Körkarlen (La carreta fantasma) es una de esas películas por las que quienes están contagiados con la cinefilia pierden la cabeza. La experiencia que se vive con ella es esa que todos los amantes del cine buscamos cada día y que nos motiva a salir de la cama.

Raras son, verdaderamente raras, las ocasiones en que tengo el placer de ver una película que satisface al completo todas las categorías con las que juzgo el cine. Esos raros momentos dependen tanto de factores internos de la producción como de factores externos a ella y que están relacionados con el contexto en el que tiene lugar el visionado de la película, eso incluye cosas tan variables e impredecibles como mi concentración, mi estado de ánimo, el lugar, el día, la compañía o la ausencia de la misma,…. Además, para que tan rara conjunción tenga lugar, también es necesario que suceda esa magia escalofriante del arte que abre las puertas del cuerpo, del alma y de la mente.

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Para que una película alcance mi estándar máximo de exigencia e ingrese al Olimpo de mi pequeño grupo de favoritas de todos los tiempos, tiene que tener, y voy a ser muy escueto, un guion que me quite el aliento y no me deje escapar; una dirección llena de genialidad y elegancia; una fotografía memorable y expresiva; el poder místico de encadenar mis ojos; capas y capas de significado que me permitan abandonar mi cabeza a la reflexión, al tejido de conexiones y a la elaboración de nuevos pensamientos, y un poder ineludible de producirme estados de hiperestesia.

De manera incondicional, una obra de arte debe atravesarme el cuerpo como una lanza, hacerme sentir su vibración de punta a punta, romperme la piel, los músculos, los huesos y los velos del espíritu para luego hacer de mí lo que le venga en gana, dejándome preñado de potencia estética. Vamos, que básicamente, en el caso del cine y de cualquier arte, una obra me tiene que poseer de manera mística y casi sexual y dejar en mí, como si fuera una virgen sabrosa y sumisa, su semilla de genio. A lo mejor pido demasiado de la vida, pero si no se le exigiera lo imposible a los genios, ¿qué sería de este triste mundo?

Pues bien, fui presa de ese rapto con Körkarlen, una película de la que no sabía absolutamente nada, de la que no tenía referencia alguna, como si hubiese estado, para mí, oculta bajo tierra aguardando a ser descubierta en el momento preciso. De su director, Victor Sjöström, tampoco había ni escuchado el nombre, y por más que he buscado en mis libros y notas, jamás pasó ese raro apellido por mis ojos (la prolongada invisibilidad de una película y un director tan geniales es para mí hoy un misterio, sobre todo al descubrir cosas como que, por ejemplo, Körkarlen fue una de las películas favoritas y más influyentes para Ingmar Bergman, quien decía de ella era “the film of all films”. De hecho, tanta era la afinidad y cariño que sentía Bergman por Sjöström, que hizo uso de su genio actoral en Fresas salvajes en 1957). También esta película tuvo una especial influencia en Stanley Kubrick, quien en su enorme The Shining (1980) hace un abierto homenaje a una escena de la película de Sjöström y con ella crea todo un ícono conematográfico.

Siendo así, la única carta de presentación previa a ver esta maravilla fue ese querido círculo de Criterion Collection girando en la pantalla mientras todo estaba en silencio. Digo que es un misterio esa invisibilidad porque Sjöström no fue cualquier pelagato; con más de veinte películas en su haber, dirigió obras que tuvieron no poca relevancia (y que luego de ver Körkarlen tuve yo la dicha de descubrir) como The Wind (1928) y The Scarlet Letter (1926).

Para empezar a hablar de Körkarlen hay que contar la historia que relata: Edit (Astrid Holm) una joven víctima de la tuberculosis, en su lecho de muerte, el último día del año, pide que llamen a David Holme (interpretado por el propio Sjöström) antes de que ella muera. “¿Pero quién cojones es David Holme?” es la pregunta inmediata que uno se hace como espectador y desde ese momento ya se es presa del misterio y la incómoda inquietud. Aunque la petición resulta absurda para quienes la reciben, siendo el deseo de una moribunda salen a buscar al sujeto en cuestión y, por supuesto, el condenado vago no aparece por ningún lado. Esta es la mamuschka mayor de la película; así es, esta es una narración en cajas chinas en una producción de 1921. “¿Pero qué diablos es esto que estoy viendo?” es el pensamiento que se vuelve dominante desde aquí. Una segunda historia: tres hombres con apariencia de indigentes están en el cementerio embriagándose para celebrar el fin del año. Uno de ellos resulta ser David Holme, quien les cuenta a los otros dos la historia (otra caja china) de un viejo que conoció años atrás, también un 31 de diciembre, quien le relató una terrible leyenda: la última persona en morir cada año es condenado a adquirir la maldita tarea de manejar la carroza de la muerte por un año humano, equivalente a un larguísimo periodo de martirio en el mundo de los muertos, relevando a su predecesor, y dedicarse a cobrar las almas de los pecadores. Ese hombre, presa del destino trágico, murió el año anterior, justo el último día del año.

La carreta fantasma

Cuando por fin llegan a buscar a David Holme para que vaya a cumplir el último deseo de esa mujer moribunda, este se niega para seguir bebiendo, porque es básicamente un desgraciado borracho y psicópata. Sus compañeros de juerga, indignados, se lían a golpes con Holme, quitándole la vida en el último minuto del año. Por supuesto, aquí aparece entonces aquel mismo compañero que le contara la terrible leyenda de la carroza de la muerte y le anuncia que él deberá tomar su lugar en tan triste tarea. Y aquí viene una muñeca rusa más, cuando, como una negra y sórdida relectura del fantasma de Carroll, ese cobrador de almas le muestra a Holme cómo se degradó su vida por culpa del alcohol y cómo arruinó la vida de todos los que, a pesar de ser un patán indeseable, lo amaban. Hasta ahí cuento para no arruinarle a nadie las sorpresas del final. “¿Pero qué condenada genialidad es esta?” es ahora el pensamiento que impera al ver la película.

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Bueno, esto por sí mismo no implica nada más que un interesante esquema narrativo muy curioso para su época, sin embargo, en esta película ese sistema de cajas chinas permite un flujo narrativo que se mece como la marea llevando al espectador por una aventura emocional que arranca ya en un pico de intriga del que uno no puede soltarse. Se termina entonces inevitablemente atrapado en ese laberinto de historias porque, además, todas son fascinantes y presentan unos personajes tremendamente complejos y sórdidos, empezando, cómo no, con el de David Holme, quien tiene detalles tan dicientes y memorables como aquel de arrancar los remiendos que le hiciera la buena de Edit en sus desgarradas ropas de indigente, solo por el placer de la humillación y el desprecio más deshumanizados.

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A nivel visual, los recursos están impecablemente utilizados. Obviamente son limitados; a fin de cuentas estamos empezando los años veinte, el cine es aún un arte que gatea, e incluso los procesos de su arte materna, la fotografía, son todavía muy jóvenes, pero eso no detiene de manera alguna a Sjöström, quien recurre a la doble exposición para generar el efecto de lo fantasmagórico. Un recurso que nos podría parecer ridículo en estos tiempos en que el digital permite la creación de mundos fantásticos, pero que resulta natural al ojo, hasta el punto de que me atrevería a decir que si su director hiciera esta película hoy, utilizando las mismas técnicas visuales, se vería perfecta y no extrañaría al ojo.

Aparte de esto que es lo más obvio, la película hace uso de una composición pictórica fluida y expresiva que además se alimenta de unos negros y grises llenos de riqueza que hacen casi sentir texturas de oleo seco.

Sumémosle a esto el hecho de que los actores, apoderándose de esos personajes tan complejos, hacen de las suyas y lo dejan a uno boquiabierto, especialmente los dos protagonistas.

Sjöström es un hechicero que consigue anclar los ojos a la pantalla incluso en planos larguísimos y que lleva al espectador a su mundo oscuro y tenebroso con una facilidad pasmosa. Crea de esta manera la que posiblemente sea una de las mejores, si no la mejor, película de misterio y temática sobrenatural que haya tenido yo el placer de ver.

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Todo en esta película está al servicio de una gran capacidad de moción de las pasiones y de impacto al alma que genera experiencias hiperestésicas constantes. La experiencia de verla es incluso agotadora y hacerlo en soledad, como yo lo hice, se torna horriblemente frustrante, hasta el punto de querer salir por la ventana a gritarle al mundo que esto existe y debe ser visto.

Qué inútil e incompleto se siente uno cuando descubre que lleva toda su vida sin conocer algo tan grandioso. Pero qué invaluable es la sensación de descubrir algo sensacional; ese placer solo se vive una vez con obras como esta y ya solo queda invitar a otras personas a que lo experimenten también.

Esta es una de esas películas que dejan en quien las ve por primera vez la promesa de volver a ese paraíso perdido que implica descubrir una joya única; eso que hace que jamás podamos parar de ver más y más y más cine.

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About The Author

ANDRÉS VÉLEZ CUERVO

Licenciado en Filología Hispánica de la Universidad de Salamanca, magíster en Literatura de la Universidad de los Andes. Escritor, guionista, productor, investigador, crítico, docente y editor. Colabora con diferentes medios impresos y digitales, así como con entidades privadas y universidades, como docente, crítico y asesor. Actualmente trabaja como escritor y productor en Oveja Eléctrica. Es autor de los libros sobre cine "Cómo cargar una Colt con una locomotora en llamas. Una aproximación teórica y una posible delimitación a la metáfora cinematográfica" (EAE, 2015) y "República Noire. Cine criminal colombiano (2000-2012). En busca del cine negro en Colombia (Cinemateca Distrital, 2016)".

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