Mucho se ha dicho y escrito de Okja a lo largo de esta semana, incluso antes del comienzo oficial del certamen, y no tanto por la película en sí misma como por las consecuencias que conllevado su producción y la posterior exhibición en Cannes. Abordémos este asunto ya para quitárnoslo de encima.

Hay mucho más en este nuevo trabajo de Bong Joon Ho que el debate (interesante eso sí) que ha despertado entre exhibidores franceses y la famosa empresa de Video Bajo Demanda. Un conflicto de intereses (económicos) entre ambas partes que ha abierto un nuevo debate respecto a los nuevos mercados del streaming, el tradicionalismo de las salas de cine y la arriesgada apuesta de empresas como Netflix o Amazon por producir películas de grandes directores que ya no tenga que pasar por la clásica espera de la exhibición en la pequeña pantalla.

Por supuesto, el sello Netflix conlleva que Okja esté disponible en su plataforma tan pronto como el 28 de junio, dando al traste con el potencial público en cine. Y eso ha provocado airadas reacciones de la Federación de Cines Franceses, que en el país galo tiene mucha fuerza, negándose a aceptar las condiciones de Netflix de una exhibición limitada en cines del país, desembocando en un cambio de reglamento para las posteriores ediciones: a partir de ahora, toda obra que se muestre en Cannes deberá estrenarse obligatoriamente en salas comerciales, dando por zanjado el monopolio del streaming, por lo menos en el mundo de los Festivales.

Es un resumen rápido y mal de todo lo que se ha movido, pero sirve para que os podáis hacer una idea de por qué, en el pase de primera hora de la mañana, casi todo el Teatro Lumiere haya abucheado el logo de Netflix en las primeras cortinillas. La casualidad (asumamos que fue algo casual, aunque cueste creerlo) quiso que hubiera un problema técnico con el telón de la pantalla, que se quedó a medio abrir, cortando la película en un formato erróneo durante cinco minutos. Un comienzo atropellado que se saldó con más abucheos y el reinicio de la proyección.

Cannes 70 día 3

Una vez en materia, más de uno ha tenido que morderse la lengua, y es que Okja nos recuerda el porqué Bong Joon Ho es tan bueno y por qué sigue teniendo la estima de la que goza. Lo primero que hay que decir de Okja es que es tan sutil como un elefante en una cristalería. Su discurso es exacerbadamente pro-animalista, pero desde una óptica que apela al humor y al entretenimiento antes que al aleccionamiento o la incomodidad (aunque en el último tramo intensifica estos dos factores).

Comienza con un histriónico prólogo que da paso a una primera parte enmarcada en entornos muy bucólicos que hacen referencia fielmente a escenas de Mi Vecino Totoro, dibujando el vínculo entre el cerdito protagonista y su cuidadora con la misma ternura con la que Miyazaki lo hizo en su cinta del 88. Una vez creada la conexión se pasa a mayores y el director pone en marcha la maquinaria imparable de su trama con una persecución a tres bandas entre la malvada empresa de procesamiento de carne Mirando, creadora de la criatura; los terroristas pacíficos de la Federación por la Liberación de los Animales y la pequeña Mija por reunirse con Okja. El enredo le sirve a Bong Joon Ho para ensamblar algunas secuencias de acción con una puesta en escena a prueba de bombas, que en ocasiones nos remiten a aquella The Host con la que muchos caímos rendidos. La mezcla de géneros es una de las cosas que mejor sabe conjugar el coreano y cada vez lo hace con más soltura y menos complejos, aquí respaldado por la entrega de Tilda Swinton y Jake Gylleenhaal, ella más contenida que él, pero ambos pasándoselo en grande, sobre todo él, que en más de una ocasión roza el histrionismo.

Cannes 70 día 3, OKJA,

Entre las referencias más obvias, no ha parado de mencionarse ET, y efectivamente el espíritu de Amblin está presente, pero tampoco tanto. El cineasta es bastante más socarrón en su tratamiento del humor de lo que lo eran las amables producciones de Spielberg y sabe medir la ternura cuando debe hacerlo. De hecho, cerca del final entrega una de las escenas más hermosas de la cinta, y lo hace consiguiendo mantener una solemnidad que se ha ido evitando a lo largo del metraje.

A esas alturas, uno ya está comprometido con Mija y Okja y, por muy carnívoros que seamos algunos, pocas ganas hay de comer salchichas cuando uno sale de la sala. De todas maneras, insistimos, la guasa con la que se asume el tema en algunas ocasiones hace que nadie se sienta demasiado amenazado por ese aspecto del discurso. Ya hay otras películas en cartelera para ello (te miramos a ti ‘Crudo’) y Okja está muy muy lejos de querer molestar a nadie. Al contrario, se gana a la platea con un pulso de la tensión que demuestra el control del que conoce bien sus virtudes y, por el camino, suelta algunos gags muy ingeniosos, alguno relacionado con una compañía de ropa famosa por sus campañas multirraciales. El resultado es una cinta que a buen seguro se convertirá en opción favorita para las sesiones de amigos de este verano. Netflix ha dado en el clavo, y lo sabe.

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