima por la consecución de una meta profesional que es precisamente el motivo de celebración del acontecimiento que da nombre al film. No es extraño que así las cosas se desenvuelvan como lo hacen, pero por muy sencillo que suene, no es fácil que el concepto fílmico de ‘reunión social que termina estallando’ funcione de manera orgánica y no se sienta forzado en algún momento. Hay de hecho una escena clave que constituye el primer giro de tono que puede sentirse demasiado pensada, lejos de la naturalidad del resto del metraje, pero son pequeñas concesiones de estos ejercicios con tanto aroma teatral. Como en Un Dios Salvaje de Roman Polanski pero con mucho más hincapié en el trabajo de cámara en el caso de Sally Potter, que aquí vuelve a los brazos del que ha sido uno de sus mejores fotógrafos, Alexei Rodionov, con el que ya trabajó en Orlando. La consciente edición estilista del blanco y negro aporta una atmósfera algo densa, donde el espacio apenas se limita a un salón, un baño, una cocina y una terraza.

Mujer llorando

Tanto es así que en la propia rueda de prensa un periodista ofrecía la idea de que el libreto se convirtiera en obra de teatro, pero insistimos, por más que la idea se preste a ello, la cineasta se ha preocupado por darle un empaque fílmico muy consciente, muy dinámico y con un ritmo muy ágil que hace los 71 minutos que dura se pasen en un suspiro. The Party tampoco ha escapado al actual contexto socio-político; hablamos del Brexit, que, casualidades del momento, quiso que tuviera lugar durante las dos semanas de rodaje, algo que añade una cierta lectura nostálgica a esta imagen de fondo de Inglaterra. En este colectivo progre y algo clasista llama la atención que el interés de todos se centre en un individuo que nunca aparece en pantalla. Una persona que acaba siendo causante indirecta de las acciones que tienen lugar a partir de determinado momento, sobrevolando la película como un satélite continuo que marca las decisiones de gran parte del grupo. Lo que al final ha conseguido Sally Potter es recordarnos una verdad que el cine de hoy tiene algo olvidada, y el buen cine se puede contar en muy poco y con muy poco. Siempre y cuando haya compromiso, los resultados pueden ser tan redondos como The Party.

 

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