Señorita María: la falda de la montaña, que se estrenará en el Festival de Cine de Cartagena, es un documental sobre una mujer que nació siendo niño en uno de los pueblos más católicos y conservadores del país.

Rubén Mendoza dice no tener método. O mejor, que cada película engendra su propia red para sacar lo necesario de aguas siempre diferentes. El director de La sociedad del semáforo, Memorias del Calavero y Tierra en la lengua habla de su oficio en términos taoístas. Encuentra figuras y metáforas para describir todo lo que hace casi en clave de haiku o de fábula japonesa, pero detrás de su poesía hay un gran rigor, una obsesión por “masticar” cada historia, cada personaje y cada geografía, desde que comienzan a perseguirlo las imágenes hasta que las consigna en un guion, las captura con una cámara, las interpreta con la música, les da vueltas en el montaje.

En el fondo, el cine para mí -ahora que lo veo- es buscar y seguir maestros. Tratar de heredar algo de su esencia y agradecerles por “desaburrirme” de esta vida mientras coincidimos, y por consolarme con nuestro recuerdo cuando nos distanciamos. Ese es el cine y esa es la vida

 

Cada una de sus películas se halla, desde el germen, en enormes cuadernos. En cada hoja hay dibujos, guiones y planos técnicos. Anotaciones hechas antes y durante el rodaje, ideas para el montaje, fotografías, partituras, entrevistas. Estos cuadernos son el arma artesanal de resistencia ante la inevitable digitalización del cine: “Ya no hay cinta, no hay moviola, pero queda el papel”, dice.

“¿Cuál fue su primer encuentro con el cine?”, le pregunto. “La poesía”, responde. Rubén Mendoza tenía doce años cuando agarró una cámara y, sin saberlo, filmó el primer plano del que dos décadas después sería su tercer largometraje. El niño criado entre la altanería de Fernando Vallejo y la turbulencia de José Asunción Silva compuso un cuadro enigmático: una mujer, de espaldas a la cámara, camina sobre un angosto puente de guadua para acercarse al hombre que la espera del otro lado. La mujer, un movimiento sin rostro, es la abuela de Mendoza: bella, inteligente y casada con un hombre a quien no le temblaba la mano ni siquiera para darle en la jeta.

Tierra en la lengua, el largometraje que inicia con esa captura infantil, retrata a Don Silvio, el abuelo, “una enfermedad carismática y luminosa, una plaga que se repite en muchas familias de Colombia, de Latinoamérica. Silvio es una ópera grotesca y machuna. Un pájaro lujurioso, magnífico, colorido, capaz de cagarse en donde sea, sin mirar abajo”. Así lo describe su nieto, que comenzó a hacer cine espontáneamente e inspirado precisamente por sus abuelos.

En 2015 se estrenó El valle sin sombras, el documental de Mendoza sobre el pueblo de Armero, los sobrevivientes de la catástrofe volcánica y la desidia política que originó la verdadera tragedia. Señorita María: la falda de la montaña es su segundo largometraje de no ficción: María Luisa vive en la falda de la montaña de Boavita, un pueblo campesino, conservador y católico, incrustado en los Andes y detenido en el tiempo. Esta historia llega a Mendoza nuevamente por influencia familiar:

“Mi abuelo paterno era árabe. Cuando creció puso su almacén como todo ‘turco’ y se mudó a Boavita. Trece hijos tenía cuando enviudó, a los 40 años. Un par de años después se casó con mi abuela Emperatriz y tuvieron otros trece hijos. Esa casa de 26 hermanos fue una fuente de tolerancia magnífica, supongo. Emperatriz era silenciosa, prudente, inteligentísima, mujer de fe, de tres rosarios diarios, meditados, maravillosos… Como mi abuelo era árabe, en esa casa no había partidos políticos y fue refugio de muchos perseguidos de cualquier bando. Pero la zona era un foco de cultura conservadora. A Boavita pertenece la vereda Chulavita, de donde surgió el primer ejército privado de derechas, por allá en época de La Violencia, cuando La Violencia aún no tenía nombre”.

“Yo, de adolescente, pasé mucho tiempo en esa casa”, continúa. “Viajaba para estar con mi abuela y en uno de esos viajes vi a ‘la señorita’. Me impactó que en ese contexto estuviera viva. Que no la hubieran matado así estuviera aislada como una cavernícola, sitiada por la soledad y el desprecio. Supe de ella y la abordé en 2007 solo para cruzar una palabra. Luego, en 2011, con una cámara fui buscarla. Ahí empezó la película. Después de la primera vez que la filmé se me escondió año y medio. Ahora, después de casi seis años de empezar a filmar y de estar en esta película, somos grandísimos amigos. Cómplices, familia”.

Rubén Mendoza

Crédito foto: Jose Malagón

  • Sus personajes siempre representan algo. ¿Qué es María Luisa?

La señorita María Luisa encarna un reto a la noción de armonía: el desmonte total, por granada, de los prejuicios. Es un ser de luz, sabio, por más de que los primeros contactos puedan ser para muchos casi repulsivos. Es un ensayo sobre la rebeldía, como ingrediente fundamental de la armonía.

 

  • El género y la sexualidad no son lo central en esta historia, pero son temas contundentes difíciles de obviar. ¿Cómo los asume usted en este documental?

Luego de seis años de contacto con el tema prefiero omitir definiciones y respuestas concluyentes. En el documental enfrento estos temas como rasgos de un retrato: como las arrugas, o los ojos o las montañas.

La señorita María Luisa encarna un reto a la noción de armonía: el desmonte total, por granada, de los prejuicios. Es un ser de luz, sabio, por más de que los primeros contactos puedan ser para muchos casi repulsivos. Es un ensayo sobre la rebeldía, como ingrediente fundamental de la armonía

  • En sus cuadernos se ve la rigurosidad con la que asume un rodaje de ficción. ¿Cómo es el método a la hora de filmar “lo real”?

El tiempo invertido en decenas de versiones de un guion de ficción se convierte acá en hojas y hojas de clasificación del material y diferentes versiones del montaje. Señorita María: la falda de la montaña supuso seis años, diez cuadernos completos (uno gigante de los míos) con anotaciones que relacionan el material entre sí; diseño del rodaje, reflexión sobre los temas y su evolución pero, sobre todo, anotaciones sobre el montaje: clasificar y saborear.

 

  • ¿Hubo algún tipo de trabajo con el personaje para “familiarizarla” con la cámara,  para que olvidara su presencia y fuera “natural” en el rodaje?

Fuimos “haciéndonos verdad”. El trabajo consistió en aceptar que yo era un turista, un intruso, un extranjero de su vida y de su dolor. En el fondo, la película podía naufragar y era lo de menos: había llegado a una isla maravillosa, a una escuela divina.

 

  • En algún momento dijo que sufrió particularmente el proceso de montar esta película. En términos concretos de las encrucijadas que supone el montaje ¿entre qué cosas se debatía?

En todo. Tenía muchas perlas, oro, material maravilloso. Pero una película con todo eso puede ser una mierda, aburrida. O con cosas mal articuladas. Era un constante debate entre su vida y el contenido natural de la película. Hubo tres editores, incluyéndome, en etapas separadas. Los otros dos son grandes artistas del montaje y del cine que fueron fundamentales para encontrar cómo doblar esos brazos inmensos y poderosos que habíamos formado en el rodaje, pero que se habían atravesado en el camino como mulas muertas.

 

  • ¿Cómo cree que recibirán esta obra quienes han visto todas sus películas? ¿En qué se acerca y en qué se aleja de las otras?

Respetar al público implica no pensar en esas cosas. Es un regalo sincerísimo, como lo fue para mí hacerla, desde mi corazón y el corazón de esa montaña.

 

  • En el cuaderno de esta película hay un cuestionario para María Luisa. ¿Recuerda qué respondió a las siguientes preguntas? “¿Cómo se imagina el cielo?”, “¿Qué piensa de Dios?”, “¿Qué cree que Dios piensa de usted?”.

Creo que parte de estas respuestas está en la película. Pero para la señorita todo lo que tiene que ver con Dios es un axioma. Así que sus respuestas son abstractas algunas, sencillas otras, maravillosas todas. Incluidos sus silencios, sus “confusiones” y sus aciertos. Muchas de sus respuestas hacen hoy parte natural de mis reflejos al razonar, parte de mis reacciones mentales naturales. Por admiración. Fui a conocer otra maestra, como en Memorias del Calavero, como en Tierra en la lengua, como en La sociedad del semáforo. En el fondo, el cine para mí –ahora que lo veo– es buscar y seguir maestros. Tratar de heredar algo de su esencia y agradecerles por “desaburrirme de esta vida mientras coincidimos, y por consolarme con nuestro recuerdo cuando nos distanciamos. Ese es el cine y esa es la vida.

Rubén Mendoza

Crédito foto: Jose Malagón

Rubén Mendoza estudió Realización de cine y televisión en la Universidad Nacional de Colombia y egresó con matrícula de honor y tesis meritoria con su cortometraje Estatuas. Su ópera prima, La sociedad del semáforo, obtuvo más de 15 premios internacionales. Tierra en la lengua fue seleccionada como la mejor película del Festival de Cine de Cartagena en 2014 y el obtuvo el premio a Mejor director.

La entrevista revela el tema del segundo documental de Mendoza, próximo a estrenarse en el marco del Ficci 2016. Señorita María: la falda de la montaña es protagonizado por un personaje complejo, enaltecido por la poética narrativa y estética de Mendoza.

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