Analizamos la tercera y última jornada del festival Estéreo Picnic, un día marcado por un fuerte contenido emocional por parte de las bandas nacionales y la potencia y empuje de Martin Garrix.   

Tercer día. Los rastros de un festival que me ha sacudido literal y metafóricamente, que ha puesto a prueba mi estoicismo y paciencia con su barro, pero que ha compensado esos pormenores con los estallidos y largas jornadas de brincar y quedarme sin voz, se sienten en el cuerpo mientras me preparo para dar lo último que queda de mí en el tercer día, en el cierre de Estéreo Picnic.

Llueve. Analizo mi condición y me alivio: la chaqueta impermeable que llevo y las botas de cuero –en las que sobre mis pies había embutido unas bolsas de plástico– actúan como una estructura sólida y segura que va a permitir pasearme, por última vez, por las hectáreas pobladas de luces sombrías y asientos de heno del festival, sin afligirme. Estudio, también, el paisaje entre la niebla. Es el mismo que el de los días anteriores, pero hoy tiene un toque distinto. No sé bien qué es.

Foto de Mario Acevedo

Foto de Mario Acevedo

Cruzo el umbral de la entrada y me acerco a lo que suena: es Canalón de Timbiquí. Se les nota desde esta distancia –que no me demoraré en romper– el deseo por sacar adelante su proyecto. Veo las caras, los cuerpos y los grupos de alrededor mío y me entra la sensación de que lo están logrando. Seis miembros ocupan el espacio del escenario Motorola: tres coristas, una vocalista principal, un percusionista y, por supuesto –porque garantiza que vamos a oír un currulao–, el que toca la marimba. La tradición no sólo se oye en este momento, se vive, se siente. La cantante, que también juega un papel de recreadora, conecta al público –pues ya está activado– cuando le exclama “vamo’ a prende’ la moto” (jerga para expresar que vamos a bailar duro, vamos a gozarlo). Nidia Sofía Góngora, la voz líder de Canalón de Timbiquí, le pide al público que suelte la cadera y baile, sea como sea (y quiera como quiera, así sea bajo la dirección del tempo o no), pero que baile. Y comienzo a ver un mundo entero de bailes distintos que reside en los cuerpos de cada persona. El coro de la canción se repite, como es típico de la música folclórica colombiana. Me uno, dice: “cómo tocaba, cómo se oía, cómo repicaba esa marimba”. El eco de una tradición negra –que ha tenido que lucharla para llegar hasta ahí– se sacude con firmeza por los recintos de Estéreo Picnic.

Qué bonito es esa indecisión que hay en este momento entre la gente: la indecisión genuina de no saber si ir a Canalón de Timbiquí o a Totó la Momposina. Es hora de hacer la transición, pero no me voy de Canalón sin dejar en el espacio donde estaba parada un poco de mí misma. Me late el corazón y la sonrisa se me va dibujando en la cara mientras adecúo mis pasos de caminar a unos que sean de baile. Veo a Totó desde la lejanía e intento que esa lejanía se disminuya. Hay bastante gente, llena toda de alegría y cautivada por los movimientos sutiles de esta mujer que poco a poco expande su rango de audiencia y atrapa, sin que se den cuenta, a las mujeres con coronas de flores y a los hombres de gorras neones con algún slogan de un DJ, ambos esperando a ver a Martin Garrix. Por supuesto que los atrapa, si es la figura que no solo carga con setenta y seis años de tradición sino que también hace sentir una pasión nacional incluso a quienes apenas lo están visitando.

A medida en que me entremezclo en la multitud para llegar al frente, empieza a sonar Aguacero E’ Mayo. Una incredulidad me estremece, no sólo por la magia con que suena la canción sino porque volteo la mirada y, a donde sea que mire, a mí alrededor la cantan sujetos de quienes antes tuve prejuicios (con sus gorras y sus coronas de flores) con una precisión que nunca habría presupuesto. Venía preparada para llevarme una decepción grande frente al público de Totó –y hasta ahora no sé si fue por el embruje seductor que caracterizó todo su performance o si fue porque la gente realmente tenía ganas de verla–, pero veía un entusiasmo colectivo que se replegaba y se expandía.

El área tiene a su gente, la justa y necesaria. Ella se mueve con una simpleza al son de cualquier música –cumbia, porro, salsa, mapalé– y sabe perfectamente cómo y hacia dónde dirigir el cuerpo. Lo hace de manera tal que parece no incluir ningún esfuerzo, con una impecabilidad que todos intentamos imitar (¿imitar, o es que Totó nos está invitando a bailar como (o con) ella?). Pausa levemente. Introduce dos instrumentos raros (pues no pertenecen a los que generalmente componen su música): el bajo y la guitarra eléctrica. Explica que ha decidido expandir de manera amistosa sus horizontes y que quiere llegarnos a nosotros, a los jóvenes, con algo que se adecúe a nuestra generación (no hace falta Totó, ya nos has seducido a partir de tamboras y gaitas). Aceptamos con agradecimiento el que haya comprendido que la música cambia y evoluciona de acuerdo a la gente, que la música es una herramienta de contacto con el otro.

Miro su cara –arrugada, ancestral, rigurosa y sonriente– con orgullo. Un momento de lucidez resuena en el pecho, creo en que mi país tiene todo por ofrecer, y la admiro. Admiro su carácter y su discurso (que se ve detrás de su figura: el que defiende que se puede salir adelante con la música nuestra). Bailo, bailamos. Todos bailamos a nuestra manera, como nos enseñaron que se baila este paso que nos han enseñado es nuestro (pero puede ser de cualquiera, también: puede ser de Venezuela, del gringo que vino a ver a Flume, del rolo a quien sus piernas a veces lo traicionan).

En medio de una canción –Aronde me meto yo–, Totó grita “¡Denuncio que no hay trabajo! ¡Denuncio que no hay comida, que no hay escuela!” Grito, gritamos con ella. Ha sido corto este momento –tal cual ella lo anuncia, insertando en el discurso una crítica leve e implícita hacia el festival– pero, realmente, permanecerá infinito. Su concierto cesa, luego de un cierre heroico con improvisaciones de la guitarra, de las maracas, del saxofón y de los dos percusionistas que lo dieron todo en los veinte segundos que les concedieron los demás músicos. Frente a reclamos que querían ‘otra’ y adulaciones como ‘se lució, Totó, se lució’, la hacemos quedarse en el escenario. Pero se apagan las luces, y ella, tan natural y sonriente, habla con honestidad: “no les podemos dar otra porque a nosotros nos dijeron que acabáramos a las seis y cuarenta y cinco y aquí estamos, puntuales.” La gracia de Totó la Momposina, con su falda roja que rozaba el piso cada que se movía al son de un ritmo cualquiera, nos da alientos para seguir concluyendo lo que queda de un Estéreo Picnic totalmente sublime –ya veremos por qué–.

Foto de Mario Acevedo

Foto de Mario Acevedo

Nos quedamos en el puesto privilegiado que nos había permitido el concierto de Totó. Queremos ver con ansias la fusión entre rock y reggae que traerá Sublime with Rome. Y esperamos. La multitud de nuestro alrededor comienza a cambiar: vemos chaquetas de jean oscuro, hombres con camisetas negras de logos que no necesariamente responden al tipo de música que pronto sonará. La energía no se apaga y el tiempo pasa rápido. Luego de la espera, cuatro sujetos gordos brincan con entusiasmo al escenario. Uno de ellos, el bajista, lleva el entusiasmo tan adentro de sí que las expresiones corporales son pocas. Viste un saco verde de lana –que parece haber recogido de su sofá minutos antes de salir– con pantalones también verdes y un beanie que no solo lo protege del frío sino que le agrega a la pinta de, seamos honestos, marihuanero. Esa actitud de frescura y buena vibra nos llega desde el escenario. El ambiente de relajación –esto es, al estilo del reggae y ya no de The XX– que impone la banda, vibra y retumba por toda una cancha cuyo lodo no obstaculiza la buena energía que emula Rome, el guitarrista y cantante de la banda. Tiene una camiseta negra de manga corta, larga, unos pantalones que se ha puesto de manera tendencial (debajo de la cadera) y una gorra que ha volteado hacia atrás. Su guitarra eléctrica fija el ritmo de la primera canción, y empieza el concierto.

Rome va delatando una voz carrasposa pero disciplinadamente afinada, con un rango que el reggae no requiere pero que él ofrece. Esta disciplina también se ve con la agilidad que toca la guitarra, casi sin inmutarse por la cantidad de estado físico y de fuerza en el brazo que implica una jornada de reggae intercalado con punk, ska y rock. El espíritu del pogo nos dejó una marca. Intentamos armar uno varias veces pero fallamos en el intento, hasta que los demás que también buscan el disfrute se unen para crear un tumulto de barro, empujones y mucho, mucho baile.

Se está acabando el concierto. Lo sabemos porque acaban de tocar What I Got y está comenzando a sonar la melodía introductoria de Santería la canción por la que todos estamos esperando. Las cabezas cabecean al ritmo de un ritmo y gritamos en conjunto “I don’t practice Santería, I ain’t got no cristal ball”. La canción acaba con una buena actitud por parte de Rome, quien ha botado todos sus picks al público y ha demostrado una actitud, simple y llanamente, de bacán. Nos movemos con una emoción acumulada para Quantic.

En Quantic encuentro la secuela de una saga de ritmos colombianos que han caracterizado el sábado, el último día del festival. Nidia, la mujer apasionante que se manifestó hoy más temprano en Canalón de Timbiquí, se presenta en conjunto con el DJ inglés que le dedicó siete años de su vida a Colombia y adoptó algunos de sus ritmos musicales. Cumbia, salsa, funk, en medio de una orquesta y un set que saben manejar al público, suenan con encanto y alegría. Esa alegría, también inspirada por Nidia, es evidente al ver la cantidad de gente que ha querido hacerse adelante, el tumulto que reside frente al escenario y la imposibilidad de hacerse cerca de él. Pero desde atrás también disfrutamos. Más, baile, más disfrute, y más de una Colombia que le quiere abrir sus puertas al mundo.

Esta jornada se interrumpe cuando veo el reloj: son las nueve y media y Wiz Khalifa comienza a las nueve y cuarenta y cinco. El rap nos llama. Cambio de lugar a sabiendas de que el rap que me espera ahora es distinto al que oí ayer con N. Hardem. Ambos movidos por un discurso en el que la marihuana juega un papel protagónico, el de Wiz Khalifa, como es de esperarse, es más comercial. Luego de recorrer el gentío, nos asentamos en un buen puesto. Nos intrigan: sale primero el DJ del concierto de Wiz Khalifa y anticipa su llegada. Hasta que lo hace, y se planta en el escenario de manera repentina para generar conmoción. Lo hace. Su atuendo es futurista, es todo lo que quiere un niño adolescente y maloso. La sonrisa con la que rapea, es uno de los motivos de su buen show. Nos mira, nos habla de manera general “say ‘yeah’ if you’re havin’ a good time”. Respondemos. Se va quitando las prendas, se quita las gafas de marco blanco que llevaba puestas, se quita la chaqueta y saca un porro. Se lo fuma mientras saca a relucir su discurso sobre la marihuana: “you can smoke weed and you can do anything you want”, dice. La marihuana pasa de ser una droga a ser el instrumento y la potencia para hacer llegar un discurso político. Algo superficial, pero político sin más. Activa a la gente, el DJ suelta los bajos característicos del rap y dan ganas de moverse estirando cada una de las vértebras de la espina, una por una, hasta completar el movimiento y se acabe el momento del bajo.

Foto de Mario Acevedo

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El frío, y el cúmulo de agitación me advierten la necesidad de un descanso, que si no tomo, no sobreviviré al eclecticismo de Martin Garrix. Sentada entonces en los asientos de heno (con una carpa que me proteja del suelo mojado, por supuesto) observo y disfruto los movimientos de Gus Gus. El DJ canta, se estremece y me recuerda a Daniel Meckler de Popstitute: se apropian del escenario con su actitud imponente y cada paso que toman dice algo. Destila personalidad, con su atuendo impregnado de flores. El descanso incluye la presentación de Julio Victoria: el DJ colombiano que ha sobresalido en la esfera internacional y tiene un estilo marcado, que sobresale, una distinción que, para mí, es difícil de hacer: la música electrónica tiene estructuras muy similares y difícilmente logro apreciar la diferencia entre un DJ y otro. Muchos pueden llamarle ignorancia. Los visuales en el escenario Motorola son rápidamente reemplazados por mensajes escritos y preguntas, que, por tener una duración menor a la de un segundo, no son completamente legibles. Sin embargo, está la idea de que hay un mensaje que Julio Victoria nos quiere mandar. Alcanzamos a reconocer palabras de contenido político y social. Nos está diciendo que vayamos más allá, que intentemos pensar y no nos quedemos en el ámbito superficial de la música. La bella propuesta -e invitación- de trascender.

Foto de Mario Acevedo

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Las energías para Martin Garrix estaban ahí. Eran pocas pero potentes. Había sabido guardar y administrarlas, orgullosa estaba ya. Decidimos meternos con toda: es el último concierto y el último momento de un festival que nos ha exprimido el jugo hasta que por fin se sacie de nosotros. El puesto que hemos dispuesto para nuestro movimiento prontamente desenfrenado nos permite extender el cuerpo lo suficiente como para bailar y saltar con determinación. Los cálculos están hechos. Falta el personaje. Y, de repente, estallidos de humo y confetti: sale Martin Garrix a tomarse, no solo el escenario, sino también todas las hectáreas que comprende el festival. Descubro que puedo saltar más de dos veces en una misma canción (algo que después de tres días de hacerlo, no sabía) sin que la segunda sea menos enérgica que la primera. Este concierto no conoce la construcción de clímax y los estadios para el tote: todo es una constante explosión, liderada por un eclecticismo y una energía que supera las distintas formas de energía que he manejado hasta ahora (calmado, desenfrenado, chill). El festival se acaba, y con él se acaba también un capítulo en las vidas de los que asistieron tres días a una sabana verde (que paulatinamente se fue volviendo marrón) en un rincón de Bogotá. Puede que haya quienes no se enteraran de su existencia, pero para quienes fuimos y para quienes nos siguieron en espíritu, un pedacito de la vida se lo guarda el hippie market, se lo guarda el parchadero de Chocoramo, se lo guarda el concierto de The XX, de Rancid, de The Strokes -incluso-, de The Weeknd, se lo guardan las largas jornadas de espera y parche con los amigos, se lo guarda todo lo que fue posible para su realización: la música. El Festival Estéreo Picnic logró su cometido, una vez más.

 

 

THE END MAGAZINE