Analizamos lo mejor de una apasionante jornada en la que disfrutamos de bandas como The Weeknd, The XX, Justice, Cage The Elephant, Rancid o Sagán.

Foto de Mario Acevedo

Foto de Mario Acevedo

La entrada. Veo pintas extravagantes, jóvenes, viejos que expiran rocanrol, punkeros moderados, gomelos, todos caminando de manera unánime hacia la entrada con sus impermeables, botas Dr. Martens –porque además de ser las botas insignia para ambientes como este, son las indicadas para tolerar lluvia, barros y charcos- y una actitud enérgica de combate que no le permita a la lluvia y al frío amargarles el primer día del Festival Estéreo Picnic.

Llegamos, Mario –el fotógrafo, mi dupla– y yo, luego de la requisa protocolaria que supone la entrada al festival. Ya empiezo a ver cajas de Néctar confiscadas, colados que inventan pretextos para entrar. Todo va bien. Quedamos de reunirnos con nuestra gente en el escenario Budweiser, pero apenas entramos al festival, apenas las carpas, los colores, las cervezas, los juegos y la gente se nos presentan a la vista al pisar los primeros metros de la entrada, la vida se detiene un poquito: estamos aquí. Me sobrecoge una pequeñez que los stands monumentales, tendenciales e innovadores que nos rodean, pero recordamos con Mario que hay que llegar al escenario de Budweiser. Nos dirigimos hacia allá.

Está tocando Nanook y El Último Esquimal y hay poca gente. Poca, pero gente que grita, baila, se mueve al son de una actitud rockera, política, contestataria. Todavía es de día. Puedo ver a la gente preparándose para lo que traerá la noche mientras asiste –de parche– a la función de Nanook: se recuestan en la baranda que separa a la tarima del público y sacan su caja de aguardiente que –encaletado o no– se empiezan a tomar. Para ellos, y para los que están sentados en un pasto que todavía está limpio, las funciones de estas bandas presentan el momento perfecto para prepararse para lo que se viene. Nanook nos exhibe su nueva canción. Dan ganas de decir groserías, de cabecear, de sentirse furioso e identificado. El cantante grita con el alma.

Foto de Mario Acevedo

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En lo que cambiamos de escenario caminamos afanosos por el pasto, por la farándula. Saludamos y nos saludan. Gente va, gente viene. Popstitute. Suena un piano groovy. Los músicos están distribuidos de manera ecuánime en el espacio que dispone el escenario. Sin conocerlos demasiado, me mueve la actitud extravagante, estrambótica y de confidance que expira el cantante. Camina, se mueve al ritmo de unos sintetizadores que parecen estar en diálogo con música de los ochenta, dice ‘si o qué parcero’, llega el público, de manera espontánea y natural suelta un ‘Bogotá’ al final de la canción. La gente se conecta con la actitud de “¿y qué importa lo que los demás piensen de mí?”.

Hay un sonido eléctrico que nos llama, más clásico y rocanrolero que lo que hemos venido oyendo: Seis Peatones. Aumenta la cantidad de personalidades al pasar de un escenario a otro. Crestas, barbas, plataformas, piercings. Seis Peatones es la perfecta transición entre el ambiente de parche y el ambiente denso –el antes y el después– que presupone el festival. Andrés, el cantante y guitarrista, toca “Vuelve” y enamora a media audiencia que si no estaba totalmente atenta hacia lo que sucedía, ahora se deja llevar por el riff de una guitarra ligera (pero rocanrolera) que habla sobre el desamor.

Foto de Mario Acevedo

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Con Ságan empiezo a entender que los privilegios que tiene el lugar de prensa –un espacio que queda entre el escenario y el público–, por estar recluido de la gente, también excluye el sentimiento colectivo de relajación y ganas de bailar. Hay que irse atrás, hay que inmiscuirse con la gente. Eso es parte de la experiencia Estéreo Picnic, pues el ambiente lo crea el artista pero el público lo eleva, le da la intensidad que quiere y la mantiene. Le digo a Mario que necesito meterme en el gentío (que aún es poco) mientras él toma las fotos con la libertad de no tener obstáculos. Quedamos de encontrarnos más tarde en el mismo lugar, en el espacio para prensa. Me dejo llevar más de lo esperado por la biósfera de misticismo que ofrece con delicadeza la cantante de Ságan, que inhala y exhala belleza.

 

Foto de Mario Acevedo

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Suelto la libreta. Así de bueno está Cage the Elephant. Me toma tiempo darme cuenta del calibre de show que está armando Matthew Shultz. La vestimenta y la manera de moverse lo delatan, hay algo en él que recuerda a Mick Jagger. Tiene un traje, pantalones y blazer negro con una camisa roja de rayas blancas. Su pinta parece la de un personaje de Trainspotting intentando conseguir trabajo: seria pero a la vez descuidada. Tanto él como nosotros estamos en el mismo cuento: dejar al cuerpo entrar en piloto automático mientras suenan canciones que ya el cerebro conoce y que narra sin tener que pensarlo demasiado. Qué ganas de rocanrolear. Las guitarras acústicas se hacen oír con personalidad y carácter, el mismo que los integrantes de la banda inspiran con sus pintas y sus movimientos indiferentes frente a los juicios de valor que puedan hacer de ellos. Esto no significa dejar de sentir lo que se canta, todo lo contrario. Se oye la melodía de la guitarra más esperada hasta el momento: Trouble. Nos preparamos todos para cantar la serie de ‘woos’ que introducen la canción. Suenan en unísono y es un momento épico.
El pogo y Rancid

Foto de Mario Acevedo

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Me mentalizo. Desde que nos encontramos en la entrada le pedí a Mario que en Rancid me mostrara lo que era el pogo. Lo recuerdo y me mentalizo, en medio ya del epicentro del concierto, cerca al escenario y rodeada de una turba que ya empezaba a calentarse. Habíamos llegado temprano para poder estar en el epicentro. “Cruza los brazos y póntelos en frente de la cara. Protege tu nariz y empuja a la gente. No me sueltes ni te separes de mí”, me dice Mario acompañado de un lenguaje corporal. Trato de analizar la escena antes de que todo estalle. Veo al guitarrista vestido como profesor de universidad: de camisa, saco y jeans.

Primer segundo de la primera canción, primer empujón. Dentro de nada, me hallo involuntariamente metida en un tumulto de puños, codazos y empujones amistosos. Sí, amistosos. Primer puño. Todo comienza a acelerarse, me pegan en la garganta y una especie de dolor casi placentero me hace estallar. Pateo, codeo –siempre protegiéndome la cara-, grito, me enfurezco. Veo gente llegar, decido parar de prevenirme tanto, me “destensiono” y me dejo llevar por la turba. Les dejo que me peguen y que me halen el saco. Encuentro espacios vacíos que pronto se llenan de gente preparada para cascar y ser cascados, y así aumentar la energía de nuevo. Me siento como un bicho raro entre un tumulto de punkeros que me ven con ternura: para ellos debo ser la niñita mona con chaqueta vistosa que quiere ser badass por un momento, entonces pego patéticamente más duro para demostrar que no es así.

Descubro la contradicción más bella del pogo: es un momento de fraternidad en que todo el mundo está en su cuento, que los puños son una manifestación de afecto, casi. El compañerismo del tumulto aparece cuando los tesos –hay que decirlo- de Rancid anuncian Old Friend. La pierdo y pego con más fuerza, con ganas de que me peguen. Y nada. Busco pleito hasta que lo encuentro. Me empujan. Me caigo, y, apenas lo hago, unas personas no-identificadas me paran de manera automática. ‘Que chimba, que chimba’ es lo único que logro pensar mientras me paro con más energía. Last One to Die suena y sigo, hasta que se me cae la chaqueta y la pierdo de vista. Me pongo a buscarla en medio del pogo: primer error. Debo escoger entre abandonar la chaqueta y no ahogarme o que no me rompan la nariz. Opto por la segunda y doy por perdida la chaqueta. Y así, en un momento de descanso, voy viendo como a la gente que se cae, los demás la paran de una. Un hombre escuálido y responsable –un punkero de corazón- se para en una esquina con unas cuantas prendas de ropa que quedan de residuo del pogo. Recupero entre ellas mi chaqueta. Odio es lo último que logro detectar. Pienso, a finales de Time Bomb que, realmente, sentí la vida.

 

Del hype a la relajación contemplativa

Foto de Mario Acevedo

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La crónica, la crónica, por dios. Tengo que ir a The XX. La vida en los festivales es acelerada. Los residuos de la aceleración que sentí en Rancid se me van apaciguando mientras hago la transición de escenarios. Es difícil adaptar el cuerpo: el corazón me late y las gotas de sudor apenas se secan. Suspiros, muchos suspiros. El contraste se siente: la energía pasa a ser del eclecticismo de Rancid a la simetría y tranquilidad de The XX. La mente la tengo en otro lado aún. Pero me concentro, tomo agua, veo a Romy -divina: tan real y tangible, tan mujer- y siento el primer golpe de relajación. La música retumba y vibra de manera desafinada. A veces incrementa la pesadez, pero el entorno chill persiste siempre. Los vocalistas juntan sus voces suaves: sienten y hacen sentir con toda la potencia del mundo sin necesidad de gritar, de brincar. Los solos de Romy -quien también está en la guitarra- se mantienen en el tiempo -tan sutiles, tan sin esfuerzo- con una delicadeza enamoradiza. Cantan VCR, Try, tocan Intro y de vez en cuando se permiten una improvisación que, mezclada con las luces, disponen un ambiente de similar al de un DJ. El movimiento apacible de la banda, en lugar de bajar la energía, la multiplica. Van a tocar Angels. Les ruego a mis amigos que me dejen quedarme para esta última, y remato cantándola con el mismo sentimiento que los artistas. Es una versión con bajos que intensifican la canción.

Un descanso. Acordamos en sentarnos unos minutos para preparamos para lo que viene: The Weeknd. Tomamos la decisión repentina de pararnos de la banca y sumergirnos en el público para lograr las buenas fotos -siempre una decisión que supone un gran riesgo: lidiar con la gente, los espacios personales y la lucha por un buen puesto-. The Weeknd cambia y voltea la actitud (ya no es nostálgica sino que ahora es agresiva, erótica), pero mantiene los

ritmos y los tempos: apartados el uno del otro, longevos, densos. Suena In The Night y la música futurista se reemplaza por bajos unos más inclinados hacia el rap. Bailamos: bajamos y subimos con intensidad y lentitud a son del tempo. Ocupamos bastante espacio y nos importa poco. Todos están de acuerdo con que The Weeknd evoca sexualidad. Se mueve con una naturalidad que genera ganas de sacudirse de forma unánime bajo una misma sábana de voces y luces.

Nos damos el lujo de un respiro, la noche sigue. Caminamos, intentando inhalar un aire de festival que está llegando a su cierre. Brilla entre el público Daniel Meckler -el vocalista de Popstitute– y Mario se le acerca, instintivamente. Lo que iba a ser una conversación banal y superficial acabó en trascendencia: Meckler nos delató unos nervios e inseguridad antes -e incluso durante- la presentación. Nos agradeció los cumplidos, reclamando que “uno se siente muy angustiado e inseguro, además no oye nada por cuenta del auricular, a veces ni se oye a sí mismo”. “Nosotros no creamos energía. Agarramos la del público y la multiplicamos” nos dice mientras observo su atuendo único y con personalidad, de pelo mono y ojos maquillados, oscuros e intrigantes. Entendiendo lo que detrás de ser un artista en Colombia: compromiso, pasión, originalidad y mucha fe.

Foto de Mario Acevedo

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Estamos llegando a Justice y las piernas nos traicionan. El cúmulo de un día sobrecogido de extremos emocionales y físicos nos está llegando. Sobrevivimos a Justice con el mínimo de energía, uno que Justice supo mantener durante pocos minutos, pues la lejanía del escenario y el cierre del epicentro prohibe una expansión de la energía colectiva. Los caducados, los cansados y los acompañantes todos se juntan a las afueras de Justice, con total descuido ya de sus chaquetas. Sentarse es más importante. Se acaba un primer día de Estéreo Picnic que reclama volvamos al día siguiente.

THE END MAGAZINE