El actor español Eduardo Casanova se estrena como director con una provocativa ópera prima en la Berlinale 67.

Para aquellos lectores no familiarizados con el origen de Eduardo Casanova es inevitable no pararnos en su trayectoria en el audiovisual español. De actor secundario de una famosa sitcom nacional en la que consigue iconizar su personaje, a peculiar cortometrajista cercano al espíritu de John Waters, hasta llegar a su último trabajo de 2015, Eat My Shit, donde con ayuda de su compañera de reparto en Aída, construye la semilla de lo que más tarde será el concepto de Pieles. A saber: la historia de una joven con una malformación facial tan impactante como excéntrica, su orificio anal y su boca están intercambiadas y como tal, se ve obligada a enfrentarse a las burlas y desprecios de la gente por algo que ella no ha elegido. Lo que hace Casanova es extender ese discurso para ensamblar una ópera prima de fuerte impacto visual pero de trasfondo intensamente sencillo donde el ‘acéptate a ti mismo tal como eres’ se acaba convirtiendo en santo y seña de todos los personajes. El principal dilema está en el cómo, en la decisión consciente de utilizar el físico y alterarlo de maneras muy excéntricas para producir impacto en el público, siempre con el peligro de que parte de la platea no se tome en serio lo que está viendo, por más que luego los esfuerzos se encaminen desesperadamente a unos diálogos que apelan a algunas emociones básicas y universales.

Mujer con pieles en el sofa

El equilibrio de fuerzas está siempre en el límite entre el ridículo y lo emotivo y Casanova no siempre da con el tono adecuado, excediéndose en una selección musical donde un aria de la ópera ‘Carmen’ contextualiza una escena que sobrepasa esa frontera de manera exagerada. Más allá del primer impacto, aquí se habla de la falta de autoestima hacia uno mismo, de estar enamorado del físico antes que de la persona, de confundir sentimientos y de engañarse a uno mismo. En esa lectura que involucra el físico como un elemento más de nuestras relaciones también se podría relacionar Pieles con otra reciente cinta estrenada en España, remake de un título australiano, llamada Kiki, de Paco León. De la misma manera, allí se abordaba un argumento coral en el que varias personas intentaban aceptar sus propios vicios sexuales para poder tener una relación sana, tanto consigo mismo como con sus parejas, y el concepto final era muy parecido, pero se transmitía con más naturalidad y menos afán excéntrico. Siguiendo en esa línea y por adentrarnos más en el mensaje de Casanova, Pieles bien podría ser el reverso discursivo de la última cinta de Winding Refn: The Neon Demon. Mientras para el noruego la belleza es algo que todos queremos devorar y adoptar en su forma más pura, para Casanova es algo totalmente subjetivo, algo que está en los ojos del que mira, en ocasiones con una mirada cubierta de prejuicios que debemos quitarnos de encima aunque sea para darnos cuenta de que debajo de algo que consideramos ‘de mal gusto’ hay alguien con tanto derecho a sentir como tú o yo.

Mujer con unos labios en papel

Eduardo Casanova se ha arriesgado y lo ha intentado, arropado por el apadrinamiento de Alex de la Iglesia y la actriz Carolina Bang (también productora ejecutiva), y aunque no siempre Pieles consigue lo que se propone lo que no puede decir es que no haya sido fiel a sí mismo, ofreciendo algo que no es fácil ver en nuestra industria. Queda preguntarnos lo que habría podido ser este debut de haber llegado más lejos en algunas tramas. Puestos a ofrecer una visión radical sobre los cánones de belleza y cómo condicionan nuestra autoestima y relaciones amorosas, habría sido interesante ver historias como la del hijo de Carmen Machi llegar a sus últimas consecuencias antes del cierre, pero tampoco sería justo por nuestra parte exigirle al filme algo que no es. En resumen, Pieles es una obra fácil de echar por tierra, que se excede demasiado en ocasiones y se pierde en su propia excentricidad, pero que tiene valores que merecen reconocerse, especial mención a su diseño artístico y su impoluta paleta de colores o al buen hacer de algunos de un reparto comprometido. Desde luego es un filme que no deja indiferente a nadie y eso es tener mucho ganado.

Una pareja sentada en la mesa

THE END MAGAZINE