Arrival, Prisoners y Sicario lo situaron ante los focos, pero hay mucho Villeneuve fuera de Hollywood. Nos adentramos en la etapa canadiense del cineasta.

Comenzaremos por el final, dado que, como es habitual en sus películas, el final también puede ser el principio. Su nombre resuena como director de la esperadísima secuela Blade Runner 2049. Sus películas reconcilian al público y a la crítica, engordan las taquillas y las estrellas se pelean por hacer parte de su casting. Es el canadiense de moda en Hollywood. Con ocho películas en su haber, Denis Villeneuve ha logrado encontrar su lugar entre los grandes estudios sin magullar su estilo e identidad como cineasta, y no es poca cosa.

Prisoners (2013) —protagonizada por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal— fue su primera incursión en territorio estadounidense, y lo situó en el circuito comercial. Sicario (2015) y Arrival (2016) apuntalaron su talento, pero hubo un Villeneuve anterior, y su viaje al estrellato comenzó a ritmo de Radiohead:

«A mi madre quiero enterrarla de manera normal para que, al menos una vez en su vida, haga algo normal», Incendies

Incendies (2010) marcó un punto de giro en la carrera de Denis Villeneuve. La nominación al Óscar a la mejor película de habla no inglesa le abrió las fronteras hacia un cine más comercial y de mayor presupuesto, pero su etapa canadiense sigue siendo la más interesante de su filmografía.

La premisa: Nawal acaba de morir y ha dejado un testamento sobrecogedor: quiere ser enterrada boca abajo, sin ataúd ni lápida, hasta que sus hijos, Jeanne y Simon, lleven a cabo su última voluntad: viajar a Oriente Medio para entregar dos cartas; una, a un padre que creían muerto; la otra, a un hermano cuya existencia desconocían.

Las cartas son solo una excusa, el macguffin habitual en el cine de Villeneuve para disparar las tramas de sus dos heroínas. La película narra dos viajes en un mismo territorio —supuestamente el Líbano—, pero en dos épocas distintas: el de Jeanne, la hija, que busca respuestas, conocer sus orígenes y a la mujer que fue su madre mientras vivió allí; y el de Nawal, la madre, en busca de un hijo al que habían obligado a abandonar en los años 70, durante la guerra entre cristianos y musulmanes que azotó al país.

Una cruda vuelta de tuerca al mito de Edipo

A pesar de estar enmarcada en un contexto bélico, esta no es una película sobre la guerra, sino sobre los conflictos familiares. Los problemas que presenta Villeneuve en Incendies son profundamente humanos y podrían funcionar en cualquier época y lugar, es por eso que logran atrapar al espectador. El guion, basado en la obra de teatro de Wajdi Mouawad, es una cruda vuelta de tuerca al mito de Edipo (aquel que se arrancó los ojos cuando descubrió que había matado a su padre y, para colmo, se había casado con su madre). La diferencia es que aquí Edipo Rey no es el protagonista, sino el antagonista, y el peso de la trama recae sobre Yocasta, su madre. Y como siempre ocurre en los viajes edípicos, quien revuelve el pasado, termina por desempolvar secretos devastadores.

Los hallazgos de Jeanne sobre su madre detonan los flashbacks con los que vamos conociendo la turbulenta historia pasada de Narwal: madre, cristiana, activista, terrorista, presa política, madre de nuevo. Una de las claves del cine de Denis Villeneuve está en la dosificación de la información. El cineasta alterna los puntos de vista de sus dos personajes principales para guiar al espectador y darle información con cuentagotas creando una tensión constante y creciente. La mayor parte del largometraje nos mantiene por delante, nos ofrece más información que a sus personajes, sabemos cosas de Narwal que su hija aún no ha descubierto. Pero en la segunda mitad, los personajes nos toman la delantera y solo cuando llega el desenlace final, —brutal y efectista, pero muy efectivo—, nos damos cuenta de que éramos nosotros los que estábamos a merced del cineasta y no sus personajes.

Dicen que las historias pueden comenzar con una casualidad, pero por respeto a la inteligencia del espectador, nunca acabar con ella. El desenlace de Incendies es fruto de la casualidad, pero como a la vez es el principio, el detonante de toda la historia que acabamos de ver, el espectador lo asume, y lo deja sentado en la butaca, aterrado, pero, a la vez, profundamente satisfecho. 

Actrices Villeneuve

Los roles femeninos, elemento esencial del cine de Villeneuve

A pesar de que Denis Villeneuve puede parecer un cineasta que se le mide a cualquier producción que le pongan delante —dramas familiares, thrillers policiales, ciencia ficción— sus películas tienen una línea autoral común, y nos retrotraen a Incendies como semilla de su cine. Lo vemos en Arrival o Enemy, cuyos finales, igual que la figura del uróboros —la serpiente que muerde su propia cola— se entrelazan con el principio. O en Prisoners, donde la frontera entre el bien y el mal queda desdibujada y son personas corrientes las que terminan cometiendo las más terribles atrocidades humanas. O los trucos con los puntos de vista en Sicario, donde nos lleva de la mano de Emily Blunt, totalmente ajena a la verdadera operación que se está fraguando contra los cárteles mexicanos para, en el tercer acto, cambiar el punto de vista al personaje de Benicio del Toro y arrastrarnos a la resolución final.

Los roles femeninos también son un elemento esencial en las películas de Villeneuve. Seis de sus ocho largometrajes dan muestra de ello. Ellas son madres, líderes, contestatarias, personajes fuertes obligados a enfrentarse a un mundo donde predomina el poder masculino, bien sea representado por una brigada policial embebida en testosterona o por toda la estructura social de un país de Medio Oriente.

Podría decirse que el papel de la mujer en el cine de Villeneuve tiene especial repercusión a partir de una de sus películas menos conocidas: Polytechnique. Una joya estrenada un año antes que Incendies, tras casi una década sin producir un largometraje.

Polytechnique Denis Villeneuve«Si tengo un varón, le enseñaré a amar. Si tengo una niña, le diré que el mundo es suyo», Polytechnique

Un joven irrumpe en un aula armado con un fusil. Dispara al aire y divide a los estudiantes en dos grupos: hombres a la derecha, mujeres a la izquierda. Los hombres pueden salir, las mujeres deben permanecer en el salón. Villeneuve retoma en su tercer largometraje la masacre ocurrida en 1989 en la Escuela Politécnica de Montreal, donde un estudiante armado asesinó a catorce mujeres antes de suicidarse.

Al igual que la primera secuencia de Sicario, la película comienza como un huracán, y los 77 minutos que le siguen le bastan a Villeneuve para demostrar sus habilidades técnicas y narrativas. De nuevo, el director fracciona la narración y, a través de la mirada de tres personajes —el asesino y dos estudiantes—, nos habla de un mundo diseñado para los hombres, del valor, y de cómo un mismo acontecimiento puede afectarnos de formas muy diferentes.

Con el estreno de la nueva Blade Runner y el remake de Dune (1984) que tiene entre manos, la escalada de Denis Villeneuve es merecida e imparable. Solo esperemos que vuelva, al menos de vez en cuando, a cruzar la frontera de Canadá para deleitarnos con películas más minimalistas, de menos presupuesto, pero, al fin y al cabo, grandes películas.

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