El segundo día en casi cualquier festival es ese en el que realmente uno empieza a entrar en materia. Tras la obligada apertura, que rara vez se sitúa entre lo mejor del programa (aunque puede haber excepciones), todas las secciones, incluyendo las paralelas, sacan su artillería, pero normalmente algunos platos fuertes se mantienen para las últimas jornadas, por eso sorprende más todavía que, precisamente hoy Cannes haya decidido programar la que era una de las apuestas de peso del certamen, así como una de nuestras imprescindibles. Todos queríamos ver la siguiente jugada de Haynes tras conquistarnos con Carol y, como siempre que un cineasta alcanza cotas extraordinarias con un trabajo que, hasta cierto punto, supone un punto a destacar en su carrera, la siguiente obra que realice rara vez igualará el éxito. Se me viene a la cabeza Nirvana, pero tampoco hace falta que nos vayamos tan lejos. En la misma Competición Oficial se dan estos casos continuamente, y ayer mismo, en el pase de Loveless de Andrei Zvyagintsev era imposible no acabar citando Leviathan por algún lado. Porque aquello era un retablo de dimensiones mucho más ambiciosas, con metáforas políticas muy bien plasmadas, frente a una obra más acotada en sus temáticas e intenciones y por tanto de apariencia menor.

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No es el mismo caso de Haynes pero nos sirve para destacar algo que indudablemente le pasará a todo el que vea Wonderstruck: las comparaciones con Carol, por ser el trabajo que más fama le ha reportado hasta ahora, y por otro, con La Invención de Hugo Cabret, de Scorcese. ¿Y porqué de esta última? Muy sencillo. Ambas son obras del mismo escritor y por ende, tienen muchísimos elementos comunes: desde una pareja de niños protagonistas, ella amante del cine; hasta el evidente cariño mostrado por cierto tradicionalismo artesanal aquí representado por los dioramas. Sin olvidarnos del obligado secreto argumental que supone una revelación emocional en el climax.

Como tal, es lógico que se vean las conexiones y no deberían sorprender a nadie, menos aún menospreciar esta historia por ello, cuando personalmente creo que Haynes tiene más éxito que Scorcese a la hora de conmover más allá de una evidente perfección formal. En el pase de primera hora de la mañana el recibimiento fue muy cálido y la posterior rueda de prensa ha sorprendido a los asistentes: como Marlee Matlin en Hijos de un Díos Menor, Wonderstruck ha supuesto el debut de Millicent Simmond, también sorda en la vida real. Sin duda, Haynes acaparará los titulares, y merecidamente, pero no es el único evento.

Kornel Mundrúczo, que hace dos años se llevaba el premio de Un Certain Regard con White God, ha subido de escalón este año a la codiciada Selección Oficial con Jupiter’s Moon, un ejercicio de ego cinematográfico que frivoliza un contenido político nada fácil sintetizándolo en un divertimento de género muy legítimo, y deslumbrante en su dirección, pero que sacrifica todo su contenido a favor de una forma donde lo único que vemos es el propio lucimiento del cineasta. Hay secuencias aéreas que impresionan, un trabajo visual muy bien pensado, una puesta en escena sólida como un puño de hierro y secuencias persecutorias realmente hipnóticas, habitaciones que giran sobre sí mismas o planos secuencia al más puro estilo Cuaron.

Hay mucho músculo, sí, pero poco cerebro. Mundruczó juega a pretender que le importa algo lo que está contando pero al final queda en evidencia, cuando el último tramo del filme se le va de las manos y ya no encuentra asidero que no sea su cámara. La pretendida crítica social acaba disuelta por el efectismo que la rodea y lo que funcionó bien en White God, por tratarse de una historia mucho más simplista en sus intenciones aquí le lleva a quedar en evidencia.

A última hora teníamos Barbara, lo nuevo de Mathieu Amalric, esta vez tras las cámaras, con una propuesta repleta de metacine que, mediante la superposición de sus capas narrativas (el rodaje de la película y la propia película dentro de ella), difuminaba los limites entre realidad y ficción creando una confusión deliberada que acababa trasponiendo a los personajes para mezclarlos con sus personalidades reales sin saber exactamente donde empieza y acaba cada uno.

Amalric lo acentúa otorgándose el papel de cineasta obsesionado con dirigir en biopic de una cantante a la que admira con una actriz de la que está embelesado pero ¿qué le produce eso? ¿La propia actriz o el personaje que interpreta? Ni él ni nosotros parece tenerlo claro y en parte esa es la gracia del juego, el problema es que el empacho de canción francesa es demasiado y el histrionismo de Jeanne Balibar para dar vida a Bárbara, a la que insufla de una energía que sobrepasa, acaba agotando hasta el exceso.

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Este año, y con motivo del 70 Aniversario, el certamen ha querido hacer un ligero upgrade en pequeños detalles como habilitar por fin el proceso de acreditación online (aunque bastante deficiente frente a festivales ya muy curtidos en este proceso como Berlín) o dar un (pequeño) espacio extra en la cuarta planta del Palais des Festivals para la prensa, aunque la sala de la segunda planta sigue siendo la más copada. A su vez, la seguridad se ha intensificado de forma notable y en consecuencia, aparte de los puntuales grupos de militares, cada pase y cada puerta tiene su obligado control de metales y bolsas. Esto hace que ingresar a cada área, y especialmente a cada estreno, sea un proceso a tomar con paciencia.

Esta misma mañana, Wonderstruck comenzaba con hasta 20 o 25 minutos de retraso debido a que más de media sala seguía fuera para cuando el pase debía haber empezado. Nunca deja de sorprenderme que, aún después de tantos años y teniendo el nombre que tiene, el Festival de Cannes no sea capaz de abordar tal flujo de asistentes de manera óptima. En este contexto, la vida del acreditado amarillo no es fácil pues impone restricciones continuas frente a colores de mayor prioridad que acaban inundando las sesiones de la tarde. Eso nos acaba relegando a las repescas nocturnas de las 19 y las 22 horas, respectivamente, para terminar a las 24, sin contar trayecto de regreso y tiempo de escritura. Uno viene a ver cine y dormir poco. Y aunque acaba resintiéndose, lo disfruta. Hay cierta adrenalina en todo ello, cierto orgullo incluso cuando uno se empeña en estar en cola, esperanzado de tener la última butaca aun cuando es evidente que la batalla está perdida.

Es parte de la dinámica de Cannes, un mundo aparte que se rige en base a unos estamentos indisimuladamente clasistas, alrededor de una burbuja de glamour que el periodista común no siempre vive, y que apenas se pone en evidencia. Es algo contraproducente hacerlo estando aquí, pero ¿por qué no hacerlo, cuando es cómo realmente funciona?

Más allá de las películas, el backstage de un Festival dice tanto o más de cómo funciona la industria, por lo menos la europea. De cómo el cine americano, sabedor de la cantidad de gente que viene a Cannes, lo utiliza a su favor como un escaparate para películas que, en unos cuantos meses, el grueso del público verá en las carreras de premios. Todo es un juego de intereses donde al final, también hay cabida para el arte, porque si no, ¿qué sería esto?

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