Analizamos lo mejor de una decepcionante segunda jornada en la que las bandas nacionales salvaron el día.

Foto de Mario Acevedo

Foto de Mario Acevedo

The Strokes. Por ellos vino la mayoría de gente –hecho manifiesto al llenarse el área del escenario de Tigo Music (el más grande) cuarenta minutos antes de que la banda empiece a tocar. La gente reclama su lugar frente a la pantalla–. Estamos esperando pacientemente –aunque, honestamente, cada vez menos– a que salga Julian Casablancas y grite alguna impropiedad. Eso es lo que queremos de él. Luego de quince minutos de espera -que no incluyen los otros cuarenta que llevábamos buscando y guardando puesto, obligando a saltarnos Two Door Cinema Club- suena esa voz. La gente se empieza a acercar hacía la pantalla de manera colectiva. Estamos en un tumulto que sabe que dentro de unos segundos, apenas el primer riff de guitarra suene en correspondencia con el primer hit de batería, todo va a estallar. Esperamos para que así sea. Y suena, suena duro. Al comienzo, como todos los comienzos, la situación está interesante: la gente emocionada salta con una energía que sacude toda la cancha. Si me quedo parada y no salto, podría estarme perdiendo de algo. Así que me uno.

Foto de Julian Casablancas

Foto de Julian Casablancas

Ninguna de las canciones ha generado tanta conmoción como ahora lo hace Someday. Veo bocas intentando adivinar la letra de canciones que suenan, una más parecida a la otra. El cinismo de Casablancas sale a relucir cuando se pone la bandera de Colombia -e ilusionando a media audiencia que se emociona con tales clichés- dice: “can I buy the love out of you guys if I wear this?”. Esas bocas que antes estaban perdidas en la letra de las canciones que querían cantar pero no podían -ya sea porque no las conocieran o porque no recordaban la letra- recuperan el hilo una vez suena la icónica melodía de la guitarra eléctrica de Reptilia. Esa era. Todos la conocen, todos saltan, resalta la pertenencia de una generación que ha encontrado su identidad en bandas de la estirpe de The Strokes. El cansancio me sobrecoge en medio de tanta agitación y me halle en la necesidad de alentarme. Canto y brinco con ellos, pero nada. ¿Será mi cansancio o será la banda?

Espero a que canten You’ll Try Anything Once (o al menos You Only Live Once). Nada. Me alcanzo a emocionar con Threat of Joy, la voz de Casablancas sonando fuerte y segura de sí misma, haciéndonos llegar sus vibratos. “Divino”, pienso. Pero esa sensación placentera y emocionante se irá pronto. Aguanto más, con la esperanza de que van a tocar uno de los dos motivos por los cuales sigo aquí. Las guitarras y el estruendo siguen, a veces chillonas y a veces heroicas. No parece pero ya es tarde. Es la una de la mañana y la gente está caliente, más prevenidos que nunca con su espacio personal. Ya los borrachos comienzan a empujar con ganas de armar pogo en The Strokes. No la logran, por supuesto. No sabemos si Casablancas aparenta estar completamente llevado para encajar dentro del cliché de rockstar acomplejado (lo cual sí es, como lo testifica su canción Human Sadness, que escribió como solista) o si realmente está bajo sustancias psicoactivas. Pareciera que no: el manejo de la voz es impecable, y a pesar de que no sepa conquistar al público como el showman que es, por ejemplo, Paul McCartney, su voz demuestra un rigor musical que existe, que la figura de rockstar opaca, pero que existe. Acaban luego de un amague de irse. El final intenta ser épico, precedido por unos juegos artificiales que me quieren convencer de que el concierto superó al de Cage the Elephant, al de Rancid o al de, incluso Árbol de Ojos –como había sucedido ese mismo día-.

Foto de Mario Acevedo

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Y así los recuerdo, a Árbol de Ojos. La sensación explosiva que encendía el cantante con su turbación y actitud punkera. Sin conocer las canciones, me había sentido conmovida por la agitación que proponía la banda. Recuerdo. Los visuales estimulan una psicodelia política y sentimental que la banda multiplica, con una energía imposible de topar -mediada por unas guitarras algo metaleras, las baterías constantes y deseosas de cuerpos que les respondan con baile-. Así comprendo lo mucho que influye el nivel de popularidad de una banda al presentarse en el escenario. Cuando The Strokes se fueron momentáneamente del escenario (para luego volver), escucho detrás un “uy se van? Pero bueno, son The Strokes. Pueden hacer lo que quieran”. No es así. Las bandas como Árbol de Ojos se enfrentan a otra situación: las canciones no se las saben todos y deben estimular al público por medio de pura energía y buena vibra. Eso lo logró Árbol de Ojos, no The Strokes. ¿Una de las bandas más taquilleras se había dejado llevar por la fama?

4 pm: las bandas menores le dieron más duro.

A sabiendas del nivel del día que nos espera, empezamos suave N. Hardem suena, decidimos echarle un vistazo. Rap, rap del que canta política y pide justicia, que denuncia, que incita a ser subversivo. Con chaquetas amplias que cuelgan, cadenas y gafas (ya sea porque es parte del atuendo o porque quieren esconder unos ojos rojos, resultado del porro que se fuman en el escenario), nos gritan “gracias por estar aquí, son por qué amo hacer esta mierda”. Sediciosos e insurrectos, provocan unos cuantos gritos. El grupo de rap recuerda a La Etnnia.

El día de hoy está distinto: el clima, como es usual en la capital, no logra decidirse por si hace sol o llueve. Fluctúa entre las dos las últimas horas del día. Cococonó tiene el privilegio de tocar bajo uno de los raros destellos de sol que Bogotá tiene para ofrecer, y el atardecer se junta con las voces fuertes, con temple y carácter, de las cantantes. La banda, que parece más una orquesta de diversas personalidades, anima a la gente con base en el disfrute que ellos mismos están sintiendo. Se acuesta el sol y nos preparamos. Cococonó nos ha sabido conquistar con sus trompetas, coros y voces extasiadas por mover al público. Nos mueve.

Foto de Mario Acevedo

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Qué sabor el que impone Rawayana. Le agradezco por romper con la monotonía pop e indie. El reggae, la cumbia y los ritmos latinos nos juntan: somos hermanos, nos une la lengua y la sabrosura. Lo sentimos, Rawayana sabe sacudir esa manera de pensar. Cantan High y el público lo agradece. Explota, casi como si la banda hubiera construido hasta High para totearla como climax.

Le echamos un vistazo a Vance Joy. El prejuicio de ser el artista más pop desaparece cuando lo veo en una escena Dylaneana: con una mandolina frente al micrófono, parado y cantando sobre el desamor con el alma. Bordea el folk y, en algunos casos, el rock. El lugar está lleno, esperando a que suene Riptide. Pero no hay tiempo: el festival pide que vayamos a tiempo para poder entrar a la sección de prensa de Flume.

Foto de Mario Acevedo

Foto de Mario Acevedo

Y llegamos. El acercamiento privilegiado me permite ver a Flume de otra manera. No desde la máscara o la pantalla. Dudo la verosimilitud, duda que generalmente acompaña a las figuras misteriosas de los DJs que se escudan detrás de un seg: ¿realmente estará haciendo algo?. Sí, canta cada canción. Se sabe la secuencia de memoria. Veo la simpleza con la que sube y baja sus dedos (haciendo una gestión para que el público se pare y se emocione), que basta para que todos entren en sintonía. Esa simpleza, esa delicadeza con la que -literalmente- mueve al tumulto, a la masa, con los dedos de la mano. Suena Sleepless. Fluctúa entre denso y acallado, así, hasta llegar al momento del climax, de la explosión. Veo su cara, veo sus piernas revolucionarse al ritmo de la música y entiendo que el manejo de las luces no solo ayudan a la emoción colectiva: también lo ayudan a él. No puedo ver a la gente, al público. Estoy en la sección privilegiada pero encerrada de la histeria, sin embargo, me basta con reconocer su cara de éxtasis para saber cuándo el público se levanta al ritmo de los bajos y cuándo se relaja bajo la instrucción de luces apacibles, el suspiro después de la intensidad. El descanso. Se sabe la rutina, recita la letra de sus canciones y se mueve con la buena vibra que se le pide al DJ.

Y finalizamos el dia con cansancio acumulado y recordando mejores momentos de la jornada de ayer. Ahora toca coger fuerzas para el ultimo dia de festival, donde la electrónica de Deadmau5 y Martin Garrix invadirá Bogotá por una noche.

 

 

THE END MAGAZINE