Las Vírgenes Suicidas se estrenó en Cannes el 19 en mayo de 1999. Sofía Coppola presentó un trabajo considerado por muchos como su ópera magna, y demostró con él que en el cine las dinastías tienen lugar como en ningún otro arte.

Las Vírgenes Suicidas es una película que —basada en la novela del mismo nombre publicada por Jeffrey Eugenides en 1993— narra en voz Tim Weiner (Jonathan Tucker actor y voz de Giovani Ribisi), uno de los observadores externos, los terribles hechos ocurridos 25 años atrás en un suburbio de Detroit del cual él era vecino. A esa cuadra llegó la familia Lisbon, y los más chicos de esta no entendían cómo un profesor de matemáticas (James Woods, Videodrome1983) y su aburrida esposa (Kathleen Turner, La Joya del Nilo, 1985) habían sido capaces regalarle al mundo ese tipo de criaturas de belleza sublime: Cecilia (Hanna Hall), Lux (Kirsten Dunst), Bonnie (Chelse Swain), Mary (A. J. Cook) y Therese (Leslie Hayman). Poco a poco vamos conociéndolas a medida que ellas aparecen en la historia, y sus nombres son escritos en pantalla con sus grafías adolescentes, al estilo videoclip mientas oímos ‘On The Horizon’ de Sloan que ameniza la pasarela. Un artilugio por el medio del cual la realizadora se empeña en destacar la edad de este grupo de chicas.

Las Vírgenes Suicidas

Los adolescentes machos hacen notar como se padece por cuenta de las hormonas a esa edad. Las chicas saben jugar mejor ese juego. Desde el principio, el guion usa a los chicos para que sean ellos el lente por el cual las espiamos, y las observamos con ánimo y obsesión casi científica. Con los bien hallados sonidos electrónicos por parte de Air, la banda sonora amplifica los mensajes que la directora quiere dar: con ‘A Dream Goes Forever’, por ejemplo, advierte entre líneas sobre lo que estamos a punto de vivir. Sin embargo el desastre, la rueda de la vida sigue girando tan indiferente como un rociador de agua en el antejardín. El béisbol, una Miller Lite, el Padre Moody que visita, y las palabras que escasean. Coppola lo narra suave, casi imperceptible, más que drama, ella apuesta por despertar la curiosidad en el espectador. Y empieza a tirar sus lanzas.

Las Vírgenes Suicidas cuenta con un guion levantado como fuertísima crítica a esas madres que apuestan por cuidado y amor a través de una crianza conservadora, machista, cerrada y estricta que encarcela a las suyas en lugar de prepararlas para vivir. A esas muchas familias de mentes atolondradas por religiosidad mal entendida, que las anima a preservar a sus retoños para la eternidad, olvidando el “más acá”. Hogares que luego lamentan esa mano hecha puño cerrado que deja escapar el agua por falta de toque. El agua sucia le cae al padre también, por pusilánime y dejarse arrastrar por el sinsentido propuesto por la señora Lisbon; sus intentos de hacer las cosas diferentes no pasan de serlo, y más bien se ufana recordándole a cualquier pretendiente de sus hijas  su posición en el equipo de fútbol americano: “Una posición crucial señor, el último hombre antes la línea de gol”, como recuerda uno de los tantos enamorados de Lux. En el carcaj de Sofía Coppola hay flechas también para la Iglesia por inane y ciega, a la sociedad por incapaz y quedarse en la superficie en lugar de de actuar ante una tragedia anunciada. Y hasta cierto punto, la directora accede a una burla para el gusto del blanco anglosajón protestante (WASP) cuando deja ver el interior de sus casas, mientras alguna señora emperifollada critica el gusto de los católicos Lisbon.

Las Vírgenes Suicidas

Además, en Las Vírgenes Suicidas Sofia juega a darnos un rompecabezas para que ensayemos entender el mundo de los adolescentes que quizá hallamos olvidado. Sin estridencias deja ver las grandes diferencias entre hembra y macho, ese contraste de torpezas. En ello se hace importante este largometraje. Así, en su afán de acercarse a ellas, los vecinos coleccionaron sus objetos como suvenires. Fotos, cancioneros, esmaltes, invitaciones, diarios. Los amantes alienados sueñan con el objeto de deseo, y tratan de entender sus gustos y motivaciones. Otra vez vale recordar el dolor que causa añorar lo que nunca se ha tenido. Tim nos dice, después de un análisis de caligrafía, que Cecilia era una soñadora. La fotografía de Edward Lachman nos retrotrae a los 70 con imágenes de cámara de vídeo casera de esos años. La edición superpone los rostros de ellas y sus actividades, ahora es Cecile que nos habla generando la sensación de estar en su cabeza, oímos las voces de sus hermanas, y vemos lo que Cecile ve. Producto de su investigación, los vecinos llegaron a “tener recuerdos colectivos de cosas que no habíamos vivido”.

Las Vírgenes Suicidas

Imposible saber el afán que impulsa al otro. ¿Qué es lo que les sucedió a estas mujercitas? ¿Cuáles fueron las circunstancias que las llevaron hasta donde llegaron? Desde en frente de la casa no podemos saber mucho, solo especular. ¿Eran realmente venusinas, tan fuera de este mundo?, ¿por qué? A Lux se le va la pelota detrás de cualquier baboso, y no es envidia adolescente, hasta que por fin Marte entra en juego ocho meses antes de los últimos acontecimientos: Trip Fonteine. El que pasó de un exceso de marihuana a uno de amor por Lux desde que vio su chispa. Una vuelta al presente nos presenta a un devastado Trip que habla de ella como el amor de su vida mientras, de fondo, un documental sobre huracanes. ¿De qué sirve dar consejos sobre cualquier cosa?

En el último tercio la película va cerrando. Otra vez hay fiesta y la lista de chequeo está completa: permiso del cancerbero, los trajes, el carro, las flores, el aguardiente de durazno, la marihuana y ellas, y sus vestidos tipo costal. La directora vuelve y juega con la cámara, y nos enseña algo de Lux de lo que la sra. Lisbon no estaría orgullosa. Ellas van con los chicos en el Cadillac. Quieren conocer el mundo, y Lux es la más atrevida. Ella dice sí al trago de aguardiente, ella fuma, las otras le advierten. Ella las impulsa y 10cc suena de fondo con ‘I’m not in Love’. Una circulo de humo se eleva, el comentario y la plasticidad de la imagen deja muy poco a la imaginación. Trip y Lux son los reyes de la fiesta. Y él corona. Pero así sea una reina, el guayabo siempre jode. Y este fue devastador y arrastró a la corte. Ha llegado la Inquisición: el rock, los carros, el demonio que el fuego purificará. Kiss, Aerosmith. Pero el humo no solo sale desde el infierno. A las cabezas de la familia Lisbon se les olvidó que el calor no está en las sábanas, Un time-lapse deja pasar las semanas, y Lux se hace estrella porno. Ellas logran acceder al teléfono y gritan por ayuda, las canciones hablan por ellos y ellas, sus vecinos están por la causa y del intercambio de musical vamos al plan de fuga. La prueba de fuego para los eternos enamorados que imaginan viajes redentores cuando el sueño se hace realidad. Siempre falta algo. A veces lo principal. Como ellos, quedamos con muchos pedazos que no encajan.

La trivialidad de un reloj que cumple con el trabajo ingrato de tratar de significar el tiempo que no se suspende. ¿Cómo soportarlo después de una tragedia así? La sra. Lisbon dice que su familia era plena de amor. Pero todos sabemos con qué se pavimenta el camino al fuego eterno. ¿Cuál es el afán de cuidar a las niñas?, ¿de qué es que se deben cuidar? ¿Por qué son a veces las mismas madres las enemigas de criar mujeres independientes, fuertes, y conscientes de su cuerpo y sexualidad? Y vamos de fiesta otra vez, una fiesta de máscaras que despide el filme, el tono de la película se hacer verdoso, todo tiene ese tinte, todo luce de ese color, el sinónimo de la esperanza, mas acá dudo mucho que ese sea su significado.

THE END MAGAZINE