A las diez de la mañana dio inicio la competencia por el más preciado galardón que se pueda entregar en los festivales de cine: la Palm d’Or. Para esta ocasión la organización ha elegido el filme de un viejo conocido de la Croisette: el realizador francés Arnaud DESPLECHIN (Un Cuento de Navidad, 2008). Un director que escribe habitualmente los guiones  de sus trabajos, y con LES FANTÔMES D’ISMAËL no hace excepción alguna.

Cannes 70 día 1

Palma de Oro

La entrada

Arnaud Desplechin llego, para bien o mal a sorprender con su extrañísima propuesta en la que su actor fetiche Mathieu Amalric luce un tanto extravagante en el desarrollo el carácter de Ismael: un director de cine que está llevando a la pantalla una historia basada en su brillante hermano Ivan (Louis GARREL), un tipo hecho a pulso que es hoy un diplomático francés por fuera de cualquier molde. Aunque Ismael perdió hace veinte años a Carlotta (Marion COTILLARD) ella sigue presente en su vida. Ismael es el arquetipo del artista: borracho, alocado, mujeriego, insomne y drogodependiente por cuanto acosado por los malos sueños, productos de la extraña partida de su esposa Carlotta, y necesitado de un polo a tierra. Este es Sylvia (Charlotte GAINSBOURG), y él con ella florece. Pero a Carlotta le da por volver del más allá haciendo huir a Sylvia y de paso haciéndole perder la poca cordura a nuestro perdido director y encarcelándole en su casa familiar al cuidado de sus tormentos.

La película arranca con la ficción de está rodando Ismael, y la edición enfatizada por la musicalización, hecha por Grégoire HETZEL, son las guías para no perderse dentro de tantas historias. Las varias relaciones que tiene Ismael parecen llevar historias paralelas que se van cruzando a medias. Un filme que nos muestra de buena manera como los fantasmas de los seres que van desapareciendo en nuestra vida se pueden materializar cuando queremos, o cuando ellos quieren también. Desplechin habla de ese pasado al que siempre estamos unidos y que le da por pasar cuentas de cobros de tanto en tanto, y del que también pedimos auxilio cuando estamos lo más de perdidos. El director francés también habla de las relaciones que conseguimos, de esas que se dan casi siempre con la misma persona aunque estas tengan empaques diferentes. La escena de Carlotta bailando y apoderándose del espacio enfrente de Sylvia que aparece recogida en una silla perezosa es de las cosas a destacar.

Más allá de que la fotografía de Irina LUBTCHANSKY es correcta y muestra los avatares de sus personajes, los juegos con las cámaras acaso entregan a los espectadores lo que toca, sin que veamos realmente nada nuevo allí. El problema aparece en el ritmo del metraje: vamos de lo trepidante que es una narración de espionaje, cuando filmamos la vida de Ivan; saltamos al agraciado  día a día de Ismael, hasta los dramas cuando Carlotta vuelve del más allá veintiún años, ocho meses y seis días después. Hecho por el cual  Ismael ahonda en sus problemas enloqueciendo, y llevando a su trabajo a perder el norte. Y allí el filme de Desplechin cambia de acentos, se hace comedia en Ismael, y drama en la familia Bloom. Y llega el desconcierto por esa forma de deus ex machina. Tanto que a Sylvia le toca venirnos a contar cómo es que todo queda resuelto al final, algo que en lo visionado no logramos llegar a comprender, y creo que el cine no se trata, ni necesita, de esas evidencias cuando para eso tiene las imágenes y un lenguaje propio.

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El plato fuerte

Ya en competencia oficial a las 21.00, después de haber perdido la fila al pase de las 19.30, NELYUBOV (LOVELESS) del autor ruso Andrey ZVYAGINTSEV (Leviathan, 2014). En esta coproducción (Rusia, Belgica,Francia, Alemania) se narran los últimos momentos del proceso de separación entre Zhenya (Maryana SPIVAK) y Boris (Alexey ROZIN) y sus nuevos intereses que miran todos a un nuevo futuro encarnado en sus nuevas relaciones. Lo único que les une como paraje, y al pasado del que quieren salir es Alyosha, un preadolescente olvidado por todos. Pero el encuentra la manera de llamar la atención desapareciendo.

El autor ruso vuelve a tocar los temas de los que nos habló en 2014. Política, religión y la sociedad pero en un contexto mucho más cercano: la ciudad y sus comodidades electrónicas, los juguetes que nos distraen de las relaciones humanas. En una ambientación hermosamente retratada, por el director de fotografía Mikhail KRICHMAN, que muestra a los seres humanos ínfimos y aplastados sea por la naturaleza basta e indolente de la que acusa la madre Rusia, vemos a nuestros protagonistas despedazarse sin contemplaciones mientras se hacen selfies y postean en Instagram. ¿Cuáles son nuestros valores como individuos sociales? Deja en el aire esa pregunta el realizador ruso.

Nosotros somos como ellos, nuestra sociedad tal vez no tiene los elefantes blancos de la era soviética, no sufrimos por la bestialidad del invierno ruso, pero hacemos aguas en nuestras pretensiones de armar familias, y de entregar futuros promisorios a las generaciones siguientes. Los problemas que ZVYAGINTSEV tienen que ver con el yo y no con lo que nos rodea o lo que vemos como nuestras posesiones y lo que duela perderlas. Es el vacío interior retratado en los edificios abandonados, decantes, despedazándose; en los espacios naturales duros, fríos y muertos.

De fondo, pues las noticias de Rusia, de Ucrania, las relaciones madre-hijo, el trabajo tipo fordiano, el fin de la Historia, o la historia que se repite hasta en el mismísimo aburrimiento que alcanzamos una vez y la próxima también con esos “no había amado a nadie como a ti” que se dejan oír cada cinco años en las nuevas relaciones.

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