Hay películas que nos han hecho fanáticos. Trainspotting (1996) es una de esas que hablan más allá de lo familiar y son amigas. Que han dejado huella en el alma. Es de esas que fomentaron la cinefilia y que hicieron que esté acá.

A las nueve de la mañana, el cielo de Berlín en estos días apenas deja saber que es de día porque se parece a un vidrio esmerilado. La fuente de luz no se deja ver. Entre tanta oferta, pasa casi como al andar en medio de la bruma donde por más que se sepa el camino, al no ver más que a pocos metros de distancia, no se sabe qué se pueda encontrar en él.

Dos renos en invierno

Testről és lélekről (AKA On Body and Soul) de la directora húngara Ildikó Enyedi tuvo la fortuna de abrir el segundo día para mí. Una pareja de ciervos se coteja en medio de un bosque mientras los copos de nieve les cobijan el lomo. Así arrancó la cálida sorpresa que me levantó el ánimo después del lánguido comienzo de ayer. Maria (Alexandra Borbély) es una chica inteligente y extraña, más apegada a las normas que cualquiera, trabaja como inspectora de calidad en el matadero de ganado vacuno donde Endre (Géza Morcsányi) es el jefe financiero. Los ciervos nos acompañarán toda la película mientras descubrimos que Maria es más rara que inteligente, y que su discapacidad, contraria a la de su compañero es invisible a la vista. Una historia romántica que se desarrolla más dentro de lo onírico, cuando el humor cáustico no deja espacio en la vida real. El tinte azulado cuando estamos con los animales, los tonos pasteles con los humanos, la locación usada en los sueños en contraste con de la vida cotidiana; son todos ejemplos del buen hacer cinematográfico empleado por la directora para decirnos que la cotidianidad machaca, pero no aplasta. Y que por más raros o extraños que seamos, o que sea nuestra pose, al final siempre terminamos necesitando lo mismo. Y hay caminos increíbles para llegar a ello.

Una pareja cenando

No hubo mucho tiempo para la charla y los comentarios sobre ella, cuando ya estaba en la fila para las boletas del sábado (las que se piden cuando no se logra alguna función de prensa) y luego corriendo a The Dinner de Oren Overman. El guionista de I’m not there (2007) nos trae el típico drama del norte de Europa donde una familia se reúne a tratar cierto delicado asunto en medio de una esplendorosa cena. En este caso, la familia de marras es la Lohman: dos hermanos, Stan (adecuado Richard Gere) y Paul (intratable Steve Coogan); y sus esposas Claire (Laura Linney) y Katelyn (Rebecca Hall) respectivamente. Ellos creen llevar la batuta de la reunión que busca la mejor alternativa a un problema en el que sus hijos se han metido. Como un drama kafkiano, los protagonistas creen controlarlo todo, pero no pueden llegar siquiera a hablar del tema que los reúne. ¿El presente? Pues nada, para qué mirarlo de frente cuando tenemos tanto en común. Como Barbara (Chloë Sevigny), la ex de Stan, un lastre que arrastran, tan pesado como la arrogancia intelectual de Paul o la distracción de Stan y las demandas de sus mujeres. El ambiente aprisionado donde el director gringo zampa a los actores es más una olla a presión. Pero se echa en falta la maestría para mezclar excelentes actuaciones y una buena idea de historia (películas así hay montones y muy buenas) y lo que nos queda es un sancocho de caviar, faisán y salmón, y eso no sabe bueno.

Trainspotting T2 Berlinale 67

Photo call Trainspotting T2, Berlinale 67

“Boyle no se jugó acá la papeleta de la continuidad, que sería un irrespeto con el público de la primera vez, tampoco la de la nostalgia”

Pero cuando hay decepciones, para eso amigos. A la salida me encontré con uno que además de cinéfilo es melómano. Giovanni Battaglia, el perfecto compañero para destripar del hueso anterior e —aunque haya podido leer que esta versión no tiene la misma fuerza que la original— irnos en añoranzas y deseos de lo que se nos venía encima: Trainspotting T2. Danny Boyle reúne a la pandilla. Mark (Ewan McGregor), Simon (Jonny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner), y Begbie (Robert Carlyle) se ven las caras veinte años después en esta secuela largamente esperada. Y vemos a Mark correr en una trotadora en un gimnasio en Ámsterdam. Su vuelta a Edimburgo, uno ya estandarizado hecho Europa, limpio, bonito casi impoluto. Nada especial. Pero igual las calles se conocen mejor que ninguna otra, como los amigos a los que se quiere volver a ver, o a la familia. El abrazo otrora rechazado del papá ahora reconforta y soporta mientras se recuerda a los que se fueron: las sobras proyectan las ausencias. Las denuncian. El director ha sido inteligente, Trainsporting T2 es el llamado de un amigo que no vemos hace 20 años y con el que queremos hablar. ¿De qué? Del pasado, sí; pero mejor también de lo que somos hoy. De lo que nos motiva, de lo que nos impulsa. Y de cómo nos movemos. Boyle ha jugado comercialmente la carta de la nostalgia; pero es un caño. Él nos habla en presente. La lista de cosas del mítico discurso Choose life de Mark ha cambiado y pasa hoy más por Internet y las redes sociales que cualquier cosa material. Pasa también por ver cómo se repite la historia en tanto que, de una manera u otra, la amenaza comunista se ha cumplido con el Fin la Historia y todos nos vestimos igual, todo se ve igual. Ciudades y personas se han hemos uniformado al menos en el Primer Mundo. La combinación de diferentes tipos de cámara, CCTV, celular, videítos de iPhone, fotos de realidad aumentada y demás, son los soportes con los cuales el director pone su denuncia de ese Gran Hermano que nos vigila. Como ya ha pasado el tiempo, y la amistad se ha fortalecido, se pueden decir las cosas a la cara, bajarlas con un trago y que cada uno se esclavice con la verdad. Hay un tono romántico que no le hizo bien, hay un tono de esperanza que Hodge (guionista) y Welsh (el escritor de Porno y asesor de la historia) han puesto y no sé de dónde lo sacaron. Así las cosas, Boyle no se tiró acá la papeleta de la continuidad, que sería un irrespeto con el público de la primera vez, tampoco la de la nostalgia. No. El director nos habla otra vez al oído y nos dice: estás viejo, ya no puedes hacer lo que hacías. Serías un iluso si lo intentaras. Las fiestas… sí, bien gracias; mas las de antes eran un tanto mejor. Y sin embargo a veces podemos darnos una vuelta por allí. La banda sonora, cuento aparte, suena con lo que debe sonar y cuando debe sonar. Ya Iggy no arranca al comienzo, él está para el final. Cuando no es correr precisamente lo que toca hacer, sino bailar y recordar.

Trainspotting T2, Berlinale 67

Escena de Trainspotting T2

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