David Cronenberg tiene una filmografía donde quizas se entrevea la ambíguedad y tibieza de los canadienses, y fácil pasa como otro director de E. U. A. Sin embargo, el torontés ha encontrado siempre la manera de deleitarnos mediante su voz propia en la pantalla grande. Asunto que lo graduó en el nuevo milenio como un cineasta, como el autor que siempre quizo ser.

El siglo pasado: el horror corporal

A finales de los años 80 era yo un adolescente al que le gustaba leer libros de terror. Afición que no se extendía directamente a las películas de ese género, prefería las de ciencia ficción, las de acción y de ‘vaqueros’. No estoy seguro si fue en el 87 o en el 88, pero sí recuerdo que en el teatro Pigoanza —socialmente obligatorio los viernes por la tarde en Neiva— fue donde tuve el placer morboso de ver La Mosca (1986). Sin saberlo, y sin tenerlo en cuenta hasta una década después, así empezó mi seguimiento a la obra de este realizador.

La Mosca (1986) es una película de terror donde tenemos al típico científico genial que, llevado por su confianza, decide probar él mismo una máquina de teletrasportación de su autoría. El director nos da una pista de lo que luego ocurrirá en el filme, y con eso aumenta y sostiene el suspenso: todo el rato nos preguntamos cómo va a terminar el experimento que en principio resulta exitoso. Años más adelante me enteré que Cronenberg venía trabajando desde hacía dos décadas antes de dirigir este film. Además, que este no era uno ‘original’ si no un remake de otro hecho en 1958 —sigue en pendientes— por Kurt NeumannLa Mosca es una película de terror alejada de lo que mandaban los libros cuando es un filme que no mantiene el ritmo trepidante propio del género. La escena de Geena Davis dando a luz, que raya el cine B de terror de los ochenta, habla de los riesgos que siempre ha asumido el canadiense y detalla que lo visceral es mostrado por él con calma y sin arrebatos. Pasaron años después de esta primera aproximación a su obra para entender que desde La Mosca ya se ven muchos de los afanes que recorren obra de este autor: alienación y la soledad, la tecnología, el cuerpo y la enfermedad, lo grotesco, lo real y lo imaginario.

 David Cronenberg

Escena de La Mosca de David Cronenberg

En 1990 era Stephen King el escritor del que más había leído novelas —el gusto por el terror no se había ido—. Alguna vez en ‘Video Pioneer’, el alquiler de películas en betamax de la calle 13 con Av. Quinta de Neiva, me encontré con La Zona Muerta (1983). La premisa no podría ser más simple; Johnny Smith, Christopher Walken, ni más ni menos, es un profesor de literatura que al salir de un profundo coma tiene ciertas habilidades mentales que le permiten ver el futuro. En su momento quedé fascinado por el cómo se veía el libro en la pantalla. Un proyecto encargado al que él dijo sí sin pensarlo mucho, y al que se refiere como “el comienzo de mi aventura con Dino Delaurentis [el productor]”. No obstante un guion no escrito por él, lo que en su concepto complicaba sus intenciones de ser visto como un autor en el sentido francés[1], La Zona Muerta sigue considerándose una de las películas más logradas por el director y donde se nota claramente su mano en ese ritmo ‘lento’ para el terror y la ciencia ficción, géneros donde se le enmarca.

En 1996 Crash compitió en el Festival de Cannes, galardonándose con el Premio Especial del Jurado —en 1998 se llevaría el premio a la Mejor Película Alternativa Para Adultos—. Llegaría a Colombia en 1997 con un aire de película de culto. Esta vez fue el cineclub de la universidad el lugar donde me encontraría otra vez en el universo de Cronenberg. Con el libro de Ballard en la memoria —la película es una adaptación (?) de la novela con el mismo nombre— fui a verla más porque confiaba en cuatro de sus actores: Holly Hunter (Ada en El Piano 1993), James Spader (Michael Boll en Malas Influencias 1990), Elias Koteas (El Liquidador 1991) y Rosanna Arquette (Jody en Pulp Fiction 1994), acompañados de la imponente Deborah Kara Unger. El apellido Cronenberg no me decía mucho hasta ese día. Spader es James Ballard —el mismo nombre del escritor—, un productor de televisión que sufre un accidente de vehicular por medio del cual conoce una extraña gente que le lleva junto a su esposa a reencontrar sus vidas sexuales. Cronenberg arranca su trabajo donde lo terminó Ballard[2]. Y nos lleva a conocer a un grupo de personas que se excita y busca clímax sexuales en accidentes automovilísticos haciéndose un film que roza la pornografía, tanto por el tema tratado como por el cómo lo muestra, pero se aparta de ella en la elegancia —los típicos planos del director no son usuales de este tipo de filmes para adultos—. Ese es el primer escándalo. El segundo, el que debería importar, va en esas subcapas donde la mirada de Cronenberg se hace intensa, pero sobre todo desgarradora y de crítica de la sociedad y a lo que ella ha hecho con los individuos. El hombre planea, construye e intenta todo para hacerse mecánico; pero es todavía el hombre el que maneja la máquina, el que se mueve por la autopista, el que se distrae, el que incumple sus propios mandamientos, el que experimenta, el que hace fallar toda planeación mientras la máquina solo obedece. Crash se hace entonces además una bellísima, por cruenta, forma de mostrar la lucha interna de cada ser humano entre el espíritu de la carne contra el de la razón. Mensajes que calan profundo por la eficacia de la banda sonora original de Wiredsphere.

Elenco de Crash

Por fin entonces sentí la real pinchazón. Como la sustancia que Bill Lee consume en Naked Lunch (1991), ya era yo adicto a lo que hacía el canadiense. Fui a buscar más para envenenarme para encontrarme con su versión de Naked Lunch. Alguien dijo que esta adaptación era algo inevitable, y que como en La Mosca, esta fusión llevaba preparándose por más de 20 años a través de la experimentación que Cronenberg con las sensibilidades de Burroughs. Verla me producía mucho morbo, porque quería saber cómo había hecho un cineasta para llevar una novela inadaptable, por lo esquizofrénica, al cine. Un viaje de drogas a través de los ojos de una leyenda viva en ese momento, que influía la cultura underground popular juvenil, el rock y el punk en todo sentido: don William S. Burroughs en el VHS. Peter Weller (Robocop en Robocop I 1987 y II 1990) encarna al mismísimo Bill Lee, uno de los alias usados por Burroughs, y su monótona vida hasta cuando en una reunión de amigos y esposa adictos, Bill Lee asesina, jugando su versión de Guillermo Tell, a su esposa de un balazo y debe exiliarse en la Interzone: y comienza la verdadera alucinación. Otra vez con la cabeza cuadrada, y a buscar si lo visto era o no una adaptación —los libros mejores que las películas era una afirmación que aún me pesaba en aquel entonces—. Cronenberg dice que él debió fundirse con Burroughs para presentar en la pantalla Naked Lunch[3]. Como resultado en el film el director trae lo fantástico de su cine en forma de cucarachas parlantes, máquinas de escribir sexuadas y monstruos. A ellos suma un popurrí de textos: cartas a Allen Ginsberg, su amante y poeta beat, documentos autobiográficos[4], que combina justo, y sin necesidad de calzador, para presentarnos más que una adaptación del libro un video ensayo sobre el artista que es Burroughs. Así como Crash me hizo fiel a Cronenberg, Naked Lunch me hizo promiscuo en cuando a la originalidad de las narrativas.

 David Cronenberg

David Cronenberg, William Burroughs y Peter Weller

El nuevo milenio: más allá de lo físico

Después de 1996 me encontré con M. Butterfly (1993), ExistenZ (1999) y Spider (2002). Ninguna me funcionó tan bien como las primeras dosis. Repetí un par de sus anteriores trabajos hasta que por fin la sequedad llegó a su fin con A History of Violence en 2005. Cronenberg nos lleva a un pueblo típico de su tocayo Lynch y en medio de la ‘américa profunda’ nos presenta a Tom Stall (Viggo Mortensen), un vecino de pueblo con la vida perfecta que en un acto de defensa propia se hace héroe en su pueblo, y por ello enfrenta las consecuencias de este acto mirando a los fantasmas de su pasado: Carl Fogarty (Ed Harris) y Richie Cusack (William Hurt). Este pueblo en Indiana es mostrado por el autor con esa cercanía y a la vez distancia que le permiten el ser de afuera y su forma de mostrarlo se diferencia de su homónimo estadounidense por medio de un guion lineal, sin recovecos, sin subliminales; sin embargo, no menos perturbador. Una Historia de Violencia es una película de acción a lo Cronenberg. Lo que quiere decir que tiene más diálogos que peleas y balas y que su ritmo es catártico y en ella él encuentra una nueva forma de encarar sus motivaciones, de saber llevar sus contradicciones. Y las de sus personajes: ¿Por qué le mintió Tom a su esposa Edie (Maria Bello) durante tanto tiempo? ¿Afán de protección o negación? Y más preguntas quedan: ¿son verdaderos los principios o mutan de acuerdo a la circunstancia? En una entrevista el director de Toronto, declarándose darwiniano, dijo que la violencia es un elemento más de la evolución humana. Ahí encuentro la respuesta que él nos quiso dar, sobrevive el más fuerte, nos reclama que nos hemos venido haciendo débiles.

Un par de años y presentó otro éxito comercial —no, no se terminó vendiendo—: Eastern Promises (2007). ¿Una película de Navidad, una de suspenso, de mafia, o todas? Las posibilidades están abiertas cuando fue hecha por Cronenberg. Lo que significa que acá los personajes son más importantes que los intrincados movimientos internos de la mafia rusa en Londres, de los lazos familiares, y de lo que nos une al lugar de origen: la lengua, la comida, las tradiciones; todos elementos por donde se va moviendo el guion. Anna Khitrova (Naomi Watts), una partera que ante el fallecimiento de una madre decide quedarse con su diario y el huérfano. Un diario que la deja en relación con Semyon (Armin Mueller-Stahl) el jefe de la familia con Kirill (Vincent Cassel) como su hijo y Nikolai (Viggo Mortensen) su chofer desde el día de Navidad hasta el de Año Nuevo. Pero donde está realmente el meollo del asunto es en las búsquedas internas de estos personajes, sus ambiciones y sus deudas. ¿Qué nos hace humanos? ¿Cómo un semejante deja de serlo? ¿Qué trato merece? Por buenos o malos, por ingénuos o marrulleros, conciente o inconsientemente, cualquier persona puede llegar a dejar de ser parte de este colectivo que llamamos humanidad. Y tal vez, Cronenberg, con Vigo encarnando magistralmente a ese innefable hombre llamado Nikolai, ahonda aún más en el pasado que Tom —el de Una Historia de Violencia— quiso dejar atrás. El torontés intuye que el morbo de sus coreligionarios quiere saber más de las habilidades que en ese pueblito en Indiana Tom quiso dejar atrás.

Me toco esperar, porque ya a esas alturas sus películas las esperaba, cuatro años hasta que me volví a encotrar a la salida del cine pensando en qué me había querido decir con el A Dangerous Method (2011). Un film que a pensar de la buena dirección artística, que hace sentirse en la época, y del buen ritmo en el desarrollo del guion — de Christopher Hampton de su obra de teatro The Talking Cure— no logró atraparme del todo en medio de su particular revisión al nacimiento del psicoanálisis. A comienzos del siglo pasado, en los años previos a la Primera Guerra Mundial, Carl Jung (Michael Fassbender) está implementando el método llamado “Curación por la Palabra” para el análisis de pacientes con problemas mentales que venía desarrollando en Viena su mentor Sigmud Freud (Viggo Mortensen, secundario de lujo), con el que mantiene un interesante intercambio de ideas. Jung recibe en tratamiento a Sabina Spielrein (Keira Knightley), y termina por encontrar que sus trastornos son producto de traumas infantiles y obsesiones sexuales contenidas. Un drama histórico con tintes románticos es la tercera colaboración de Mortensen, y Jeremy Thomas —productor de Naked Lunch y Crash—. Y tal vez Un Método Peligroso no me llegó del todo porque me esparaba algo más parecido a lo que venía recibiendo de él; o porque la herencia teatral de guion es evidente. Pero mi gusto, ni más faltaba, no demerita que esta sea una obra sorprendente y la más clásica en toda su filmografía.

“Fue un lujo haber podido visitar Viena y poder filmar en la casa en la que él [Freud] vivió realmente desde 1891 y hasta 1938”. —Mortensen

Al año siguiente había yo terminado de leer Cosmopolis (2003),  cuando el Festival de Cannes anunciaba que Cronenberg llegaba con la adaptación de ese libro de Don DeLillo (2012). Un libro que se considera visionario hoy a la luz de los desastres financieros de 2008, y yo me comía la cabeza al pensar el cómo iba a hacer alguien la tarea de este portento posmoderno. Ese donde se nos presentaba nuevamente una relación organico-mecánica especial, donde las monstruocidades ya no son visibles, pero siguen siendo corporales porque están dentro de la cabeza. Dentro de una inteligencia superior, pero no por ello con moral superior. Y Cronenberg hizo el trabajo. Eric Parker (Robert Pattinson) es un joven de Wall Street multimillonario. Su habilidad le ha dado para crear un sistema que predice los movimientos de las divisas y un día complicado le da por atravesar Nueva York para ir por un corte de pelo en su hiper tecnológica limusina por donde pasan sus diferentes alfiles. Un calco casi total de la obra de DeLillo con apenas algunos mínimos cambios u omisiones. Una película que con atrevimiento se puede considerar un wéstern porque no sabemos el pasado del protagonista, pero sabemos que busca redención. Un viaje de un día de antiheroe que va desde lo más cosmopolita, cerca del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, hasta la Hell Kitchen que es su propia descomposición tanto económica como física. El espacio cerrado de la limosina ahoga; tantos aparatitos, pantallas, gráficos y números aturden; y diálogos con un contenido filosófico tremendo no dejan a nadie indiferente mientras la banda sonora de Howard Shore & Metric termina por enrarecer la enajenación de la atmosfera que sostiene la película. No sé si el realizador canadiense tenía esta adaptación —en la que DeLillo se involucró componiendo la canción Mecca parte del soundtrack y fue a Cannes para la premier— en la mente antes de Un Método Peligroso con la que siento que preparó a su público para la a veces sublime teatralidad lograda en Cosmopolis. Más allá de la narración y lo que dice, Cronenberg fue atrevido y visionario al hacer a Robert Pattinson con el protagónico, y bien le salió. Pero el actor inglés estuvo rodeado de grandes secundarios como Juliette Binoche y Paul Giamatti, y la pequeña pero hilarante aparición de Mathieu Amalric, que fueron los contendores en esos diálogos donde cada palabra pesa y dice. En mi opinión, el filme más redondo dentro de las adaptaciones que ha hecho este director, y un film primordial para entnder el estado del mundo donde nos movemos hoy. Una película que está tan pegada a la realidad que nos deja congelados de cinismo.

David Cronenberg

Robert Pattinson protagonista en Cosmopolis

Maps to the Stars llegó en el 2014.  Agatha (Mia Wasikowska) la asistente personal de Havana Segrand (Julianne Moore ganadara de la Palma de Oro como mejhor actriz en 2014 por este filme). A través de Agatha vamos enterándonos de las presiones que sufre una estrella de Hollywood que busca mantenerse encendida. Pero también nos vamos enterando de cómo vive una familia que gravita en ese mundo estelar. Esta outsider es también el un fantasma deforme que perturba la vida pacifica, a punta de litio, que tienen todos los que ella nos presenta para los cuales vivir es solo un dolor. Seres que lo tienen todo pero carentes de todo, ¿son ellos humanos?, ¿cómo se les puede juzgar? Maps to the Stars es la más reciente realización del director torontés, la que se logra sentir como una mezcla de su pasado con su presente fílmico. Una película violentamente perturbadora donde Cronenberg: menos serie B y más clásica; pero con los miesmos las personas solitarias, enajenadas y deformes. Se puede ver en Agatha ya no un científico, o un programador de TV, pero sí una outsider cuyo experimiento sale mañ y a la que los efectos colaterales más que desarrollarse como una mutación de su cuerpo están dentro de su cabeza. Un filme donde la banda sonora corrió por cuenta de Howard Shore que logra a basae de ritmos electrónicos acercarnos tanto a la vida de estos infelices que nos quemamos con ellos.

En agosto del año pasado, durante el Festival de Cine de LocarnoVideodrome (1983) estuvo dentro de las películas que se relanzaron. Para mí era una de esas de las que todo el mundo habla y a la que uno siempre le va haciendo verónicas. Algún día tenía que ser, y en medio de una charla con otro cinéfilo decidí que era hora de pagar esa deuda. Este film habla del programador de TV por cable Max Renn (James Woods) que en tanto afanado por encontrar nuevas maneras de cautivar el público descubre una nueva forma de realidad que le consumirá literalmente. Casi una hora y media que me hizo recordar el título Días del Futuro Pasado cuando treinta años atrás Cronenberg había escrito y dirigido una historia que calza perfecto para la segunda década de este milenio. La ciencia ficción ya no se ve tan lejos cuando a pesar de que no hemos podido con esta realidad, nos ha dado por escapar a otra virtual, sin saber qué nos espere en ella, qué tipo de nuevas alienaciones, de soledades físicas o psicológicas. Una película que es fiel reflejo de esas primeras inquietudes del canadiense: la tecnología, corporeidad y enfermedad, vistas siempre a partir de mutaciones físicas causadas por avances tecnológicos que terminan en uniones monstruosas y aislando a sus personajes por el natural miedo a la otredad. No por ser pesimista, pero el avance de la ciencia no ha significado aún lo suficiente para el hombre y los problemas morales siguen siendo los mismo hoy que hace 200 años. Videodrome se sostiene como una tremenda reflexión de la sociedad que hemos venido creando, esa que nos empuja siempre a querer más de todo, esa que no nos ha enseñado a controlar ningún tipo de apetito y que sencillamente repite el mantra de una supuesta libertad individual mientras esta sigue siendo manipulada por los medios.

David Cronenberg

Escena de Videodrome

También el año pasado, él, que se graduó de literatura, tuvo la publicación de su primera novela: Consumidos, una sátira de este tiempo que nos corre donde la figura principal del antichavismo es Instagramer y el principal influencer del país es un expresidente. Así, el realizador canadiense vuelve a esas desgastadas esquinas donde los artilúgios tecnología se encuentran con enfermedades infectocontagiosas, donde el contacto físico es apenas una brizna que anima el carbón de soledad humana. Y sí, es un libro donde encontramos más de Burroughs, Ballard y DeLillo que con no poca filigrana nos supo regalar este señor autor. Solo espero que el proyecto de Eastern Promises que se está cocinando sea nuevamente guiado por su mano, y que sea pronto. Mientras tanto me queda seguir pagando deudas con títulos como Rabia (1977), Fast Company (1979), Cromosoma 3 (1979) y Scanners (1981) para volverme a infectar.

Cronenberg es un director canadiense anglofono cuyo cine, tal vez para nosotros desde la distancia , cómo cuando generalizan con cine latino o europeo, no logra tomar distancia suficiente con el hecho en Hollywood como el de sus compatriotas francófonos. ¿Y qué? Su obra habla por él, por sus formas de siempre haber estado allí conqueteando con el Paseo de la Fama de Hollywood, pero cuya estrella no encontraremos allí. Y eso no significa que no nos haya iluminado.

[1] Rodley, C. (Ed.). (1997). Cronenberg on Cronenberg. Londres, Reino Unido: Faber and Faber. Pg. 110.
[2] Browin, M. (Ed.). (2007). David Cronenberg: Author or filmmaker? Bristol, Reino Unido: Intellect books. Pg. 133.
[3] Rodley, C. (Ed.). (1997). Cronenberg on Cronenberg. Londres, Reino Unido: Faber and Faber. Pg. 161.
[4] Browin, M. (Ed.). (2007). David Cronenberg: Author or filmmaker? Bristol, Reino Unido: Intellect books. Pg. 109.
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JUAN CARLOS LEMUS
EDITOR RESEÑAS Y DOSSIER

Soy un colombiano que cada vez entiende peor el porqué de nuestro top of mind: Shakira y el perico. Mas entender no es compartir. Y menos aceptar. Ingeniero por confusión, MBA por necesidad, filósofo, mountain biker y amigo de curiosidad. La que me hizo melómano, lector y cinéfilo. La que trajo las ganas de probar el mundo. Así se llega a un par de cosas que dejan a los sentidos disfrutar, como escribir tratando de no perder la elegancia en ello.

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