The Handmaid’s Tale, adaptación de la novela de Margaret Atwood realizada por Hulu, actualiza–con un timing perfecto–, la pesadilla del feminismo, en la que la mujer tiene un valor únicamente reproductivo y los hombres tienen la potestad de decidir sobre sus cuerpos. ¿Le suena?

Puede que sea narcisismo o alguna clase de incertidumbre divina la que siento cuando leo algo y pienso que está escrito solo para mí; cuando veo una película y siento que me están hablando directamente. Puede más bien que sea el caso en el que al leer olvidamos que esa coincidencia es un accidente.  Y sin embargo, resulta imposible ver The handmaid’s Tale sin pensar en que la cosa está irremediablemente actualizada, supones de inmediato que el guion está hecho a propósito de Trump y dirigido a ese hueso duro de roer que es la ideología de género en Colombia, para luego descubrir que está basada en un libro de Margaret Atwood de 1985 y que su ficción especulativa asusta de tan cercana que parece.

The Handmaid’s Tale ocurre en un mundo que aunque distópico, es ultra limpio y organizado. La gente imagina siempre la distopía como la escenificación del caos (gris y robótico), y olvida que la infelicidad tiene formas infinitas de lucir. Si uno pasara por alto a los curas y homosexuales que cuelgan muertos en las paredes cercanas al río, aparte de  hacer evidente que sufre muy posiblemente una psicopatía, podría confundir la frivolidad y el aburrimiento del lugar con lo que antes era Estados Unidos. La historia transcurre, de hecho, en Nueva Inglaterra, pero se sobreentiende que es todo el territorio norteamericano el que ahora se ha convertido en Gilead; un mundo que  no se sonroja ni señala de “feminazi” a cualquier mujer que pronuncia la palabra patriarcado, sino que está orgulloso de creer que la sexualidad y la reproducción femenina son un asunto del que se tienen que encargar los hombres y el gobierno.

Conozca más sobre la serie en: The Handmaid’s Tale: la mujer como base de la sociedad 

El tiempo es un futuro cercano en donde se sufre de una crisis de fertilidad; son muy pocas las mujeres que aún pueden tener hijos.  La historia gira en torno a ellas: tras ser marcadas con una etiqueta roja pasan a cumplir, al igual que en la historia de la esposa y la concubina de Jacob, el papel de vientre familiar. No sorprende, que de la infertilidad jamás se cuestione si es la consecuencia de la alimentación transgénica que por años llevamos consumiendo o si en algo tiene que ver el abuso farmacéutico (supongamos, como lo harán los líderes de Gilead que es un castigo por tanto pecar). La crisis mundial, como en la mayoría de los casos, es traducida por la religión y el fanatismo y se le atribuye el carácter de plaga. Es en ese orden de ideas, en donde es apenas natural que sean los llamados “Hijos de Jacob” (firmes creyentes de las peores partes del Antiguo Testamento) quienes se hayan tomado el poder a la fuerza para crear un sistema de opresión, que gracias al lenguaje –siempre es gracias a él y en este caso a la violación se le llama “ceremonia”–, las únicas mujeres fértiles que quedan son violadas con normalidad como plan de acción para que la raza humana no se extinga.

La escena es grotesca –casi parece el primer video de la campaña de Ordóñez a la presidencia–, las Handmaids, como son llamadas las mujeres fértiles, pertenecen a una familia conformada por un comandante y su esposa; por lo cual, una vez al mes, el día de la “ceremonia”, se acuestan sobre las piernas de la esposa mientras son penetradas por el comandante. Más escenas igual de traumáticas van componiendo la historia de Offred, brillantemente interpretada por Elizabeth Moss, que si bien en MadMen me parecía flojisima con su actuación como Peggy Olson, aquí hace que baste una mirada para entender que esta mujer tiene que hilar su vida en una voz en off que sorprendemente no es cursi, para intentar mantenerse cuerda.

The handmaid’s Tale no es la historia de una heroína, es la historia de un testigo que no parece acostumbrarse al horror del mundo en el que está, una mujer que tiene que soportar la tragedia que significa no aceptar la brutalidad de la vida tal cual es y querer volver al punto de partida que ya no puede ser.

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Viendo The handmaid’s Tale recordé la historia que nos contó una profesora en clase de Español en el colegio. A las mujeres en la edad media se les obligaba a usar el maquillaje en pro de lucir como si estuvieran a punto de morir: piel blanca casi azul, párpados marrones y labios oscuros; si se rehusaban, corrían el riesgo de ser quemadas en una hoguera. Sin cuestionar la veracidad de la historia, nos preguntó qué habríamos hecho nosotras en tal situación. Siendo como somos las niñas complacientes de colegio femenino en Bogotá, levanté la mano y dije que yo habría peleado y me habría pintado los labios rojos, en señal de mi amor por la vida, sin mucha preocupación sobre mi muerte. Una niña mucho más sensata –al tiempo que lameculos– dijo que si fuera el caso, ella hubiera hecho lo que se le hubiera pedido con tal de no morir. La profesora no tuvo que decir mucho para que supiéramos que le hallaba la razón. Por eso me pregunto yo ahora –no sin algo de ambivalencia y siendo la primera en darse pena al decir esto– si no sería a veces mejor, en términos de practicidad, entender que lo que nos rodea no puede siempre complacer nuestros ideales morales. Es decir, que tendríamos que entender que a veces la falta de acción se da porque el entorno nos puede exceder y que Offred muy difícilmente, por más que se vea trastocada por su deseo de huir y reencontrar a su hija arrebatada por el gobierno, no puede hacer mucho para volver a la vida que tenía.

Pocas historias en la televisión actual vienen, como esta, para recordarnos que la ficción no siempre es un artificio que nos hace la vida más llevadera y feliz, sino que la ficción, desde la comodidad de la sala de la casa, es también un espejo que apunta directo y nos hace estremecer sobre lo ínfimo que puede ser nuestro poder frente a gobiernos totalitarios que usan sus políticas globales para controlar la vida privada del individuo.

The handmaid’s tale pone en evidencia, además, la obsesión moderna de tener niños. Uno alcanza a intuir que el vacío de esta sociedad es el miedo a ser un paria moderno, y que se debe demostrar a toda costa que se es alguien productivo y eso incluye ser el creador de más consumidores; este mundo horrible de Gilead sirve de excusa para mostrar que, en  parte, lo que se esconde detrás del deseo desmedido de tener hijos es la promesa de que los hijos traen la felicidad y que en un mundo en el que esta posibilidad ya no existe, no cabe tampoco el derecho a la búsqueda de ella por sí mismo, que a falta de este modelo Kitch de plenitud, las cosas irremediablemente tienen que cambiar. De ahí también que la implementación de una agricultura controlada sea lo único que no suena descabellado dentro de la cultura impuesta por “Los hijos de Jacob”. El mundo que plantea la serie de Hulu es un universo complejísimo en donde se prohíbe el amor, en donde se les explica a las mujeres que ahora pueden cumplir su única función vital bajo el marco controlado del hogar, en donde leer se castiga con la pérdida de una mano y decir palabras prohibidas con la muerte, pero que regresa a los valores de la comida cultivada en el jardín y el mercado que se redime en bonos.

Lo que se esconde detrás de estas premisas no es ni siquiera un proteccionismo cauteloso y bienintencionado, lo que se esconde es el miedo de no cumplir las profecías del progreso y el miedo latente que se huele en casi cualquier cosa producida en Estados Unidos; en donde las cosas que se distancien del libre mercado siempre serán el demonio.

De esta serie se puede decir que tiene un reparto y una fotografía maravillosos, pero que es justo en el subtexto demencial que quiere proteger la idea del sueño americano en donde falla un poco; es más, a veces pareciera que la única manera de ser libre siendo mujer es el modelo neoliberal norteamericano, que tanto usan las propagandas de toallas higiénicas y champús; para la muestra está la escena en que el comandante premia el silencio y el favor de jugar Scrabble de su handmaid, regalándole una revista de chicas, ¡wow pero qué atrevimiento intelectual!

A ver, lo importante es que usted verá esta historia alucinante, cruel y que le pondrá las tripas del revés. No tiene por qué pensar en ese término elástico y cambiante que es el feminismo, porque en eso se quedaría un poco corta, pero véala y que le sirva para hacerse una idea de cómo luciría el mundo ideal de Vivian Morales y la mayoría de las personas que salen a marchar en pro de la “familia” en Colombia, o al menos para que se estremezca por una historia con unas escenas que parecen salidas de las mejores películas de David Cronenberg y con un montaje paralelo cargado de sentido que le pondrá la piel erizada y le sacará una que otra lágrima.

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