Fargo, M*A*S*H, This is England, Westworld y muchas otras películas se han venido adaptando con éxito al formato de series de televisión. Descubre cómo rentabilizaron sus historias en la pequeña gran pantalla.

La televisión ha dejado de ser la hermana fea del cine para transformarse en la chica a quien todos los productores de ficción desean sacar a bailar. David Fincher, Steven Spielberg, las Wachowski, Woody Allen y David Lynch son solo algunos de los cineastas que han cruzado la frontera. «El formato del largometraje ya no satisface a la audiencia», declaró Lynch, quien no ha estrenado una película desde el 2006 y este año nos deleitará con el retorno de Twin Peaks.

Las series está viviendo su era dorada con más presupuesto, mejor calidad técnica y un estilo cada vez más cinematográfico. Aun así, el cine siempre será el cine, y la televisión vuelve a su hermano mayor, una y otra vez, en busca de talento humano e inspiración. La lista de películas que se han adaptado a series es sorprendentemente larga; pero tomar tramas y conflictos pensados para 90 minutos y estirarlos en capítulos y temporadas no es tarea fácil. ¿Cómo convertir un largometraje en serie de televisión sin que la historia muera en el intento?

  1. Traiciona al original

“En lugar de ser fiel al libro debes traicionarlo; los dos medios son completamente diferentes”. —David Cronenberg

 

Así de tajante fue en el Film Society of Lincoln Center al recordar su primera adaptación cinematográfica de una novela de Stephen King. El cineasta canadiense deconstruyó los acontecimientos del libro para crear una versión diferente pero veraz y, a la vez, un hito del cine de terror y ciencia ficción de los ochenta: The Dead Zone. Es la historia de Johnny Smith, un profesor que queda en coma durante varios años tras sufrir un accidente. Cuando despierta descubre que su novia se ha casado con otro y ha perdido su trabajo. A cambio, ha recibido un don: puede ver el pasado y el futuro de las personas con tan solo tocarlas.

The Dead ZoneDos décadas después del estreno de la película, The Dead Zone llegó a la televisión. La serie partió de la misma premisa, pero (como hizo Cronenberg) moldeó a su gusto las historias de los personajes principales. Así, el sheriff que le pide ayuda a Johnny para atrapar a un asesino y el marido de su ex novia se fusionaron en un mismo personaje y nuestro protagonista descubrió tras el coma que era padre de un hijo que nunca tuvo en la película ni en la novela original. Todo ello, con el objetivo de crear conflictos más personales que pudieran dilatarse durante varias temporadas. En manos de la cadena USA Network, The Dead Zone se emitió como un thriller policíaco de éxito que se mantuvo seis años en antena.

2. Sin perder el tono

El espectador sabe que va a recibir algo diferente, pero esperará encontrar el espíritu de la película original en la serie. En mitad de la Guerra de Vietnam, Robert Altman se atrevió a llevar al cine M*A*S*H, una comedia negra sobre las peripecias de un grupo de cirujanos del ejército estadounidense (en el contexto de otro conflicto, el de Corea). La película arrasó en taquilla y obtuvo la Palma de Oro en Cannes y el Oscar al Mejor Guion Adaptado.

CBS olfateó la rentabilidad del producto y, dos años después, estrenó una sitcom basada en el largometraje. La serie conservó los personajes principales a pesar de que solo uno de los actores continuó interpretando su rol para la pequeña pantalla. Aun así, cada capítulo de 25 minutos concentra la esencia de la película de Altman con su dosis de diálogos atropellados y humor gamberro plagado de subtexto. Las tramas de médicos que tomaban martinis en mitad de la guerra, peleaban en el quirófano y coqueteaban con las enfermeras se prolongaron mucho más que Vietnam. Tras 256 episodios —once años de emisión entre 1972 y 1983— la serie pasó a engrosar las listas de los programas más vistos de la historia de la televisión estadounidense.

MASH y This is England

Más recientemente, Shane Meadows encontró un filón creativo en el universo que había creado para su celebrada This is England (2007). La película cuenta la historia de un niño problemático apadrinado por una pandilla de skinheads en una Inglaterra azotada por el desempleo, el desencanto juvenil y el puño de hierro de Margaret Thatcher. Las tramas de muchos personajes apenas habían quedado esbozadas en el largometraje y una secuela de tres temporadas parecía la mejor forma de exprimirlos al máximo. A diferencia de M*A*S*H, casi todo el elenco de actores se volcó con la producción de la serie. This is England ‘86, ‘88 y ‘90 recuperan ese característico tono con el que Meadows dosifica la comedia y el drama (a veces, emocional en exceso) y busca que empaticemos con su cuadrilla de inadaptados. Los skins ahora mutan a mods, la música evoluciona, las drogas cambian, las modas pasan… pero el alma de la película sigue estando ahí.  

3. La atmósfera es la protagonista

Las comparaciones son odiosas, y cuando se trata del remake, secuela o spin off de una película para la televisión, son inevitables. Pero, ¿es posible hacer una serie basada en un largometraje con un argumento diferente, nuevos personajes y en una época distinta? La respuesta es Fargo. No importa que en la serie no volvamos a ver al nervioso vendedor de carros interpretado por William H. Macy o al silencioso y brutal “hombre Marlboro” (Peter Stormare) de la película de los hermanos Coen. De hecho, ese es su acierto.

La serie recrea esa atmósfera donde una casualidad puede ser la semilla de un crimen atroz en mitad de la helada nada de Minnesota; donde nadie es lo que parece, donde el humor y la violencia van de la mano y los giros inesperados trazan el rumbo de la narración. Para los que quedaron clavados en el sillón con la película de 1996, la serie —estrenada en 2014—es un satisfactorio déjà vu constante. Todo en ella recuerda a Fargo, pero no es Fargo. Es un nuevo Fargo, y es genial. Martin Freeman, Billy Bob Thornton y Kirsten Dunst son solo algunos de los actores que han pisado la nieve en sus dos temporadas. Atentos a la tercera con oferta 2×1 de Ewan McGregor.

      4. Exprimir un género para pescar más público  

Un género cinematográfico de nicho puede llegar a cautivar a la audiencia en masa y HBO sabe cómo se hace. Lo demostró llevando una saga literaria de fantasía medieval a millones de televisores y el pasado año volvió a repetir la fórmula. La serie Westworld toma la premisa de un olvidado clásico de ciencia ficción y lo moldea libremente: le agrega unas gotas del dilema filosófico de Blade Runner, algunas intrigas de amor y poder sazonadas con sexo y violencia al estilo de Game of Thrones, lo ubica en un parque temático tipo Jurassic Park… y lo que inicialmente era una película dirigida a los fanáticos del género se sirve como un “blockbuster” de diez capítulos.

Westworld

La película de 1973 sitúa la acción en un parque futurista que, como en un videojuego hecho realidad, permite experimentar las batallas de la era medieval, las orgías de los romanos y los duelos de cantina del salvaje oeste. Los visitantes pueden hacer de todo sin riesgo ya que los robots están programados para no hacer daño a los humanos, hasta que uno de ellos —interpretado por Yul Brynner— empieza a fallar. El filme, basado en la novela de Michael Crichton —quien escribe y dirige su propia adaptación cinematográfica—, fue pionero en el uso de efectos digitales y una clara influencia para posteriores referentes de la ciencia ficción como Terminator.

HBO le da un inteligente giro a la historia original al contarla desde el punto de vista de los robots mientras otorga el papel antagónico a los humanos. El parque temático sigue siendo el epicentro, donde Anthony Hopkins interpreta a un John Hammond —más despiadado que Richard Attenborough— que juega a ser dios con máquinas en vez de dinosaurios. Todo se tuerce cuando un fallo en el sistema hace que los androides comiencen a recordar las fechorías que acostumbran a hacerles los visitantes del parque.

La serie profundiza mucho más que la película en los dilemas morales del diseño de la inteligencia artificial; dilema que se transfiere al propio espectador que no puede evitar posicionarse a favor de las máquinas y desear que eliminen de una vez por todas a la raza humana. A pesar de las diferencias, Westworld —plagada de guiños al filme de Crichton— no olvida de dónde viene y le abre las puertas del género a un público mucho más amplio. Como resultado, su primera temporada fue la más vista del largo currículo de producciones de éxito de HBO.

      5. Hacer que se olviden de la película, es posible

Las adaptaciones generan polémicas y airados debates entre los fans, pero cuando una de las partes pierde estrepitosamente la batalla puede terminar desterrada en el olvido. Es lo que le ocurrió a Buffy the Vampire Slayer (1992). Sí, antes de la archiconocida serie de televisión hubo una película. Fue el debut en el cine de Hilary Swank y compartió pantalla con Kristy Swanson (como Buffy), Donald Sutherland, Luke Perry y Rutger Hauer (el replicante que lloraba bajo la lluvia en Blade Runner). Una plantilla bastante interesante para unos pobres resultados. Buffy es la capitana del equipo de cheerleaders que debe tomar una importante decisión: liderar la cacería de los vampiros que amenazan la ciudad o continuar con su vida de frívola popularidad en el instituto.

La escribió un joven Joss Whedon —guionista de Toy Story, Alien: Resurrection, The Cabin in the Woods y un largo etcétera— tratando de darle un giro al cliché de la rubia tonta que es asesinada a los quince minutos en las slasher movies. Un buen guion no garantiza la producción de una buena película y Buffy es la prueba de ello.

Cinco años después, Whedon tuvo la oportunidad de sacarse la espina con la adaptación de su idea original para la televisión. Producida con mucha más libertad creativa, la serie y su protagonista —ahora interpretada por Sarah Michelle Gellar— se convirtieron en el acontecimiento televisivo de la década de los 90. La mezcla de conflictos juveniles con elementos sobrenaturales y de terror conquistaron a la crítica y al público durante siete temporadas y se materializaron después en el spin off de Angel. La nueva Buffy the Vampire Slayer es puro entretenimiento que eclipsó su semilla cinematográfica.

Buffy the Vampire Slayer

La ficción audiovisual sigue orbitando entre el cine y la televisión, y mientras se retroalimenten el uno al otro tendremos entretenimiento de calidad asegurado. Hay muchos otros proyectos de adaptaciones aún en el horno. Se rumorean series de Goodfellas, Shutter Island (Martin Scorsese) o The Truman Show (Peter Weird). También dicen que Tarantino quiere crear una serie con el metraje no incluido en el montaje de Django y que el escritor Irvine Welsh planea hacer lo propio con Trainspotting. Sea cierto o no, no queda más que decir: larga vida al cine… en televisión.

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