Llegados al último tramo del certamen, a Cannes le quedan pocos cartuchos por quemar. Más allá de Polanski o la decepción generalizada que ha supuesto lo último de Fatih Akin, excepto Lynne Ramsay, todos los autores han mostrado sus cartas. De entre todos ellos cabe destacar el soberbio trabajo de dirección de una Sofía Coppola que hacía tiempo que necesitaba una obra sólida en su carrera, o la agradable sorpresa de algunas de las ofertas de Un Certain Regard con mención a Michel Franco o al búlgaro Stephen Komandarev del que hablaremos en la siguiente y última crónica.

En general, ha sido una edición de muy buenas películas, pero tal vez la falta de una gran sorpresa que despertase el entusiasmo efervescente ha llevado a múltiples compañeros de profesión a definir esta edición como ‘decepcionante’. Me sorprende cuando el nivel general ha sido de notable y, aunque no hay nada que podamos llamar abiertamente ‘obra maestra’, sí que hay muy bien cine.

Entre la oferta latinoamericana yo destaco especialmente Las Hijas de Abril, que posee uno de esos perversos retratos maternales tan ambiguos como incomodos; un personaje nada fácil al que Emma Suarez consigue darle una entidad que se convierte en el principal motor de la película y una de las grandes interpretaciones en la carrera de la actriz. Tanto la interprete como Franco tienen el acierto de construirla, no directamente desde la animadversión sino a partir de una naturalidad que haga que el público se familiarice con ella casi desde la comprensión. Eso le da una entidad que consigue sortear el trazo grueso de otros retratos de la misma índole que, precisamente por no matizar en el dibujo de personajes, acaban resultando planos y maniqueos.

Tampoco podemos dejar de citar las buenas intenciones de la colombiana Natalia Santa, la primera directora femenina en entrar en Quincena de Realizadores, con su debut La Defensa del Dragón. Un guión que la directora llevaba construyendo desde hacía más de 10 años y que, aunque posee un trío de personajes sólido, no los desarrolla en igual medida. Mientras tanto, se olvida de dar entidad alguna a las mujeres de la historia, que terminan sirviendo más como complemento a la evolución personal de estos hombres que como entidades en sí mismas. Una pena porque la metáfora del ajedrez funciona bien y con un mayor cuidado estético podría haber dado mucho más de sí.

Otra que ha levantado ruido ha sido la argentina La Cordillera, producida por los mismos que nos trajeron la divertidísima Relatos Salvajes y, he de decir que en este caso tengo mis más y mis menos con lo que me ofrece el filme de Santiago Mitre. Es muy interesante el hecho de que todo se desarrolle en una cumbre de presidentes de varios países latinoamericanos en una zona montañosa de Chile, aunque sea a costa de una mirada política no exenta de cierto populismo. Como siempre que se busca dejar en evidencia la corrupción de las altas esferas, es inevitable ceder ante lo que resulta más fácil, resaltar la maldad interior de los lobos con piel de cordero. Es una opinión fácil y que cae bien y precisamente es lo que consigue Mitre. Es muy cuestionable que La Cordillera tenga el afán de hacer un retrato político digno de debate porque no hay debate que valga. La ambigüedad queda fuera de la ecuación desde el momento en el que se decide introducir una subtrama de corte metafórico que chirría demasiado y que es bruta como ella sola introduciendo conceptos como ‘el bien y el mal’, cediendo a un maniqueísmo que ya no nos paramos a cuestionar cuando de política se trata. Nadie quiere hacer de abogado del diablo y Mitre el que menos. De todas ellas seguramente sea la que más llegue al público, al ser la más complaciente.

Muy importante también la cita con François OzonL’amant Double, volviendo a esa costumbre suya de subvertir ciertas temáticas, bien con giros de guion de una absurdez divertidísima, bien con un tono que acaba metiendo en la ecuación elementos que descolocan, aunque en el conjunto resulten fascinantes. Es el caso de esta última cinta, un amago de psicothriller con influencias que se mueven entre Verhoeven y Hitchcock, adentrándose en el peligroso terreno de cierto humor negro sustentando en el morbo desaforado de algunas escenas que parecen escenificar las fantasías sexuales de muchos hombres y mujeres. Entre medias hay espacio para gatos vouyeristas, sesiones terapéuticas de fuerte corte erótico, gemelos malvados y hasta cierto terror psicológico muy bien marcado por la tensión de algunas escenas y el maravilloso trabajo de una Marina Vacht con un personaje bastante más hermético de lo que parece. Un retrato psicológico no exento de morbo que a buen seguro conquistará algún premio en el Palmarés de esta edición.

 

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