Hay series de televisión contemporáneas que fueron grandiosas, pero que terminaron convertidas en completos desastres. Esta es una lista con once series de la Nueva Televisión Americana que empezaron francamente bien y se echaron a perder indecentemente.

Para empezar, una advertencia: abrazo el riesgo de hacer enfadar a las y los lectores con mis palabras, pero sepan que estarán llenas de la melancolía de aquel que descubre que el amor de su vida tiene una venérea contraída en una esquina. Puede que usted ame alguna de estas producciones, pero no es esa suficiente razón para que yo me ponga timorato y calle las verdades de la degradación de obras que en algún momento fueron dignas merecedoras de mis elogios. Allá vamos:

The Simpsons (1989, FOX). Creador: Matt Groening

The Simpsons

¿Por qué había que verla?

Empiezo por la que más me duele. Esta es una serie que sin duda había que ver en su día, y todos lo hicimos, porque era el monumento mismo a una revolución de la televisión americana. Prácticamente es una obviedad cuanto se diga de The Simpsons, la serie de televisión animada más famosa, exitosa y duradera de la historia de la televisión americana. Esta fue una producción digna de toda reverencia por su humor para todos los públicos con capas sucesivas de interpretación, por su constante atención a la actualidad, por la creación de personajes memorables que trascendieron al plano de lo icónico, pero, por encima de todo, por su capacidad clásica que ha hecho que los televidentes podamos ver una y mil veces sus mejores episodios y que siempre nos deslumbren y hagan reír.

¿Por qué se fue al diablo?

Empiezo diciendo que en mi corazón siempre habrá lugar para The Simpsons, tampoco es que esta serie ahora sea algo terrible y sea mejor no tomarse la molestia de verla, sin embargo este es el más claro caso de una explotación comercial llevada al absurdo. Veintiocho temporadas es una extensión sencillamente exagerada tras la que de ninguna manera se puede mantener la calidad que en su época dorada tuvo la serie. Hay varias teorías al respecto de por qué The Simpsons ya no es lo que era: algunos aseguran que sencillamente los que crecimos viendo a Homer siendo cada vez más entrañablemente idiota ahora somos adultos y ya no nos hace gracia lo que antes sí, pero todos sabemos que los episodios que vimos de niños aún nos pueden arrancar carcajadas, incluso cuando podamos recitarlos de tantas veces vistos; otros consideran que fue el abandono de Groening y algunas otras de las cabezas pensantes del programa lo que hizo que todo cambiara; otros tantos aseguran que cuando la serie se convirtió en la escuela de prácticas de los realizadores de Harvard todo se volvió demasiado pretencioso y experimental. Como sea, cualquier amante de estos matachos amarillos, y somos muchos, sabe que The Simpsons, como “mi vieja mula, ya no es lo que era, ya no es lo que era”.

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House (2004, FOX). Creador: David Shore

House

¿Por qué había que verla?

Había que verla porque solía ser, en sus primeras cinco temporadas, una serie inteligente que le dio una vuelta de tuerca jugosa al esquema del relato de detección (sobra mencionar la obviedad del juego House-Holmes y Wilson-Watson, pero por si acaso, ahí lo anoto), y porque, además de esto, siempre se permitió la experimentación narrativa y visual en torno a la exploración profunda de un personaje único en sus patologías y ocurrencias, el Dr. Gregory House (Hugh Laurie).

¿Por qué se fue al diablo?

Porque a pesar de que el personaje de House era tan rico y profundo, llegó un punto en el que se agotó después de haber recorrido todo su dolor, su adicción, su locura, su genialidad y su misantropía; porque la narración capítulo a capítulo se tornó esquemática y predecible; porque en virtud del agotamiento del personaje protagónico la solución fue entregarse al peor de los pecados televisivos, el de convertir la serie en un novelón en el que todos se enrollaban con todos, y porque la experimentación y el juego audiovisual simplemente cesaron para entregarse a la fórmula fácil de lo conocido (una manía muy del gusto de FOX), dejando al espectador despierto e interesado por los retos estéticos a merced del aburrimiento. Hay quienes dicen que después de su declive, repuntó. Está en su mano comprobarlo.

Lost (2004, ABC). Creadores: J.J. Abrams, Damon Lindelof y Jeffrey Lieber

Lost

¿Por qué había que verla?

Lost fue en su momento una de las series más importantes, si no la más, de la parrilla de televisión americana. Esta producción acerca de los “sobrevivientes” del vuelo Oceanic 815, perdidos en una misteriosa isla, se convirtió en un auténtico fenómeno de masas, seguido con una devoción fanática por muchos televidentes que no solo se entregaban con ansia a ver los episodios para intentar dar tranquilidad a la tribulación que una cantidad enorme de enigmas planteados por la serie les (nos) producía, sino también al complejo seguimiento transmedia de contenidos que creaban un auténtico laberinto lleno de callejones sin salida, falsas pistas y más y más misterios. De hecho esta serie creció tanto que llegó a tener sentido solo mediante la comunicación con sus fanáticos a través de la red, de ahí que incluso llegara a crearse una Lostpedia.

¿Por qué se fue al diablo?

Quizá el mismo éxito de Lost fue su perdición. Los creadores de la serie, con Abrams a la cabeza, empezaron poco a poco a alejarse del proyecto cuando ya se había convertido en un globo hinchado que explotó en sus manos. Los cientos de misterios que alimentaban la narración y la sed de conocimiento de la audiencia se terminaron convirtiendo en cabos sueltos que revelaron falencias imperdonables en el guion; los personajes, que habían sido recorridos en sus pasados turbulentos, acabaron inexplicablemente como seres planos que solo estaban allí para responder a los caprichos de unos libretos caóticos; los paradisíacos escenarios hawaianos que hacían desear ser parte del grupo de náufragos, terminaron siendo monótonos, y el juego de las pistas, antes tan estimulante, nos dejó al final frustrados y con una amarga sensación de engaño.

Prison Break (2005, FOX). Creador: Paul Scheuring

Prison Break

¿Por qué había que verla?

Seamos francos, había y hay que ver la primera temporada de esta serie, de ahí para adelante todo fue cuesta abajo. La primera temporada de Prison Break es trepidante y envolvente. Durante esos veintidós episodios fue una de esas producciones para no despegarse de la silla, con una historia compleja y bien escrita sobre una fuga de prisión épica, con secuencias memorables y llenas de belleza y con personajes encantadoramente enfermos como Theodore “T-Bag” Bagwell (Robert Knepper), ese pervertido racista que marcaba su dominio haciendo que sus subordinados “putitas” anduvieran a su vera agarrados a su bolsillo mientras él hacía muecas de una sexualidad bochornosa.

¿Por qué se fue al diablo?

(Spoiler alert!)

El primer problema que enfrentó esta producción y que inició ese deterioro que la llevó de ser realmente buena a francamente infumable fue la decisión narrativa de hacer que los protagonistas lograran escapar de la cárcel al finalizar la primera temporada. Este era un drama carcelario y sabe Dios que lo más importante en un drama carcelario es que haya una cárcel, así que tras esta extraña decisión (que hacía sospechar que la serie se había pensado en realidad como miniserie) los guionistas tuvieron ahora que esforzarse por devolver a sus personajes tras las rejas, cosa un tanto incómoda para el espectador. Pero hay que ser justos, en el relato de fugados fuera de la prisión que tuvo lugar en la segunda temporada hubo también bastante tensión dramática, emoción y buen desarrollo de los personajes. Lo que hundió a la serie fue la complicación absurda de las tramas para poder dar sentido a una historia de prisioneros que ya no eran prisioneros; lo que bastaba con dejar quietecito para hacer una gran obra, se convirtió en un dramononón con tintes conspiracionales y con unos personajes que empezaron poco a poco a perder el rumbo y la identidad, algunos de ellos interpretados por actores que por su trabajo merecen ser encerrados a perpetuidad, en especial sus protagonistas, Wentworth Miller (Michael Scofield) con su miradilla de cacorrito coqueto y Dominic Purcell (Lincoln Burrows) con la suya de matón sin cerebro. Y a pesar de todo, este zombi putrefacto regresó de la muerte en abril de 2017; porque así es la vida.

Jericho (2006, CBS). Creadores: Stephen Chbosky, Josh Schaer y Jonathan E. Steinberg

Jericho

¿Por qué había que verla?

Por la simple razón de que Jericho contaba la historia de un pueblo en lo profundo de Estados Unidos que intentaba sobrevivir después de que, de manera simultánea, explotara un puñado de bombas nucleares por todo el país. Esto significa que era una serie post-apocalíptica, cosa que siempre es más que bienvenida, en la que Estados Unidos sufría en su propia casa la materialización de sus ya insoportables berrinches y temores. Y ese arranque narrativo empezó francamente bien, especialmente por algunas secuencias memorables como aquella del primer episodio en la que un mocoso que busca un balón ve en el horizonte un hongo gigantesco y aterrador. ¿Qué diablos podía salir mal?

¿Por qué se fue al diablo?

Pues al final terminó saliendo mal todo, prueba de ello es que solo haya durado dos míseras temporadas (aunque a mí me sorprende que haya llegado a la segunda). Todo salió mal por una única razón: esta serie es el más vivo testimonio de la ñoñería, pacatería, mojigatería y corrección política olorosa a pachulí del pueblo norteamericano. En una serie con una premisa dramática destinada a la grandeza, los guionistas (quiero pensar que coaccionados, para poder conservar mi fe en la humanidad artística, que es en la única en la que creo), se dedicaron a reconstruir las murallas de Jericó a punta de ladrillos de moralina y cemento de melcocha, y eso jamás en la vida se le puede perdonar al arte.

Heroes (2006, NBC). Creador: Tim Kring

Heroes

¿Por qué había que verla?

Pues en principio porque era un sueño infantil hecho realidad; todo un nuevo universo mutante nutrido a presión por la tradición del cómic clásico, en el que seres con superpoderes luchaban por encajar en un mundo de pobres humanos comunes y silvestres. Es decir que se trataba básicamente de llevar el mundo conceptual de Marvel (plagiado o no, eso no me corresponde a mí juzgarlo) a una serie de televisión con actores de carne y hueso y con personajes totalmente nuevos. El solo deseo por descubrir capítulo a capítulo de la primera temporada los poderes ocultos en cada personaje era una motivación muy fuerte para seguir la serie, además, las peripecias dramáticas de esa temporada eran francamente atractivas y la estética, narrativa y dirección basadas en el mundo del cómic eran un deleite.

¿Por qué se fue al diablo?

Se fue a la porra porque a Kring y su equipo de guionistas la historia se les salió de las manos. Me voy a morder la lengua para evitar contar el final de la primera temporada, ese momento terrible en el que uno se siente tan ofendido como espectador cuando después de tanta preparación se resuelve todo mediante el recurso dramático más desaconsejado de todos, el Deux ex machina, ese conejo sacado del sombrero del mago que arruina todo desarrollo narrativo y que fue tan frecuente en Heroes a partir de aquel terrible momento. Desde entonces la serie se convirtió en una maraña de despropósitos narrativos en los que, bajo la excusa de los superpoderes, todo se volvió posible, lo que hizo que por lo tanto nada fuera relevante. La serie, entonces, se concentró en alimentar el niño interior de sus fanáticos, olvidando que su intelecto y su apetito estético quizá podían ser los de un adulto.

La serie regresó de la muerte, como las villanas de las telenovelas, en 2015 con el nombre de Heroes Reborn, con trece episodios que ni siquiera me molestaré en ver y que dudo salven en algo el desastre de esta serie. Pero ahí están por si usted se antoja.

Dexter (2006, Showtime). Creador: James Manos Jr.

Dexter

¿Por qué había que verla?

Ay, el bueno de Dexter, qué personaje tan magnífico era. Un asesino en serie descubierto lo suficientemente pronto como para canalizar su sed de sangre hacia otros asesinos, un justiciero sicopático en un conflicto profundo con su propia identidad monstruosa. Dexter fue en su momento el gran homenaje a la identificación con el criminal y la crisis ética del género negro, además de una obra referencial sobre la tropicalización del Noir (tendencia muy interesante del audiovisual contemporáneo dentro del ámbito latino) a través de la ambientación de este drama criminal en la calurosa Florida. Esta fue, durante bastantes temporadas, una serie llena de precisión dramática y estética que inquietaba y enamoraba.

¿Por qué se fue al diablo?

Esta producción sufrió uno de los grandes males de la Nueva Televisión Americana, el alargamiento forzado. Aquel personaje complejo y oscuro acabó siendo prolongado a las malas unas tres temporadas más de la cuenta, hasta llegar al innecesario exceso de las ocho, cuando ya había dado con elegancia todo de sí tras cinco, y así fue como se convirtió en un amasijo de inconsistencia y confusión atrapado en unas tramas embutidas a golpes. Y con ese deterioro del personaje, también se deterioró la pulida dirección, que se dejó llevar por una estética ya probada que se hizo fórmula. Las fórmulas son para los enfermos.

Sons of Anarchy (2008, FOX). Creador: Kurt Sutter

Sons of Anarchy

¿Por qué había que verla?

Inicialmente esta serie estaba plagada por la riqueza del género criminal en su vertiente de gangsters, reinterpretándola a través del retrato de una banda de motociclistas que vivían en un extraño limbo extra-legal en el que, a lomos de sus motos, cabalgaban sobre la normalidad de la ley y, básicamente, hacían lo que les venía en gana en una sociedad (cosa muy propia del género) en donde la ley y sus instituciones son prácticamente un cuento de hadas. Esta mirada específica al pliegue enfermo de la sociedad americana encarnado en las bandas de moteros, si bien tiene referentes, sigue siendo algo muy novedoso y por lo tanto de no poco interés.

¿Por qué se fue al diablo?

Lamentablemente (pecado tristemente frecuente en FOX y sus filiales) en busca de la masificación de audiencia se empezaron a realizar concesiones consecutivas que suavizaron toda la fuerza visceral de la serie (visceral como tenía que ser para retratar a estos intimidantes hampones), haciendo de ella un drama más bien empalagoso que, al no tener un interés visual sólido, se vino abajo.

The Walking Dead (2010, AMC). Creador: Frank Darabont

The Walking Dead

¿Por qué había que verla?

Para cualquier amante del formidable cómic homónimo de Robert Kirkman que esta serie adapta, para todo fanático de los zombis, para la integridad de los seguidores de la ficción post-apocalíptica y para la totalidad de los enamorados del género fantástico, la sola noticia de que AMC (tras el rechazo de HBO del proyecto) iba a estrenar una serie de televisión sobre zombis fue un subidón como para infartarse. Todo empezó muy bien con esta serie: el propio Kirkman como productor junto a Frank Darabont, un nombre importante en el fantástico contemporáneo; una cadena de televisión con peso en los pantalones que ya había dejado claro que había llegado al panorama de la televisión americana para quedarse; una producción esmerada que cumplía con las expectativas de los espectadores; unos guiones apoyados con inteligencia en la genialidad del cómic original; una dirección pulida y llena de belleza que explotaba con tino la estética de lo grotesco propia de un mundo echado a perder y plagado por muertos vivientes. The Walking Dead era como un regalo de navidad muy esperado y en un principio logró hechizarnos con potencia haciendo justicia a lo verdaderamente importante en una producción de zombis, las crisis éticas y la radiografía de la patología de nuestra cochina sociedad.

¿Por qué se fue al diablo?

Aunque soy un fanático obstinado y en negación que se engaña pensando que hay esperanza para esta serie, tantísimos despropósitos ya han inclinado la balanza en contra de su dimensión condenadamente entretenida y sembrada aquí y allá de momentos memorables. Esta es una producción que lleva, desde hace mucho, caminando en la cuerda floja, dándonos sustos de muerte con algunos momentos dignos de lanzar el televisor por la ventana. De hecho, confieso que ya van tres veces que la abandono indignado, pero mi devoción por los zombis me ha hecho retomarla y ponerme al día, pero una y otra vez vuelvo a encontrarme con ese esquema tramposo en el que cada episodio arranca muy emocionante y bello, se entrega a la pesadez narrativa y estética durante una media hora y termina con un subidón taimado para enganchar al siguiente capítulo, dejando ver que esto es ya pura fórmula.

Nadie que sepa que el cine es cine y la literatura es literatura espera que una adaptación cinematográfica sea un calco exacto de su semilla, eso sería tremendamente aburrido y estéril, así que pensar que los problemas de The Walking Dead provienen simplemente de su distanciamiento progresivo del cómic que le dio origen es una soberana estupidez. A nivel argumental la serie ha sufrido golpes tremendos (comic spoiler alert!), pero no porque a Rick Grimes (Andrew Lincoln) lo hayan dejado con sus apéndices intactos (cosa que a todo lector del cómic nos horrorizó hasta la angustia) o detalles de ese tipo, sino porque en demasiados momentos la esencia de la degradación ética de los personajes se ha olvidado por culpa de la mesura mojigata (intercambiar una violación por la obligación de una desnudes parcial es una falta de respeto propia solo de ancianas rezanderas). Es precisamente ahí en donde radica la verdadera distancia con el cómic que hace quitar los deseos de seguir viendo la serie; podrían haber vuelto de repente a Carl (Chandler Riggs)  homosexual en la serie y que se casara con un zombi agraciado, siempre que hubiese seguido convirtiéndose en un monstruo oscuro con un germen de putrefacción creciente en su alma. Pero no, la serie juega a dar una de cal y una de arena como si tuviera miedo del castigo de la censura. Habrá que ver a dónde nos lleva la carretera. Pero por si usted no lo ha hecho, haga el bien de sentarse a leer el cómic de Kirkman; confíe en mí, no se va a arrepentir.

American Horror Story (2011, FOX). Creador: Ryan Murphy

American Horror Story

¿Por qué había que verla?

Esta es una serie con un formato muy interesante de temporadas unitarias con líneas argumentales independientes que conservan a gran parte del reparto. Esos experimentos en la producción siempre dan un sabroso aire a la parrilla televisiva. Pero eso es solo un detalle menor, lo más interesante de American Horror Story es la exploración de diferentes universos del imaginario audiovisual de terror, primero con la casa embrujada (Murder House, 2011), luego con el manicomio (Asylum, 2012), posteriormente con las brujas (Coven, 2013), en seguida con la feria de fonómenos (Freak Show, 2014), más adelante con el hotel (Hotel, 2015) y hoy en día con el lugar con pasado maldito (My Roanoke Nightmare, 2016). En dicha exploración vimos, en las primeras dos temporadas, un espectáculo narrativo y audiovisual lleno de oscuridad e incómoda sordidez, especialmente cuando fuimos encerrados en un manicomio en 2012. Además, los personajes creados en cada temporada fueron siempre geniales y atractivos.

¿Por qué se fue al diablo?

A riesgo de parecer que tengo algo contra FOX, aquí, una vez más, la cadena se dejó llevar por sus patológicos deseos de popularidad y comenzó a convertir la serie en un caldo de ideas curiosas lanzadas al azar sin dirección. Todo se complicó en la tercera temporada cuando, empezando de manera muy interesante, un grupo de brujas taradas fue llevado al territorio de la moda popera adolescente siguiendo el sinsentido de un guion sin solidez en el que el recurso de la resurrección convirtió todo el relato en un irrespeto al espectador fiel. A partir de aquí los personajes, inicialmente tan curiosos y fascinantes, se convirtieron en criaturas deformes e ilógicas que parecían ser escritas a la carrera, y ante el desastre de la escritura, vino, como lógica consecuencia, el fracaso de las interpretaciones, entonces, una actriz tan notable como Jessica Lange se empezó a ver postiza y novelera, revelándonos después, en la siguiente temporada, que en esta serie, sin importar lo que pase, siempre hará el mismo papel con un nombre diferente. Eso solo por dar un ejemplo. Y lo más triste de todo, la dirección, antes tan esmerada y precisa, empezó a verse postiza porque no tenía posibilidad alguna de soportarse en un argumento firme.

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The Affair (2014, Showtime). Creadores: Hagai Levi y Sarah Treem

The Affair

¿Por qué había que verla?

Esta es una serie a la que había que seguir el rastro porque, como sucediera con Masters of Sex, también se atrevió a alimentarse de esquemas argumentales del romántico telenovelesco y darle una vuelta de tuerca novedosa y refrescante para crear una pieza artística de enorme interés narrativo y audiovisual. The Affair es una historia de “amor” entre un escritor en ciernes que se va con su familia a un pueblecito idílico y una mesera con una jetita de pato muy provocativa cuya vida familiar está maltrecha desde que su pequeño hijo murió. Estos dos zánganos infieles se dejan llevar por las ganas y se meten en un romance a todas luces problemático. Hasta ahí todo muy normal y poco llamativo. Lo que hacía de esta serie algo único era su modelo de narración con doble punto de vista. Cada capítulo (casi todos, porque luego aflojó en el recurso) está dividido en dos partes que cuentan, más o menos, los mismos sucesos, pero vistos una vez desde los ojos de ese hombre de letras, Noah (Dominic West, tan encantador y desbaratado como en todos sus personajes) y otra desde los de aquella atractiva camarera pueblerina, Alison (Ruth Wilson). Posteriormente, en la segunda temporada, se incluyeron más puntos de vista de otros personajes. Esa urdimbre rashomoniana que complejiza a los personajes de manera tan atractiva está además trenzada con un relato policíaco que se va dibujando muy lentamente para mostrar a los protagonistas como sospechosos responsables de una muerte, y que funciona como poderoso cebo para el espectador (a la manera de los best sellers de aeropuerto, cosa archiprobadamente efectiva y muy en relación con la historia misma de la serie).

¿Por qué se fue al diablo?

Traicionando aquello que la hacía especial, la serie fue suavizando el uso de su recurso de multiplicidad en el punto de vista, perdiendo así la profundidad y complejidad de las situaciones y personajes, y dejando en el trastero toda esa investigación experimental sobre la memoria que hacía que uno como espectador estuviera constantemente desconcertado y entregado al juego intelectual de pensarse teóricamente el producto audiovisual. Habiendo sucedido esto, la serie se terminó convirtiendo en un dramón sin demasiado interés, facilón y efectista.

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Hasta aquí llegamos con esta revisión a esas series que un día fueron muy bellas y terminaron rompiéndome el corazón. Seguramente usted tendrá alguna más en su propia lista, así que no dude en comentar para engrosar esta.

 

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About The Author

ANDRÉS VÉLEZ CUERVO

Escritor, guionista, productor, investigador, crítico, docente y editor. Licenciado en Filología Hispánica de la Universidad de Salamanca, magíster en Literatura de la Universidad de los Andes. Colabora con diferentes medios impresos y digitales, así como con entidades privadas y universidades, como docente, crítico y asesor. Actualmente trabaja como escritor y productor en Oveja Eléctrica, como editor de la sección de televisión de The End Magazine, y como docente en la Universidad Central. Es autor de los libros sobre cine "Cómo cargar una Colt con una locomotora en llamas. Una aproximación teórica y una posible delimitación a la metáfora cinematográfica" (EAE, 2015) y "República Noire. Cine criminal colombiano (2000-2012). En busca del cine negro en Colombia (Cinemateca Distrital, 2016)".

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