En entrevista con The End Magazine, el director chocoano Jhonny Hendrix Hinestroza habla sobre el origen y proceso de realización de su obra: Saudó: laberinto de almas.

La bruja entró en trance; al menos eso expresaban sus ojos, si es que algo pueden expresar unos ojos  muy abiertos, con el iris y pupila ocultos tras los párpados. Una voz como de ultratumba emergió de sus labios y trajo del pasado una historia de la época de la esclavitud, sobre un pueblo anclado en la selva del Pacífico colombiano, adonde llegaban los esclavos que huían de sus captores  para someterse a un rito que los hacía invisibles, y ocultarse así para siempre de sus perseguidores.

Lo que esta bruja, en su éxtasis macabro, no pudo prever es que esa, su historia, daría origen a otro relato, uno contado ya no con el artilugio de la brujería sino con la hechicería del cine. El hombre que la observaba en su trance retrospectivo era nada más y nada menos que Jhonny Hendrix Hinestroza, quien después de esta experiencia, de esa casi inverosímil epifanía, le daría vida con su propia magia a Saudó: laberinto de almas (2016).

Saudó

Tal vez le interese: MENTES ENFERMAS II: SCHRAM, DE JÖRG BUTTGEREIT

Es este un filme de suspenso, como pocos en la historia de la cinematografía colombiana, que mezcla leyendas y tradiciones paganas del Pacífico con la narrativa oscura del género de terror, una fórmula más que apropiada para una audiencia tan ávida de rozar lo desconocido, lo sobrenatural, al menos desde la comodidad de la sala de cine y bajo el suave crujir de las crispetas.

Trata sobre la búsqueda de lo inevitable, del pasado o el porvenir, personificada en un médico y su hijo, que tras una serie de mensajes y llamados, de sueños y premoniciones, acompañados como debe ser del misterio, el suspenso y la locura, deciden emprender su camino hacia Saudó, un lugar atado al pasado del hombre y oculto entre los laberintos de la manigua. Una obra capaz de conducir al espectador en ese recorrido desde la ciudad hacia esos lugares remotos de la selva, con sus personajes a un mismo tiempo perversos y espirituales, que bien pueden vivir en realidades vírgenes o en la mente cinematográfica de Jhonny Hendrix.

“Me da miedo el cine de terror”
Saudó

Johnny Hendrix Hinestroza, Director de Saudó

La santería y la brujería son el discurso principal y el trasfondo sobre el que se apoya el argumento de la obra, y aun cuando hubo un amplio proceso de investigación, la información recopilada fue tanta que el equipo decidió dejarse arrastrar más por la ficción.

“Nos quedamos sin embargo con el relato narrado por la bruja –dice Jhonny–. Me conmovió lo suficiente como para empezar a escribir un guión en la que aquella leyenda prevaleciera y se mantuviera. La historia era muy buena y creativa. Valía la pena hacer una película basada en ella. Era esa la premisa más contundente del filme”.

Además, la brujería es un tema aún actual y lo será por mucho tiempo, pues, según Jhonny, prácticas como la de la bruja que atestiguó siguen presentes.

“La gente todavía tiene este tipo de creencias –señala–. Aún hay personas que acuden a una bruja para recuperar un amor perdido. Nuestros abuelos aún amenazan a los niños con historias sobrenaturales para que se comporten. Esa mística de hablar sobre lo desconocido, lo oscuro, lo denso va a prevalecer”.

Sin embargo, hubo una razón adicional para que esas leyendas tomaran la forma de un filme del género de terror en la mente de Jhonny, que nace de su sensibilidad y de su capacidad de observación.

“Una noche –cuenta el director–, mientras hacíamos la investigación, nos quedamos en una hacienda en el Pacífico. No podía dormir. Salí de la casa y empecé a caminar. Al frente mío estaba el monte, el comienzo de la selva. Era densa y oscura. Era como mirar un abismo desde la cima de un edificio muy alto. El abismo de algún modo te invita a saltar, pero sabes que si saltas te mueres. Asimismo es la selva, la oscuridad y lo desconocido; presientes el peligro de entrar en ella, pero te atrae. El Pacífico está plagado de historias densas, pero además el terreno, la geografía, el lugar como tal asusta, te hace respetarlo y ser cauteloso. Esas sensaciones me llevaron a tomar la decisión de hacer una película de suspenso y terror en ese escenario”.

El sentimiento de esa noche, temeroso frente a la selva, pareció refugiarse en el interior del cineasta, para después emerger en el proceso de escritura. “Fue una etapa muy difícil –cuenta–, pues en ese instante de soledad los miedos salen a flote. Uno se imagina cosas que terminan trastornando la cabeza. Es un ejercicio titanesco de un hombre solo luchando contra demonios”.

Saudó

Luego vino el reto de la producción, que implicaba una mirada y técnicas diferentes según las exigencias de este género: cómo dirigir los actores, cómo hacer el planteamiento de la cámara, cómo permitirle navegar en la locación, cómo darle el tono a un filme de esta clase.

“Fue una experiencia compleja –señala–. Desde pensar la película, teniendo en cuenta el hecho de que era necesario introducir efectos visuales en la postproducción; saber si la música, que tanto había imaginado y soñado, se mezclaría de forma ideal con las imágenes creadas, hasta la selección del equipo idóneo para este proceso”.

Pero es precisamente en la conformación de un buen equipo donde reside el secreto de un buen director, pues, como indica Jhonny, este al final le dará forma a la armadura que se requiere para batallar cualquier guerra, y para este caso, en sus palabras, eligió personas que se comprometieron muy bien con la realización de la obra.

Otro de los retos para el director era el enfrentarse a realizar una obra de un género que no había explorado y que además no frecuenta, ni siquiera como espectador. Las únicas cintas de terror que afirma haber visto son La profecía (The Omen, 1976), El resplandor (The Shining, 1980) y El conjuro (The Conjuring, 2013). “Las películas de terror me dan miedo –señala–. Para mí el cine tiene magia, porque en verdad me hace creer las historias que veo. Me meto demasiado en ellas. Por eso evito obras de ese tipo. Me obligaron a ver La profecía cuando era un niño, y no pude dormir por una semana”.

Por eso asegura no haber tenido influencia de una película de este género para la realización de Saudó. Además, no ve cine tres meses antes de comenzar el rodaje de una obra, como queriendo purificarse de imágenes que puedan enturbiar su percepción. “Procuro limpiarme de lo que conozco visualmente –explica–. Intento que el ojo se recree en lo real y no en una planimetría o estilo ya dictados. Prefiero llegar a la locación y saber que estoy descubriendo una nueva historia con mi propia mirada”.

Un laberinto y la laguna Estigia
Saudó

Johnny Hendrix durante la grabación de Saudó

 

Tal vez le interese: “VIRGINIA CASTA ES UNA LOCA”: PATRICIA CASTAÑEDA

Saudó: laberinto de almas integra en una sola historia varios de los componentes del género del suspenso y el terror: la aparición repentina de muertos y la locura que provocan; símbolos ominosos de la muerte, como moscas o aves carroñeras; sueños que confunden la realidad de los personajes; los dibujos infantiles de un niño que develan secretos y envían advertencias; aves que se estrellan contra las ventanas; paredes que sangran, etc.

Y también sobresale el móvil, el misterio por resolver, el faro que desde la distancia orienta a los protagonistas y hacia el cual confluyen las señales y mensajes que agobian la rutina de los personajes. Se trata de Saudó, el nombre del pueblo, hacia el cual deben llegar el padre y el hijo por ese llamado desconocido, proveniente del pasado, del más allá, y donde residen las respuestas; nombre cuyo enigma sobrepasa incluso los lindes de la película.

“Un amigo le puso ese título al guion después de haberlo leído –cuenta Jhonny–. Me dio varias explicaciones del porqué sugería ese nombre; pero a mí me llamó la atención sobre todo su sonoridad y cómo se acoplaba a la historia. Después de hablar con muchos indígenas en el Pacífico, me enteré que en una lengua aborigen ‘saudó’ significa ‘encuentro de almas’; fue una casualidad que la palabra tuviera ese significado tan apropiado para la obra”.

De la rica simbología de la cinta, relacionada con ese universo místico de la santería y la brujería, resalta además la presencia de los gallinazos, esa ave carroñera tan presente en el paisaje del campo colombiano, que trae consigo una fuerte carga de muerte y de malos presagios. Así, este animal va haciendo entrada en la obra, casi como un personaje adicional, al principio con tímidas apariciones en el entorno urbano y luego en forma de agobiantes bandadas que cubren de negro los cielos con sus vuelos circulares, en aquellos hemisferios en los que reina, como en la selva.

“En las investigaciones que hicimos –explica Jhonny–, descubrimos que las brujas de las leyendas que encontramos no vuelan en escobas, como se suele creer, sino que se convierten en pájaros, y el gallinazo era un ave ideal para dar esta idea, porque además de ser característico de la región colombiana, es feo y abominable”.

Con todos estos elementos, más una banda sonora apropiada, la pieza teje un laberinto esquizofrénico desde un plano humano hasta el más allá, y para llegar allí se hace menester cruzar esa frontera, bajo la guía de la bruja, que ya no necesita los ojos para ver, y que al modo de Creonte conduce en una barca a los personajes, navegando por una laguna Estigia que desemboca en un Hades en forma de manigua en medio del Pacífico, donde la vida toma rasgos informes por esa cercanía con la muerte, donde lo desconocido e intocable se materializa en los ritos paganos de nigromantes salvajes, bajo el vuelo agobiante de los gallinazos.

Saudó

“No sé si salí bien librado con esta obra –afirma Jhonny–, pero sí sé que aprendimos mucho. Me quedaron más preguntas que respuestas, y son respuestas que debo encontrar. Conservo un conocimiento muy valioso y una energía muy agradable de haber rodado una película de suspenso”.

Una constante exploración

La experiencia como cineasta de Jhonny Hendrix Hinestroza es integral. Ha intervenido en piezas sobresalientes como Dr. Alemán (2008), en la que se desempeñó como Productor Ejecutivo, o Perro come perro (2008), como Jefe de Producción, entre otras, y además dirigió, escribió y produjo Chocó (2011), su ópera prima en largometrajes.

Gracias a esa posibilidad de ver el cine desde distintos ángulos, ha participado en piezas muy diversas, que van desde la animación, el suspenso, el drama hasta el cine de autor, y no tienen un estándar marcado. “Hacerlas ha sido una constante exploración –señala–; quisiera en algún momento decir que hice de todo”.

Saudó

Y así como diversa es su filmografía, también lo son sus gustos. Afirma ver todo tipo de cine. Desde el francés hasta el de Hollywood. Desde el iraní hasta las películas de superhéroes. Y aunque confiesa no tener un director favorito, elegiría, si tuviera que hacerlo, a Won Kar Wai, el realizador hongkonés conocido por piezas legendarias como Ashes of Time (1994), Con ánimo de amar (In the Mood for Love, 200) o la más reciente The Grandmaster (2013)

Es quizás por esa variedad en su afinidad cinematográfica que Jhonny Hendrix no titubea al afirmar que escogió realizar una película de terror por la taquilla, porque este género, así como la comedia, es lo que le gusta a la audiencia. “Y el resultado me tiene hasta ahora muy contento”, dice con orgullo, y deja entrever que quizá Saudó tendría una secuela.

No obstante, su próximo proyecto es una tragicomedia que rodará en Cuba, que trata sobre una pareja de viejos, de 75 años, que no tuvieron hijos y ya no tienen relaciones sexuales, pero que descubren de nuevo el deseo grabándose el uno al otro con una cámara.

El cine colombiano está en la adolescencia

Saudó

Para Jhonny, es difícil predecir el futuro del cine nacional, pero sí puede reflexionar sobre su pasado y su presente. “En Colombia el cine está mutando –afirma–. Ya nació, ya gateó, ya dio sus primeros pasos. Ya aprendió a leer y a escribir. Ahora está en la adolescencia. Es más rebelde y trata de encontrar una personalidad. Aún no ha hallado su estilo, pero está en su búsqueda”. Considera que habrá puestas en escena mucho más brutales y fuertes, y con el tiempo se hará más definido, más maduro y con mayor personalidad, como sucede en Argentina y México.

Sin embargo, según explica, el público colombiano se está quedando corto en su relación con los adelantos cinematográficos del país. No le está dando la oportunidad a esta industria porque no la conoce, indica.

“Es difícil lograr una exhibición respetable en las salas –agrega–,  y por ello la audiencia desconoce la amplia amalgama de estilos que se están realizando y se concentra en un solo género. Cambiar esto es responsabilidad de todos; debemos ayudar a la audiencia a entender el momento tan importante que vive la cinematografía nacional en la actualidad, que va a seguir cambiando y va a alcanzar una madurez lo suficientemente fuerte como para tener cine para rato”.

THE END MAGAZINE