Antes de que Sam Peckinpah se diera a conocer en Hollywood con su característico estilo de violencia dilatada, en España Carlos Saura dirigió La Caza. Una película brutal, minimalista y con muy bajo presupuesto que esquivó la censura y obtuvo el Oso Plata en la Berlinale de 1966.

El campesino agarra el hurón por el cuello, con delicadeza, y lo acerca a pocos centímetros de su cara. Escupe sobre su boca y el animal se relame los bigotes. El hombre introduce la cabeza del hurón en uno de los cientos de hoyos escavados en la tierra y mira a los cazadores: «¿Están preparados?». Los cazadores forman un círculo dándose la espalda para cubrir todos los ángulos. Apuntan con sus armas al suelo; tratan de adivinar por qué agujero saldrá la presa en ese campo que parece un queso gruyere. Un conejo salta embalado de su madriguera perseguido por el hurón. Paco pone la escopeta a la altura de los ojos y dispara dos veces. El conejo yace panza arriba, totalmente inerte salvo por algunos espasmos en una de las patas traseras. A su lado, el hurón se sacude el polvo, aturdido. Paco cierra un ojo para apuntar de nuevo. José alcanza a gritar «¡No tires!», pero Paco lanza un fogonazo y, esta vez, es el hurón el que desaparece en una nube de polvo.

Hombre mayor con un animal en brazos

Es mejor verlo que leerlo. La muerte del hurón, en esta secuencia, detonará el violento e inevitable desenlace que les espera a los protagonistas de La Caza. La película narra el reencuentro de tres viejos amigos que deciden pasar una tranquila jornada de caza en un coto de conejos. Llevan años sin verse, y ninguno ha llegado a la madurez como imaginaba: las deudas, el alcoholismo, los divorcios y las frustraciones personales han sustituido al éxito en sus vidas. Entre perdigonazos, tragos de vino y conejos muertos, las envidias y rencores del pasado comenzarán a bullir bajo el abrasador sol de Castilla.

La primera vez que vi La Caza, no pude evitar que los fotogramas más explícitos de películas como Straw Dogs (1971) y Deliverance (1972) se colaran en mi mente. Sam Peckinpah y John Boorman también habían explorado la brutalidad de la naturaleza humana a través de historias de personas corrientes en situaciones aparentemente cotidianas que, llevadas al límite, desencadenaban una irracional espiral de violencia. Sin embargo, Carlos Saura lo había hecho algunos años antes, durante el esplendor de la dictadura española, sin presupuesto y con la sombra de la censura planeando sobre su tercer largometraje.

Al conejo se le dan pocas oportunidades de defenderse. Cuantas más defensas tiene el enemigo, más bonita es la caza.

Acababa de estrenar Llanto por un bandido (1964), un western co-producido entre España e Italia que, según el director, fue destrozado en la sala de montaje. En su siguiente proyecto quería tener el control total de la película. A pesar del potencial del guion, La Caza no despertó el interés de ninguna productora. Tanto Saura como su productor, Elías Querejeta, tuvieron que rascarse los bolsillos para llevar a cabo la película. Sin presupuesto para alquilar ni siquiera un equipo de luces, La Caza se convertiría en la película más minimalista de la extensa filmografía de Carlos Saura.

Cuatro hombres armados y un perro en el monte

La rodaron en cuatro semanas, con cuatro actores y cuarenta conejos, en un paraje desértico cerca de Toledo. Con una fotografía que recuerda al puro estilo western, en blanco y negro, la cámara se acerca sin miedo a los actores, permitiendo penetrar en la psique de los protagonistas a través del sudor y los poros de la piel. Saura filmó las secuencias en riguroso orden de narración y les dio libertad a los actores para que fueran construyendo sus personajes a medida que avanzaba la trama.

«Nunca he creído en los guiones de hierro», Carlos Saura

La película narra una alegoría de la violencia humana, enmarcada en el contexto de la posguerra española, pero podría haber ocurrido en cualquier lugar del mundo. La Caza trata temas universales como la desigualdad de clases, la lucha por el poder, los choques entre generaciones y la amistad. Muchos interpretaron la película como una crítica soterrada a la dictadura de Franco. En la historia los tres personajes principales lucharon en la Guerra Civil durante su juventud, en el bando franquista —el vencedor— y vuelven a encontrarse en un coto de caza que había sido utilizado como campo de batalla. Además, en la realidad, el actor que interpreta a Paco, Alfredo Mayo, había sido una estrella de cine durante la primera década del Franquismo. Después de interpretar a soldados gallardos que ensalzaban los valores del Régimen, en La Caza pasó a convertirse en un “hurón”, una alimaña corrupta que sacaba a relucir las más bajas miserias humanas. A pesar de ello, la censura solo ordenó al director cambiar el título de la película. La caza del conejo pasó a llamarse simplemente La caza, tal vez, porque el animalito podía tener unas connotaciones demasiado explícitas para los espectadores de la época.

Dos hombres sudorosos tomando bebida

Para Carlos Saura la recepción del filme fue toda una sorpresa. Se estrenó en el Festival de Cine de Berlín de 1966 y obtuvo el Oso de Plata al Mejor Director. Según Saura, el mismísimo Pasolini —quien era miembro del jurado— le manifestó que había hecho todo lo posible para que la cinta se llevara el principal galardón que al final fue concedido a Cul de Sac de Roman Polanski. El premio europeo llevó la película de Saura a cruzar el Atlántico hasta el Festiva de Nueva York, donde, dicen, influyó a Sam Peckinpah y su posterior filmografía.

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Cuatro hombres con sus armas y sus animales caazados

Escena de LA CAZA de Carlos Saura

Cincuenta años después de su estreno, La Caza sigue siendo una cinta extremadamente disruptiva y moderna. Saura no utiliza antagonistas externos para transformar a sus protagonistas y detonar el clímax. La trama avanza con los demonios internos de los personajes; ellos mismos representan el antagonismo necesario para hacer interesante cualquier narración de ficción. La Caza es de esas películas que, a pesar de la violencia descarnada y la incomodidad que transmite, deja al espectador envuelto por una sensación de paz y satisfacción. No hay cabos sueltos, nada está fuera de lugar. Cada acontecimiento, cada diálogo ocurre en el momento oportuno, logrando que la tensión crezca de forma milimétricamente calculada.

Por eso, alguien dijo que la mejor caza es la caza del hombre.

La jornada de caza termina con un fotograma congelado. Una imagen que recuerda a la mirada a cámara de Antoine Doinel al final de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut. En la película de Saura el sonido —una respiración entrecortada— continúa sobre la imagen estática. Cuando llega el fundido a negro, La Caza continúa incrustada en la psique del espectador.

Hombre oculto a punto de cazar un animal

Poster de LA CAZA de Carlos Saura

 

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