GLOW, la nueva serie de Netflix, narra la historia del show televisivo de lucha libre transmitido originalmente en los años ochenta: Gorgeous Ladies Of Wrestling. La serie de Liz Flahive y Carly Mensch actualiza el imaginario de esos años y crea un universo agudo, abundante en Neón y personajes femeninos profundos, que afortunadamente no se siente como un pastiche adulterado.

Esta es una serie que no se disculpa por su ligereza y sus chistes crudos, que demuestra la desigualdad femenina hasta en los círculos más marginales como el de la lucha libre y que resulta refrescante para todas y todos aquellos quienes nos hemos sentido alguna vez culpables por amar las unicejas hechas con escarcha, la música de Toto o los pantalones de Mötley Crüe. En un mundo en donde existe una clase de placer que se denomina “culposo” (que alguien por favor me explique por qué esas dos palabras pueden ir juntas) admitir que te gusta la lucha libre, puede hacer que te sientas abominable. En términos fuertes, esta serie viene a reivindicar a todas aquellas personas quienes a veces nos hemos sentido culpables por lo que nos gusta o lo que hacemos.

Imagen del show original de los ochenta.

Empecé a ver la serie después de unas semanas en las que conocí a una cantidad de gente importante, no porque supiera exactamente que sus labores lo fueran; ni para qué, sino porque percibí esa energía extraña que emanan únicamente ciertos valores difíciles de explicar; justamente, en el mismo nivel de esa aura indescriptible que da la elegancia y  el coraje. Creo no estar sola al afirmar que todos conocemos a alguna de estas personas que se pavonean entre su aire de importancia. Ante una energía tan fuerte como esa, ha sido inevitable sentirme escasa y chistosa al responder a la pregunta sobre lo que yo hago sin algo de inseguridad y ambivalencia. Escribir sobre series de televisión bien podría ser visto como una explicación ante esa actitud quejumbrosa propia de nuestra descripción sobre cómo invertimos o gastamos, el tiempo.

Si fuera solo eso entonces sería cuestionable cualquier oficio que no respondiera a las necesidades básicas y urgentes de la humanidad, es decir: cualquier oficio que no fuera llevar agua a las comunidades Wayuu sería una deshonra, y sería una transgresión no hacer parte de un mundo en donde no se viva en función de propiciar una existencia pragmática y equitativa. Claramente, soy la primera persona en señalarse con un dedo y darse un poquito de asco al decir que no es esa la manera en que todos deberíamos vivir y, sin embargo, un mundo en donde el entretenimiento no pueda también hablar de las pulsiones humanas y guiarnos hacia un equilibrio estético en función de una vida plena me resulta incluso más invivible.

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Una de las cosas que hasta ahora vislumbro gracias a GLOW es que esta energía de la importancia es al mismo tiempo el engaño de la grandilocuencia, que es exactamente en donde recae todo el poder de la lucha libre. El universo de GLOW es el del exceso, de ahí que la serie no pueda pasar en otra época sino en los ochenta, los años del pelo exagerado y las excentricidades de látex, la lucha en el ring y la brillantina. En el mundo de la lucha libre, tal como en la historia de los personajes de GLOW, la historia se desenvuelve con una claridad absoluta, uno no tiene que descifrar a los personajes porque ya se presentan como son; ridículos, pueriles, cercanos y excedidos en su representación ineludible de un estereotipo: la actriz fracasada, el director de películas tipo B que no puede ser Francis Ford Coppola y la Madonna vacía.

De la lucha libre hablé alguna vez con un artista que hacía performance, al hombre le di pena por decir que me gustaba, pues él mismo se consideraba demasiado noble para esos deleites vulgares del pueblo, lo de él era la alta cultura y así como yo no podía reconocer muy bien quién era Blue Demon y solo quería hablar por hacer tiempo, él nunca pudo reconocer que la lucha libre podría también ser un performance, con las mismas características que conlleva ejemplificar en un espacio y tiempo distintos a la cotidianidad, los valores y los horrores de la fuerza humana.

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Con esto voy a que GLOW es una serie que me ha ayudado a sobreponerme y repensar por qué me avergüenza admitir mi gusto por la lucha libre; que sea una serie tan divertida y graciosa ayuda, pero tampoco es tan simple como para no preguntarse por qué habría de darme pena ver un show en el que a diferencia del deporte, no se menosprecia la desesperanza del perdedor ni se endiosa y mitifica la nobleza y bondad del héroe.

En esta serie, Ruth Wilder (Alison Brie) es una actriz que no encuentra su lugar y que escucha directamente de la directora de castings que la rechaza continuamente que la razón por la que siempre es llamada es para que los directores se den cuenta de que no quieren a una chica distinta, que no la quieren a ella. En la vida real es una rompehogares, que se reivindica en el ring, no por ser “Liberty Bell” (Betty Gilpin), su contrincante rubia, típicamente americana y perfecta; sino por ser la villana que exagera en su personaje de rusa anti-capitalista. La lucha libre es un poco también eso, la escenificación de una horrible verdad: en el mundo real casi siempre ganan los malos, el ganador lo escoge el que tiene dinero y al final la diferencia entre el bien y el mal, entre una cosa o la otra es casi siempre el horror de la circunstancia; el tiempo y el lugar donde se está, la contingencia que significa cruzarse en determinado momento con determinada persona. Por eso es genial que Ruth acepte con gracia ser la antagonista, que se admita culpable y saque a flote un espectáculo en el que (si ve la serie, sabrá), que uno termina aplaudiendo y abucheando como un niño.

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Se sabe que puede haber mucha ridiculez en el mundo de la lucha libre, pero no banalidad. Que para que a uno le guste hay que ser una persona sin miedo a exhibir una moral baja: la depravación casi siempre gana y a uno le alegra. Se sabe que a diferencia del boxeo, en la lucha no hay que concentrarse en el golpe pues la sorpresa es la actuación y no la destreza. Pero sobre todo, hay que recordar lo que decía Roland Barthes sobre la lucha (“El mundo del Catch“, que a su vez es lo que ejemplifica la genialidad de esta serie: 

“La lucha libre, pues, simula un conocimiento ideal de las cosas, la euforia de los hombres, elevados por un tiempo fuera de la ambigüedad de las situaciones cotidianas e instalados en la visión panorámica de una naturaleza inequívoca, donde los signos, al fin, corresponderían a las causas, sin obstáculos, sin fuga y sin contradicción”.

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