“Lo malo no son las historias sino la forma de contarlas”

“No se trata de hacer buenas películas, se trata de transmitir un poco de humanidad”. Jean Renoir

Si removemos por entre las raíces del apellido Renoir seguro encontramos una imagen llena de color, de luz, y de texturas hechas naturaleza. Desde esos orígenes abstractos partiremos para conocer a uno de los grandes precursores de la renovación del cine.

Situados en el siglo XIX, la familia Renoir Charigot recibe su segundo hijo a quien deciden llamar Jean. El futuro cineasta, hijo del famoso pintor impresionista Pierre Renoir, empieza su vida afrontando desde muy pequeño el juicio que reciben aquellos para los que el ámbito intelectual no es el más cómodo. El pequeño algo reacio a las normativas del colegio católico convive con la disyuntiva de dos mundos: el de la expresión creativa heredada de su padre y el de los lineamientos de la época que se deben seguir para ser hombre de bien: Jean se enfrenta al complejo universo de las ciencias exactas.

Su infancia transcurre entre el ambiente citadino —lleno de amigos, bullicio, cafés, galerías y teatros— y la tranquila naturaleza de la que disfruta cuando visita su finca al sur de Francia. Allí conoce por primera vez el arte hecho pintura, y mientras sirve de modelo para su padre y practica la escultura de cerámicas va encontrando la relación historia- imagen que con el tiempo pondrá a prueba sobre una pantalla.

Un niño haciendo tareas en la mesa

Pero desafortunadamente en la vida del joven Renoir no todo es luz y color. Para el año 1912 el gran acontecimiento de la Primera Guerra Mundial genera una sombra en su vida y se ve obligado a participar en el cuerpo de dragones. Allí se enfrenta al mundo desvencijado detrás de las trincheras. Tras largas batallas contra los alemanes retorna a casa con una herida en la pierna que lo deja cojo para siempre. Impulsado por la dureza de las experiencias vividas, Renoir se sumerge en la pantalla grande encontrando el bálsamo con el que calma su necesidad de contar lo vivido y empieza a formar su propia visión sobre la conducta humana. Contagiado por el gran maestro Charles Chaplin y tras ver el filme Esposas Frívolas (1922) del director Erich von Stroheim, Jean empieza a formarse en el séptimo arte.

Su primer largometraje llegaría para 1924 La Fille d l’eau, en ella contaría con la presencia de su esposa Catherine Hessling y su hermano mayor, Pierre. Su primer intento fue una mezcla de dos movimientos; el impresionismo y el expresionismo alemán. Pese a que el apellido Renoir ya era famoso para entonces, su intención de narrativa no tuvo eco en el público. Sin embargo, la necesidad de expresarse tuvo más fuerza y para 1926 lanzó su segundo strike, Nana, basada en la novela homónima de Émile Zola. La producción resultó ser bastante costosa por lo Jean tuvo que recoger fondos vendiendo algunos lienzos de su padre.

“Utilizar el arte para romper las costumbres de las que está presa la raza humana”

Con esos dos intentos, Renoir iba encontrando los gustos en su narrativa, la naturaleza como fuerza vital, el movimiento del agua sinónimo de libertad y la pasión por el espectáculo se convertirían en el leitmotiv para sus filmes. A Renoir le seguía un oleaje de pruebas y ensayos, inició con las comedias militares, luego con el género fantástico, y terminó adaptando historias de diferentes artistas entre ellos un relato de Hans Christian Andersen. Un camino largo y con bastantes baches obligan al director francés a desviarse por entre los rechazos. La golfa (1931) es el inicio de un nuevo paisaje, al séptimo arte ha llegado el cine sonoro y a la vida de Renoir su compañero de travesías el actor Michel Simon con el que trabajaría en más de una producción.

Con los años venideros la lista se hace cada vez más larga, diferentes títulos van haciendo fila unos tras otros, aparecen La Nuit du Carrefour (1932), Boudou salvado de las aguas (1932), Toni, (1934), Una partida de campo y Los bajos fondos (1936).

El mundo cinematográfico de Renoir de nuevo esta lleno de claves; pero esta vez son mucho más concretas, tanto que lo llevan a preguntarse por su labor como individuo en el séptimo arte. El sentido de la realidad se ha mezclado con el naturalismo poético y por sus venas corre una necesidad de contar historias basadas en el idealismo político del momento. La crisis política de los tiempos venideros pone sobre la mesa un tema que para Renoir es crucial tratar. La gran ilusión (1937) viene cargada de un mensaje de paz, en ella el director francés tiene la alegría de trabajar con quien fue su impulso para seguir el camino del cine, su maestro Erich von Stroheim. A esa faceta también pertenecen los títulos como La vie est à nous, (1936), El crimen de monsieur lange, y La marsellesa (1938).

Otras grandes obras se suman a la misma corriente: La bestia humana (1938) y La regla del juego (1939) son filmes que lo llevan a tratar temas sociales y a enfocarse en los valores humanos. Pero las dificultades de la segunda guerra mundial lo apartan de su país y se ve obligado a exiliarse en los Estados Unidos. Enfrentarse al universo de Hollywood no es tarea fácil y aunque realiza algunos filmes por encargo el ímpetu que traía con la búsqueda narrativa ha quedado estancado. Tendrían que pasar casi diez años para que el Renoir de siempre comenzara a fluir de nuevo. Con las maletas listas y llenas de ilusiones este director atraviesa medio mundo para llegar a la India, lugar donde rodaría su obra maestra. El rio (1951) llegaría con toda la magia del color para expulsar los desencantos de la raza humana que Renoir había vivido en la guerra. Su vida cinematográfica había tocado la gran cúspide, de vuelta a Europa y tras las dificultades del momento para producir sus películas, Renoir encuentra en la televisión, en  la literatura y en el teatro otras formas de expresión.

La carrera de Jean Renoir llegaría a su final para 1970, y como premio a su dedicación la academia le otorga en 1974 un premio Óscar honorifico. El mundo lo despediría en 1979 con gran nostalgia. El maestro que buscó plasmar libertad del ser humano partía con un legado cinematográfico a sus espaldas y con el reto cumplido que alguna vez su padre le dejó: “Utilizar el arte para romper las costumbres de las que está presa la raza humana” Renoir esculpió caminos y logró hacer historia.

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