En esta crónica de Cannes 70 día 4 debemos decir que la Croissette abría con esa clásica propuesta en la que nadie confía demasiado. En todo festival hay nuevos autores que consiguen adentrarse en la codiciada Selección Oficial, junto a nombres de peso que pueden intimidar. En este contexto, la película en cuestión suele mirarse con recelo. El crítico de Cannes está demasiado acostumbrado a un programa ilustre, y acercarse a la propuesta de alguien aún en ciernes no suele dar confianza.

Robin Campillo tenía la difícil papeleta de abrir el cuarto día del certamen con la que es su tercera película, una carrera todavía corta para asegurar nada, con 120 Beats Per Minute, la crónica del grupo activista parísino ACT UP a principios de los noventa, cuyo fin era generar conciencia sobre el Sida. Lo bueno es que Campillo ha recuperado un discurso que es necesario recuperar asiduamente. Lo malo es que su profunda obsesión discursiva ha hecho que parte de sus intenciones no lleguen a cumplirse. El público ha llegado a un punto en el que está demasiado insensibilizado a determinados temas y, tristemente, este es uno de ellos. Es importante que la aproximación que se haga no sea sensiblera y Campillo consigue bordear ese punto, pero tampoco meramente política.

En el tratamiento de los personajes, el director trabaja una imagen más colectiva que individual y, excepto en el caso de dos personajes concretos, el resto se perciben como una parte del todo antes que entes en sí mismos. Están al servicio de una idea que Campillo intenta transmitir con honestidad, con puntuales escenas musicales que, a modo de interludios, hacen respirar la acción. Al final, uno sale con ese pensamiento algo delicado, aunque común en algunos casos, de que ha habido buenas intenciones, pero eso no siempre cuenta, no a nivel puramente cinematográfico. Aún con todo, es una película que se tiene que definir como necesaria y que no sería extraño, con Almodovar en el Jurado, que se llevara un premio la próxima semana. Lo avala el gran recibimiento que ha tenido al terminar el pase.

Esta también ha sido una jornada marcada por la música y las propuestas de Un Certain Regard. A las once de la mañana, Walking Past the Future, de Li Riujun, y su mirada a la vida en una gran urbe china, y a las dos de la tarde, Alive in France, el nuevo trabajo de Abel Ferrara dedicado a la música de sus películas.

La cinta asiática ha venido firmada por un director de 34 años. En este, su cuarto largometraje, trata de manera bastante contemplativa las relaciones y la vida de una joven que se muda a una de las grandes ciudades del país, Shenzhen, después de que sus padres se hayan quedado sin trabajo en su Gansu natal. La observación de la dinámica que tiene lugar en las capitales de China es algo que puede ser fascinante cuando se deja llevar por un ritmo narrativo que identifica casi todas sus películas. Una especie de ánimo sosegado en el que nadie alza la voz más de la cuenta y en el que las conversaciones íntimas se mantienen casi todas por teléfono antes que en persona. Tal vez falla un tanto a la hora de mantener la atención pasado cierto punto, por culpa en cierta forma de la pasividad de su protagonista, pero también es una intención buscada, parte de la razón de ser de la historia: el cómo cierta juventud va caminando por la vida sin demasiada motivación, movidos por la inercia antes que por el propio impulso.

Para compensar tal desasosiego, Ferrara nos ha compensado con un documental de apariencia muy casero y caótico, pero repleto de un vitalismo ofrecido por el inimitable carisma del cineasta. Más que la grabación al uso de una serie de conciertos, Alive in France parece el making off de un grupo de colegas en su tour por un par de ciudades francesas, en este caso, Ferrara y el equipo musical de sus películas en Toulouse y París a finales de octubre. La primera parte está trufada de escenas en cafeterías cortadas veinte veces, alternadas con encuentros casuales o conversaciones fugaces. La estructura por días hace que al final de cada uno veamos unos fragmentos de canciones sueltas, casi grabadas a la manera clandestina en la que el público suele grabar los conciertos de salas pequeñas que posteriormente cuelgan en YouTube.

No hay tanto de música como uno se espera y sólo en los últimos quince o veinte minutos Ferrara introduce metraje de concierto suficiente como para decir que esto es un documental de rock sin sentirnos azorados. Es un homenaje de Abel Ferrara a sí mismo y sus músicos, uno muy bienvenido para los admiradores de su cine y una reunión de amigos que, en plena época de revivals, tiene más lógica que nunca.

¿Ya leíste lo de Okja?

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