The Crown, la elegante serie original de Netflix sobre los inicios de la monarquía de Isabel II de Inglaterra, basada en la exitosa obra de teatro de Peter Morgan The Audience, nos invita a conocer la vida íntima de un personaje que tuvo que cargar de un momento a otro el tremendo peso de la corona.

La abuela Mary, antigua reina dice “No hacer nada es el trabajo más difícil de todos, y va a tomar cada onza de energía que tengas”. Y así, mientras mira a la futura reina Isabel II, histriónica y regia, uno entiende que se equivocó si esperaba que The Crown fuera una historia ligera, llena de datos curiosos sobre la monarquía británica; algo que en pleno siglo XXI parece poco más que una simple atracción turística.

“No hacer nada es el trabajo más difícil de todos, y va a tomar cada onza de energía que tengas”

Lo que se esconde detrás de esta elegante serie, escrita por Peter Morgan (La Reina, 2006;  Rush, 2013) y dirigida por Stephen Daldry (La lectora,  2008; Billy Elliot, 2000) es una historia sobre un personaje que parece mínimo ante el peso que tiene que cargar. La historia muestra el conflicto entre la reina Isabel II y su versión secular Isabel Windsor, un personaje que se siente fracturado por haber tenido la mala suerte de ser la sucesora de una monarquía malograda y a quien está a punto de caerle la maldición de la importancia y la responsabilidad.

Es, sin embargo, una responsabilidad insípida, una pantalla para ondear manos y sonreír mientras todas las colonias británicas están buscando su independencia. Y no por eso una responsabilidad poco penetrante y dolorosa, es más, cualquier decisión que tenga que tomar, sobre sus comidas, visitas, deportes e incluso sobre cómo aborda su existencia, tendrá que ser aprobada por el parlamento y por el escrutinio público del pueblo inglés. Y entonces ¿por qué habría uno de esperar que sea Isabel un personaje apasionante y agudo, si lo que se ve es a una mujer joven que de la diplomacia ha aprendido que se debe apreciar más una conversación sobre Corgis y caballos de carrera que una sobre política?

La respuesta llega vacilante mientras vemos a una reina –brillantemente interpretada por Claire Foy– quien con diálogos cortos e incisivos nos sirve de máquina del olvido, para así dejar atrás todo lo que creíamos conocer sobre el protocolo y las maneras y demostrarnos que la humanidad de una persona, por más sirvientes que tenga, siempre se encontrará con los vericuetos de la narrativa insignificante que es el día a día. Es decir, con el aburrimiento; Joseph brodsky ya había advertido el problema de la redundancia del tiempo en el rico, cuando dio un discurso en una universidad (recogido en el libro Del dolor y la razón) diciendo:

La mayoría de ustedes habrá podido comprobar de primera mano que nadie se aburre tanto como un rico, pues el dinero compra tiempo, y el tiempo es repetitivo. Dando por supuesto que no van camino de la miseria –de lo contrario no habrían ingresado en la universidad–, es fácil prever que van a sufrir el peso del aburrimiento en cuanto den con las primeras herramientas de la autogratificación.

Es así como The Crown nos señala que el sosiego encuentra entrada hasta en el Palacio de Buckingham. Hay escenas  que revelan el trabajo de la reina: firmar papeles todo el día. Sin embargo, es en esta humanidad que recae lo maravilloso del carácter de Isabel, cosa que nos recuerda que muchas veces para ser grandioso no es primordial la extravagancia ni los atributos especiales. Una escena esclarecedora llega cuando su tío Eduardo VIII, el rey que abdicó por amor, narra la parte más sagrada de la coronación: la aplicación de los santos óleos; la pantalla del televisor nos es bloqueada, no sin que uno desconozca que aquél personaje a quien se está acercando a la divinidad es también un mortal, la cabeza de una nación igual de impotente y menuda como el pueblo al que representa.

Isabel, como Edipo, quien no quería aceptar su destino y aun así cumplió su labor y su destino, en medio de su vulnerabilidad carga con el peso de un Winston Churchill enfermo y en crisis, con una hermana que la menosprecia y considera indigna para el papel de reina, así como  la mayoría de su familia, y un marido que recién aprende que ella es su esposa y también su reina.

The Crown es una serie que nos recuerda lo asfixiante que puede ser el camino del héroe, como el de quienes no viajan para encontrar algo ni para encontrarse a sí mismos, sino que viajan muy a su pesar.

 

The Crown es una serie que nos recuerda lo asfixiante que puede ser el camino del héroe, como el de quienes no viajan para encontrar algo ni para encontrarse a sí mismos, sino que viajan muy a su pesar. Nos recuerda que no todos tienen la opción de encontrar un camino de regreso, que hay unos héroes para los que el camino fue impuesto y la opción nula. Es, si se quiere, una historia con un protagonista  poco atractivo y del que más de una vez se ha contado su historia. Se podrá argumentar que deben existir muchas otras maneras de narrar la historia, pero nadie que alguna vez se haya visto tentado a desear una vida más fácil, menos ordinaria, se quedará sin agradecer cuando salgan los créditos, no sin algo de escepticismo, por ser una persona del común; un habitante más de la tierra.

THE CROWN. Netflix salva a la reina
70%ESCALA REGIA
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