Desde los bíblicos Leviatán o Behemot, pasando por el Kraken escandinavo, hasta el latinoamericano Chupacabras, los monstruos siempre han formado parte del imaginario colectivo de la humanidad. Criaturas de características negativas, malévolas, que son ajenas al orden natural de las cosas. Seres sobrenaturales que inspiran miedo, repugnancia y cuya existencia siempre ha estado ligada, sobre todo, a la mitología y la ficción. Y si la presencia de monstruos han constituido siempre una parte de la narrativa humana, el cine no podría serle ajeno. El arte de las imágenes en movimiento ha sabido representar de diferentes maneras a esas criaturas. Comúnmente ligado a los géneros de fantasía, terror y/o ciencia ficción, el cine de monstruos se ha basado, como no podría ser de otra manera, en la lucha entre el humano y el engendro. La representación del monstruo empezó desde muy temprano, ya en 1915, desde Alemania, El Golem de Paul Wagener se erigía como una de las primeras cintas en contener criaturas sobrenaturales; no mucho tiempo después, en 1922, aparecía la tan usualmente mencionada Nosferatu (1922), de F.W. Murnau, cuya idea se dice surgió durante una conversación en medio de la primera guerra mundial. Como suele pasar, desde Estados Unidos no tardaron en encontrar un potencial comercial en este tipo de narraciones y desde los años 30 se empezaron a producir películas inspiradas por Frankenstein y Drácula. A partir de ahí, el resto es historia.

En cien años, desde aquellos tiempos de El Golem, todo cambia y de igual manera han mutado los monstruos. Basta tomar dos segundos de la Godzilla japonesa de 1954 y compararla con cualquier criatura o ser sobrenatural que hoy se ve tan seguido, para tener una idea de cómo los efectos especiales han llevado a los monstruos no solo a verse más reales, sino a verse más amenazadores. Y desde lo narrativo la mutación también ha sido enorme. Hoy en día ya no nos impacta un monstruo. Hemos visto tanto, que una criatura necrológica mitad humana, mitad animal, no es por sí sola suficiente para mantenernos pegados a la pantalla. Se ha normalizado tanto la presencia de seres sobrenaturales, que una película clásica de monstruos – la de humano vs engendro – ya se adivina como una trama aburrida, poco original. Pero he ahí lo interesante de este tema, hoy aún hay películas de este tipo y sí, de corte clásico. El Leviatán cinematográfico hoy en día no solo representa un ser que emergió de las tinieblas para atacar al hombre, sino una amenaza que refleja, mediante su existencia, miedos y turbaciones de la raza humana; una presencia que está ahí casi deliberadamente para confrontarnos con nuestras propias dicotomías. Porque a fin de cuentas, no hay monstruo más temible que el humano mismo.

Monstruos Modernos: El Cazador de Trolls, de André Øvredal (2010)

Der Golem

Así que con el ánimo de adentrarme un poco más en este tema, porque ver monstruos es tremendamente divertido, y sobre todo – y aquí no puedo mentir -, porque en materia de cine Escandinavia no suele decepcionar; me refiero a continuación a Trolljegeren o El Cazador de Trolls, una película noruega de 2010 escrita y dirigida por André Øvredal.

El Cazador de Trolls, de André Øvredal , funciona en todas sus formas. Lo conceptual se ve soportado magníficamente por lo visual en una historia en la que enormes criaturas humanoides destacablemente estúpidas, olorosas y brutalmente agresivas se ven, de hecho, muy reales.

Tres amigos, compañeros de universidad, se dan a la tarea de hacer un documental sobre lo que hay detrás de las inusualmente frecuentes muertes de osos en bosques y montañas noruegas. Sin embargo los tres aspirantes a Michael Moore no demoran en encontrar una verdad mucho más impactante de la que creían seguir cuando conocen a Hans, un enigmático tipo que tras no poder impedir ser seguido, termina por acceder a que los jóvenes vean a lo que se dedica: cazar trolls. Narrada como un falso documental, con el mismo estilo de cámara en mano de películas como The Blair Witch Project (La Bruja de Blair, 1999) de Daniel Myrick y Eduardo Sanchez, REC (2007) de Jaume Balagueró y Paco Plaza, o Cloverfield (2008) de Matt Reeves – para la cual prometo escribir un artículo aparte -, Trolljegeren nos muestra una visión muy particular frente a la existencia de la legendaria criatura. La trama de la película no solo gira en torno a un conflicto entre el humano y el troll – de hecho la primera aparición de uno de estos monstruos es sabiamente retardada por su director, lo cual, en conjunto con la cámara en mano, nos brinda un delicioso suspenso, y que nos invita a reflexionar sobre cierta teoría de conspiración, en la que el estado  ha sabido ocultar por cientos de años la existencia de estas bestias al ciudadano común. Y a partir de ahí se desarrollan diferentes temas que mucho tienen que ver con preocupaciones humanas modernas.

Trolljegeren (2010)

Una de ellas es la burocracia y la insatisfacción laboral de la clase media. El personaje de Hans, interpretado con encantadora veracidad por el comediante noruego Otto Jespersen, es un cazador profesional de trolls, un trabajo que suena muchísimo más interesante de lo que realmente es. Además de tener que poner su vida en riesgo básicamente todo el tiempo, tiene que vivir en secreto y estar disponible a toda hora (la caza de trolls debe ser de noche, la luz del día es letal para estas criaturas), esto al tiempo que su trabajo no es bien pago y tras cada expedición tiene que llenar un interminable papeleo. Al acceder a ser seguido por los jóvenes documentalistas, Hans da un giro sorpresivo y muy original a su personaje; es un tipo normal y la narración lo muestra como alguien que trabaja para subsistir, como lo hace cualquier otra persona, solo que en su trabajo se trata de matar seres mitológicos. En palabras de Hans, lo que él hace “es un trabajo duro y sucio”, lo cual contrasta con lo que opinan los jóvenes documentalistas sobre él. “En cierto modo, ustedes son los grandes héroes de Noruega”, le dice Thomas, quien conduce el documental, a Hans, refiriéndose a su labor y a la del TST (Troll Security Team) basada en mantener a los trolls lejos de los humanos. Esta afirmación apunta a esa noción que reivindica a los miembros de la clase trabajadora como los héroes anónimos del sistema, los que mantienen, en últimas, el statu quo.

Incluir a los trolls dentro de una cierta cotidianidad no podría ser posible sin tener en cuenta el ámbito religioso. En el universo planteado por el director André Øvredal, los trolls son especialmente sensibles al aroma de los hombres cristianos, el aroma de quienes creen en Dios. Lejos de plantear una discusión seria sobre las creencias humanas, el tema es abordado en una conversación de forma corta, pero reaparece sorpresivamente cuando se revela que Kalle, el camarógrafo del equipo, es cristiano, poniendo en riesgo a todo el equipo cuando se ven atrapados en un nido de trolls. Que un monstruo mítico pueda oler el cristianismo no hace sino contribuir cómicamente a la absurdez de todo lo que ocurre en pantalla y, probablemente, busque plantear la creencia en seres sobrenaturales (llámense trolls o llámense Dios) como algo, a su vez, totalmente absurdo.

Válido es mencionar además que Trolljegeren, correspondiente al género de horror, juega con las convenciones del género y expande sus límites tratándose, a su vez, de una comedia.

Trolljegeren funciona en todas sus formas. Lo conceptual se ve soportado magníficamente por lo visual en una historia en la que enormes criaturas humanoides destacablemente estúpidas, olorosas y brutalmente agresivas se ven, de hecho, muy reales. No es menos importante destacar que cada troll que aparece en la película pertenece a una subdivisión diferente de estas bestias y es mostrado consecuentemente con las descripciones que hace Hans. Si la magia está en los detalles, este es un filme que no dejó escapar ninguno. Hablaba anteriormente de la decisión de retardar lo más posible la primera aparición de un troll en pantalla y cabe mencionar que esta decisión, al igual que todas las que se tomaron en esta película, está precisamente justificada dentro de la forma de narrar. De esta manera, mientras seguimos la aventura de los documentalistas a través de la cámara de Kalle, nos es negada la posibilidad de ver el monstruo en todo su esplendor ya sea por la penumbra en la que han de ser perseguidos, por los tupidos bosques en los que se encuentran o por las mismas limitaciones de la cámara como el hecho de no poder registrar de noche – entre las secuencias mostradas con la clásica visión nocturna hay una especialmente interesante en una cueva plagada de estas criaturas-. Siguiendo estrategias narrativas de clásicas películas de monstruos tales como Jaws (Tiburón, 1975) de Steven Spielberg, pasamos del suspenso inicial cuando el monstruo se siente pero no se ve, hasta una confrontación final en la que el hombre se mide ante la bestia, en este caso en un setting polar donde la casi madrugada al fin nos da la posibilidad de ver en detalle al troll… ¡uno gigante! La limitación de la cámara reaparece en dos momentos claves en los que, respetando infinitamente el tipo de narración y rehusándose a caer en el cliché americano, se nos niega la posibilidad de ver en detalle la muerte de Kalle y en últimas, qué ocurre realmente al final con los personajes. Estos detalles le aportan realidad a la narración y regresa hacia el concepto de que en el cine, es más importante lo que no se ve, que aquello que se ve. Una crítica publicada por el New York Post nos invita acertadamente a “atrapar esta inteligente película antes que Hollywood lo arruine todo con un tonto remake”.

El Cazador de Trolls, de André Øvredal

Trolljegeren (2010)

Válido es mencionar además que Trolljegeren, correspondiente al género de horror, juega con las convenciones del género y expande sus límites tratándose, a su vez, de una comedia. Esta mezcla entre comedia y horror no es nueva, pero sí tiende a verse más en la gran pantalla. Ejemplos pueden ser The Cabin In The Woods (La Cabaña del Terror, 2012) de Drew Goddard o las también noruegas Dead Snow I y Dead Snow II (Zombies Nazis, 2009). Las flatulencias de los trolls en su cueva, las entrevistas a los cazadores de osos al inicio del filme o la especie de epílogo en la que el primer ministro noruego acepta la existencia de estas bestias son algunos de los momentos más divertidos del filme. Comentario aparte merece el proceso de falsificación de evidencias, mediante el cual se disfrazan los rastros de los trolls para hacerlos pasar como rastros de osos, proceso que contiene unos zapatos y bastones para simular pisadas de oso y un equipo polaco que contrabandea osos muertos.

Trolljegeren reinterpreta las criaturas pertenecientes a los cuentos de hadas nórdicos como verdaderos depredadores que amenazan la raza humana, preguntándose qué pasaría si elementos legendarios fueran ciertos en el mundo de hoy, cómo reaccionarían las personas al ver puesto en duda todo su sistema de creencias y, sobre todo, cómo reaccionaría el sistema al ver que tambalea. El Cazador de Trolls es, desde una perspectiva europea (o mejor, escandinava), una aproximación absurda y cómica, pero a su vez tétrica, a lo que significaría en nuestra sociedad moderna la existencia y el posterior descubrimiento de un monstruo.

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