Ver la alfombra roja de How to talk to Girls at Parties previa al pase de gala en la que el equipo y los actores presentan la película ha supuesto un plus que nos ha avisado a la mayoría de que lo que íbamos a ver tendría esa ‘excentricidad’, que no vemos al cineasta desde Hedwig And the Angry Inch, y eso, amigos, son buenas noticias. Y lo son porque esto supone rememorar al Cameron Mitchell más divertido y a gusto consigo mismo. Porque sí, Rabbit Hole era buena, pero lejos estaba de la identidad que trabajó con sus dos primeros filmes, y tampoco hay que olvidar que, a pesar de los años transcurridos desde su debut, éste es todavía el cuarto trabajo en su filmografía y el primero en siete años.

Un regreso que ha venido auspiciado por el nombre, ilustre entre algunos de nosotros, de Neil Gaiman, autor (y a la postre productor ejecutivo) del relato en el que se basa la cinta, una mezcla muy marciana, aunque de fondo muy tradicional, del ambiente musical punk de los 70 en Inglaterra, alienígenas en cuerpos ajenos al más puro estilo Under the Skin y psicodelia digna del Gaspar Noé de Enter the Void.

Las influencias están muy marcadas, pero el relato es sencillo: un chico, una chica, la música como eje común y el amor juvenil. Algo que siempre nos llega, tengamos la edad que tengamos, pero que en manos de Mitchell y Gaiman adquiere un matiz de extrañeza vibrante, que te transporta sin pedirte permiso, arrasando por el camino con parte del público que a la media hora ya sabrán si forman parte del viaje o prefieren apearse tras los primeros atisbos de surrealismo que les echarán encima.

La serie de televisión American Gods ha demostrado que plasmar en pantalla algunos universos de Gaiman no siempre es fácil cuando se alejan de la línea más convencional (pero no por ello menos admirable) de películas tan únicas como Coraline o adaptadas de cara a un público masivo como Stardust. Que hay ciertas historias del autor que pueden ser bastantes crudas, otras de una melancolía desbordante y algunas, como esta, jugando con mezclas que a priori no casan pero dan lugar a relatos con un encanto único. Lo recalco porque esta película es tan suya como de Cameron Mitchell, porque su espíritu se nota demasiado en ella, aun cuando ni siquiera ha escrito el guión, pero lo ves y lo reconoces en esas ideas, en esas salidas de tono que, cuando quiere, pueden descolocar muchísimo.

Lo que hace el director es inyectar esa energía apasionada que yo no lo veía desde Shortbus, y al final también acaba haciéndola suya. Es curioso porque en el citado pase en el que estuve, el público la recibió con entusiasmo, no así la crítica americana, entre ellas Variety o Hollywood Reporter, que la tildan de ‘rara’, ‘inexpresiva’ o directamente ‘una porquería’. Pero esto es Cannes, y este tipo de excentricismo no es bien recibido aquí y lo sabemos desde hace tiempo. Poco importa cuando el filme ha sabido encontrar el público, y lo seguirá haciendo a medida que se vaya estrenando. Su lugar no está en sitios como este, sino entre grupos de amigos que sé de primera mano que la disfrutarán como lo hacen cuando leen Sandman o incluso ven esa joyita oculta que es Mirror Mask (dirigida por el dibujante del comic Batman: Arkham Asylum Dave McKean y guionizada por Gaiman).

 

Entre los highlights del filme es obligatorio citar a una recuperadísima Nicole Kidman como una antigua reina del punk, caracterizada con fuertes reminiscencias al David Bowie de Dentro del Laberinto, y a una Elle Fanning en el que, para un servidor, es uno de sus mejores papeles. Uno en el que, por fin, sobrepasa la línea de belleza contemplativa en la que la han querido encasillar hasta ahora con The Neon Demon como máximo exponente y le regalan un personaje que, aunque tiene mucho de eso, también hace gala en unas cuantas escenas de una vis cómica sorprendente y muy bien aprovechada por el director.

Para el recuerdo quedará la desatada secuencia del concierto, una que demuestra que la Fanning es capaz de mucho si se le da espacio para demostrarlo. Dando la réplica está un joven debutante en el cine, aunque premiado en el teatro en una adaptación de Broadway de la novela de Mark Haddon El curioso incidente del perro a medianoche, Alex Sharp, con aptitudes más que demostradas, pues no es fácil compartir escena con Fanning y Kidman y conseguir no quedar eclipsado. En los márgenes de este trío protagonista también tenemos tiempo para ver a la sufrida Ruth Wilson de la serie The Affair en algo más que un cameo; de hecho se roba un par de momentos muy buenos en la última parte. Ella es sólo una cara más en un reparto que se nota comprometido y al que el cineasta ha sabido sacar jugo.

Por mi parte, lo tengo claro: How to talk to Girls at Parties será una de las películas que recuerde del septuagésimo aniversario del Festival de Cannes. Muy cercana a mi sensibilidad como para olvidarla o pasarla por alto. La metáfora que utiliza la historia no es de las mejores de Gaiman, pero qué importa, cuando la obra ha conseguido su objetivo con un trabajo vibrante, divertido, hecho con pasión y sin miedo. Con la mirada de un director que a sus 54 años sigue teniendo alma de joven veinteañero, y lo demuestra en filmes como este. Con suerte nunca se amoldará del todo a los cánones de la industria y tampoco se le ve desesperado por hacerlo; eso será algo bueno, pues nos dejará más trabajos como éste, guiados por lo que alguien podrá llamar ‘raro’ o ‘tonto’ en un mundo en el que, definitivamente, necesitamos más rarezas y tonterías.

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