Arnaud Desplechin ha pisado Cannes un total de ocho veces a lo largo de su carrera, cinco en Competición Oficial, una en Una Cierta Mirada, otra en la Quincena de Realizadores, y esta última, inaugurando el certamen con Les Fantomes d’Ismaël, por primera vez fuera de competición. Su propia vida ha sido una de las fuentes de inspiración más notables enmarcadas en una utilización de los géneros que le ha llevado, como en Tres recuerdos de mi juventud, a juntar varias tramas argumentales muy distintas conviviendo en un mismo retrato, marcadamente meta-textual, sobre sí mismo y su vida. Es común entre ciertos artista, ya sean escritoras como Delphine de Vigan, o cineastas como Hong Sang Soo o Woody Allen, el utilizar alter egos para hablar de sí mismos sin disimulo, a través de protagonistas que ejercen la misma profesión que ellos y que, bien por problemas de reconciliación con su pasado, bien por bloqueo creativo, acaban enfrentándose cara a cara con aquellos fantasmas que no pueden dejar atrás. Es la misma premisa de Desplechin en Les Fantomes d’Ismaël enmarcada en una estructura de narrativas paralelas que acaba desembocando en caos progresivo donde esas auto-referencias en forma de personajes o temática van trufando un desarrollo de una lógica muy delicada.

Lo que comienza como un tenso encuentro entre la mujer desaparecida del protagonista con él mismo y su actual compañera, donde tanto podría haberse sacado, deriva en un obvio interés de Desplechin por retomar a sus queridos Dédalus, esos personajes a los que lleva recurriéndo desde Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle), su tercer filme, a través de la ficción que Mathieu Amalric, encarnando a un director en crisis consigo mismo, esta escribiendo sobre su hermano Ivan. La película, de hecho, se abre con una secuencia de esta cinta ficticia que Amalric está dirigiendo (sin demasiado acierto, hay que decirlo), y sólo entonces aborda el promocionado encuentro entre Cotillard y Gainsbourg, ambas en interpretaciones muy entregadas pero lejos del recital que se está prometiendo de cara al público. El enfrentamiento es casi un macguffin que se utiliza como excusa para desatar la locura y disputa de Amalric consigo mismo y sus recuerdos y es una pena que Desplechin menosprecie en cierta manera los conflictos de Gainsbourg, pues su personaje no tiene una posición fácil. Lo mismo podría aplicarse al trazo grueso de una Cotillard a la que se muestra como la definición arquetípica de una persona tóxica y volátil, incapaz de comprometerse con aquellos que la rodean, interesada como una niña caprichosa y a la que la actriz intenta humanizar basandose en un trabajo donde le aporta algo que en el guión no aparece de manera activa, una vulnerabilidad que impide odiarla del todo. No ayuda tampoco una edición llena de elipsis bruscas, cercanas a una Nouvelle Vague desvirtuada que no deja respirar escenas poderosas en sí mismas y que podrían decir más con una intrusión formal menos evidente. Tal es el caso de uno de los momentos más sutiles y expresivos, aquella en la que Cotillard baila a Bob Dylan frente a Charlotte Gainsbourg, pues define a ambas mujeres sin necesidad de nada más que una canción y un buen plano.

Al final la mirada sobre ambas se tiñe de un melodrama muy chirriante, que las enmarca en una historia subrayada con una orquestación de violines muy poco inspirada y que banaliza la aparente solemnidad a la que Desplechin parece querer aspirar cada vez que aparecen. Lo que hace para equilibrarlo es convertir el filme ficticio de Amalric en una suerte de dramedia que, a la manera de un Charlie Kaufman francés, acabe afectando de alguna forma la vida ‘real’ de sus personajes. Pero lo hace de manera tan torpe y tan forzada que deja la trama a la deriva, sin saber muy bien hacia donde dirigirse. ¿Qué historia estoy contando? Ni siquiera Desplechin parece tenerlo claro en sus últimos veinte minutos. Es evidente que aspira a una suerte de desenlace iluminador que le haga hacer las paces consigo mismo pero todo está tan fuera de lugar que dudo que lo consiga. Es una jugada parecida a la de su último trabajo pero esta vez llevado por una autocomplacencia poco natural, que no emociona ni remueve más allá del buen hacer de sus actrices; un intento de volver a construir otro retrato imbuido de nostalgia en el que un pasado doloroso nos ayuda a hacer las paces con un presente en el que hemos perdido el rumbo, igual que esta película.

Acá la crónica del día 1 de Cannes 70

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