The Leftovers, serie transmitida por HBO, basada en el libro de  Tom Perrotta y concebida junto a Damon Lindelof (Lost, 2004-2010; Star Trek into darkness, 2013) narra la historia de un grupo de residentes de la pequeña ciudad de Mapleton (NY), quienes, tres años después de la desaparición repentina del 2% de la humanidad, no saben cómo enfrentarse a la extraña naturaleza del evento, ni al hecho de haber sido dejados atrás.

Let’s face it.
We’re undone by each other.
And if we’re not, we’re missing something.

Judith Butler

Hay muchísimas maneras de imaginarse el infierno, para algunos puede ser ese lugar caliente y melcochudo en donde suena de fondo Ed Sheeran todo el día; para los argentinos es tal vez un lugar con pantallas gigantes en donde se proyectan en cadena los partidos que los han expulsado de cada mundial de fútbol; para muchos otros, podría significar ser parte de cualquier capítulo de Black Mirror y para los más cautos puede que, más allá de un lugar, se trate de la ausencia de uno (o la mera ausencia de Dios, como lo es para Ted Chiang); sea perder las coordenadas, perder a los seres queridos y no entender que después de eso pueda ser posible seguir viviendo.

En el universo de The Leftovers se ha perdido algo que parece mínimo, que no representaría ninguna estadística importante y que no daría para inaugurar un Centro de Memoria Histórica, ni mucho menos, pero que indudablemente marca un acontecimiento para la humanidad entera, algo así como un rapto bíblico, que se revela como una irrupción discontinua y reformula las coordenadas de lo posible mediante un cambio de orden fundamental. La historia transcurre tres años después de un 14 de octubre en que desaparece de la nada el 2% de la población mundial. Se enfoca en la familia Garvey; de la cual ninguno de sus miembros desaparece. Es muy difícil seguir llevando a los chicos a nadar los sábados o viendo Keeping up with the Kardashians cuando el mundo acaba de pasar por un apocalipsis que, por lo menos, es poco contundente. Demanda que en esta familia se revele una dimensión oculta de las cosas: donde ninguno puede seguir viviendo en los mismos términos, entre otras cosas, porque para perder a alguien no es necesaria ni la muerte ni la desaparición. Para iniciar la ceremonia de perder a alguien, solo basta tener la sospecha de que eso nunca va a pasar.

Kevin Garvey (Justin Theroux) es el jefe de policía de la ciudad, que debate su vida entre tener brotes de inestabilidad mental –matando perros en la noche–, con los esfuerzos por reagrupar a su familia que se ha desintegrado: Laurie (Amy Brenneman), su –próximamente– ex esposa, se ha unido a los Guilty Remnant, un culto cuyas bases son justamente defender que la familia no existe y recordar a como dé lugar que lo que sucedió ese 14 de octubre lo cambió todo para siempre; su hijo Tom (Chris Zylka) huye detrás de Holy Wayne, un tipo que con  abrazos libera a la gente de su dolor, y Jill (Margaret Qualley) es la hija abstraída en un grupo de amigos insípido que acaba de descubrir la sexualidad instantánea y banal –mísero bálsamo para el vacío– que puede darse en una fiesta.

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Justin

Una escena muy importante de Justin Theroux

Como toda persona que lleva una doble vida –y adjudicar esa cualidad siempre suena un poco más excitante de lo que realmente es–, Kevin ha perdido su hoja de ruta, ni siquiera  gracias a la “desaparición”; su luto proviene de antes, desde los planes incipientes de dejar a su esposa.

La serie, resulta absolutamente reveladora acerca de la naturaleza de la pérdida y el duelo; no solo el duelo que significa perder a alguien, sino el de perder el rumbo. La situación la homologa Gonçalo M. Tavares cuándo escribe:

entre la posibilidad de acertar mucho,
existente en la matemática,
y la posibilidad de errar mucho,
que existe en la escritura (errar de errante, de caminar más o menos sin una meta)
opté instintivamente por la segunda. Escribo porque perdí el mapa

The end is near

Ahora bien, The Leftovers no es un tratado sobre la pérdida, sino un ensayo sobre la búsqueda del camino a la perdición, en donde todos sus personajes están buscando su escritura, tratando de entender por qué siguen en la Tierra, por qué son las sobras de la humanidad. Espero no arriesgar más de mi credibilidad crítica al afirmar que no hace falta haber vivido una “desaparición repentina” para alguna vez haberse sentido también como una sobra de la humanidad: sin propósito ni fundamento. Sospechando además que usted viva en Bogotá o en alguna ciudad igual de incómoda, en donde las posibilidades de tener días de mierda son altísimas, le pronóstico que esta serie va a ser difícil de ver, entre tantas cosas, porque apelará a todos sus demonios adolescentes, y le hundirá el dedo en la herida de todos esos momentos en que quizá usted se haya sentido a la deriva; esa sensación de la que hablaba Michel De Certeau:

Andar, vagar es no tener un lugar. Se trata del proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio. El vagabundeo que multiplica y reúne la ciudad, hace de esta una inmensa experiencia social de la privación de lugar, pulverizada en desviaciones innumerables, ínfimas y polimorfas.

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A The Leftovers se le agradece que ocurra en un los suburbios (Mappleton, NY y Jarden, TX) y no en una gran ciudad como Nueva York (que alguien por favor me diga cuántas cosas graban ahí al día),  precisamente porque si el mundo se fuera al carajo, lo más lógico sería que la situación ocurriera en las condiciones más ordinarias: mientras uno está esperando un bus, desayunando, echando un polvo o en la consulta del médico, por ejemplo. Y es justamente que ocurra en un lugar cualquiera lo que hace que verla requiera un compromiso emocional serio. También hace pensar en la versión documental de esa desaparición inexplicable, de ese rapto bíblico que en un lugar como Colombia no se ha dado en cumplimiento de  promesas apocalípticas, sino que ha sido injustificable y anacrónico, como en las casas de pique de Buenaventura, y que seguramente ha sido menos de un 2%, como en el caso de los estudiantes de Iguala en México. Si se creyera en Dios, a uno le gustaría pensar que la desaparición es quizá alguna clase de ritual de expiación,  y luego, si uno fuera pragmático y creyera en la vida tal cual es, se percataría de la verdadera catástrofe, que es ignorar la naturaleza de la tragedia: sorpresiva e insospechadas, la tragedia que es pensar que nadie, nunca, va a cruzar una calle mientras un camión no hace el pare y lo atropella, o que no hay que hacer nada para que ese novio se quede o que nunca, nadie, se va a ahogar en una piscina a causa de un calambre.

Pero no, esa es la muerte o la huida, y la muerte tiene un cuerpo y la huida una explicación. Esto que pasa aquí es una desaparición masiva, sin causas o motivos aparentes. Ambos, duelos aplazados, que suponen, en Buenaventura, que un cuerpo que no se puede buscar, no se pueda llorar; en México, que sin un cuerpo no hay duelo, y en The Leftovers que es imposible aceptar cualquier explicación y que por eso, dar un cierre es inútil.

The leftovers

Así, el acto de estar a la deriva, que ya tantos artistas plásticos han usado hasta el cansancio sin parecer entenderlo del todo, gracias también a su hipismo mal interpretado, puede ser esto también: la pérdida absoluta de coordenadas, el vacío, todo aquello que se opone al significado. El acto de deambular puede sonar muy bonito cuando uno es un turista comprometido con jamás subirse a un bus de City Tour, pero no tanto cuando no es por opción, cuando estar a la deriva es el resultado de un tropiezo, de un semáforo que no debió cruzarse en amarillo, de una palabra dicha tarde, de “buscar lo que no se te ha perdido”. Es por esto que es apenas natural que la narrativa en The Leftovers sea tan críptica y que al verla casi siempre se tenga muy poca información sobre los motivos que han llevado a un personaje a cometer un acto atroz, cosa que más allá de añadirle suspenso, hace que sintamos en carne propia la pesadilla; es un infierno circular. The Leftovers no se trata de entender por qué ocurrió (“Let the mistery be”), ni el paraje de ese 2%; se trata de perder la ruta, de entender a través de un montón de simbolismos (un siervo, un Niño Dios raptado, un encendedor, unos perros salvajes) las prácticas inarticuladas que resultan de vivir una vida sin propósito, de tener una pérdida sin muertos.

The Guilty Remanant, primera temporada

Así como en nuestros países, en The Leftovers la tragedia colectiva ha incitado a versiones extremas de la fe, cultos que examinan las repercusiones de una pérdida comunal repentina y el vacío inherente de la gente que parece las sobras de la humanidad. The Guilty Remnant, el grupo predominante de la serie, se dedica a ser el recordatorio viviente de la tragedia, se visten de blanco, fuman en cadena como símbolo de su futilidad y pregonan que La desaparición recordó a todos que ni la familia ni el amor podían seguir existiendo, que el apego es una categoría distinta que tendría que destruirse (un Frankenstein  del primer testamento con la versión cojonuda del budismo), y basta ver el maltrato del que son víctimas por parte de la comunidad, para poder extrapolar el caso y hacer la conexión con las desapariciones forzadas en México y Colombia, en donde las madres de los desaparecidos también desaparecen, en donde los líderes sociales son asesinados; nadie quiere recordar la tragedia, así como Kevin Garvey y Nora Durst (brillantemente interpretada por Carrie Coon), lo deseable es seguir haciendo picnics en el jardín y hacer como si nada hubiera ocurrido. The Guilty Remnant –y en general toda la serie– son como esa piedrita en el zapato que uno nunca se va a poder sacar.

La familia de Nora Durst, reemplazada en muñecos por <em>The Guilty Remnant.</em>

Me gustaría decirle que no hay mejor serie para llegar a ver después de un día difícil en el trabajo, me gustaría poder asegurar que se va a comer la serie en una maratón y que al salir de cada capítulo va a tener la sensación tan refrescante que dan otras cuando se acaban y uno se alegra de no vivir allí, que del sueño se va a despertar y todo va a estar bien; pero no es así. Lo que auguro es que usted va a ver esta serie en la comodidad de su cuarto y cuando termine, salga y se encuentre con su mamá, con su esposo o con cualquier persona de nuevo, usted no va a saber cómo explicarle que algo dentro suyo está un poquito roto y que no importa si hace mucho sol afuera, porque usted está cagado del susto. Usted le va a contar que en el colegio hizo esas lecturas terribles, que los niños hablaban del apocalipsis, que usted vio Melancholia, The Day After Tomorrow  y War of the Worlds, que usted escuchó a la señora que se hace con falda larga afuera de su casa advertirle que el siguiente paraje era el infierno y que usted reenvío cuanta cadena hubo para salvar el mundo el 6 de junio de 2006 y todas las veces que el fin se re-agendó, pero que nunca, nunca, se le había ocurrido que de pronto podían haber cosas peores que la extinción completa del universo, que nunca pensó el caso con seriedad y que no había calculado que el peor sitio para deambular sería ese en el que estuviera en irremediablemente condena de la soledad después de dicha extinción.

"We are Living reminders"

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