3/4, del director belga Ilian Metev, se llevó el Leopardo de Oro en la sección Cineastas del Presente, que premia a esas nuevas voces que están destinadas a cambiar el norte del cine.

El 12 de agosto acabó con rotundo éxito la edición 70 del Festival de Cine de Locarno, que le dio el precedió Leopardo de Oro a Mejor Película al cineasta chino Wang Bing, por su documental Mrs. Fang; el certamen refuerza su selección protegiendo los autores con más riesgo y con más profundidad para incentivar una reflexión sobre el arte de hacer películas En Locarno importa el cine, nada más.

Hay, entre todas sus secciones, una que particularmente resulta muy atractiva y es la encargada de descubrir las nuevas voces que cambiarán el norte del cine, una sección que reúne primeras y segundas películas de diversas latitudes, donde el rasgo más importante (y el más redimible) que ostentan es el de mostrar una voz que destaca de las demás, una mirada que no tiene símil y que, sin embargo, no olvida nunca la herencia cinematográfica que lleva por detrás. Hablo de la sección Cineastas del Presente, esa rama de Locarno que está dispuesta a la revelación y a la exploración sin ningún tapujo.

Como decíamos, el Festival, que terminó el jueves 12, ya otorgó todos su premios. El más importante por el que concursaban las películas de los nóveles realizadores, de los cineastas del presente, fue para ¾, de Ilian Metev, un joven director, nacido en la capital de Bulgaria, formado en Londres. Su primera película, Sofia’s Last Ambulance, se estrenó en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, donde se llevó el premio otorgado a la película más visionaria.   

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La primera gran secuencia de la película muestra con creces de qué visión estaban ya hablando los que vieron en Metev un futuro promisorio. Con pequeños y muy bien maniobrados movimientos de cámara se nos presenta a un grupo de amigos por la manera en que interactúan con sus pies: el fuera de campo empieza a volverse la figura principal de la película. Un juego entre ellos es registrado con una insospechada gentileza y misterio. La película, que se mantiene negando grandes sucesos, construye –con lo que oculta– un caparazón de sensaciones, que se va intuyendo, destilan de sus personajes.  

Esa calma que contagió las primeras imágenes (bellísimas dicho sea de paso) quedará intacta durante todos los minutos de la película. No importa que una de las ramas narrativas del film (que explora los días y, sobre todo, las conversaciones de los tres miembros de la familia protagonista: hija, hijo y papá) esté presentando ante nosotros las ansias de una joven pianista que dedica todos sus esfuerzos para pasar un examen que le permitirá salir del país y estudiar en Alemania. No significa eso que el film eluda los sentimientos que colisionan entre los miembros de la familia, al contrario: el director los explora de una forma tan sugestiva y llena de miradas paralelas (la acción, en su más natural definición dramática, siempre queda negada) que, sin sospecharlo, atendemos a una lista de malestares y negociaciones que descubrimos por un simple gesto o un hábil y elegante movimiento de cámara. Lo que aquí se deja de mostrar o de decir resulta determinante y evoluciona en un eco del sentir de un cuerpo o un quiebre de tranquilidades. El tormento aparece silencioso, sin rostro.

La película se entrega a filmar con sorna y delicadeza las conversaciones de esta familia, diálogos que nos permiten ilustrar una situación sentimental, emotiva y generacional de cada miembro. Lo que parece atravesar el relato son los deseos (y miedos) de una juventud gaseosa que no quiere otra cosa que encontrar vías para ver el éxito fuera del país. La palabra, con el andar lento de los personajes, se erige como única salida de sentimientos ocultos y, tal vez, atrancados. Hay una constante en todo lo que vemos: aquello fuera de la imagen determina en el devenir del personaje, aquello que viene de afuera es también eso que es impuesto.

La destreza visual de la película es lo mejor que ofrece: en todos los cuerpos que filma encuentra no solo la sensación de que estamos ante algo que no ha pasado por muchos filtros de la interpretación, que está más puro que nunca, que es vida, sino que también registra signos de una corporalidad pura (los jóvenes y los niños ambos van descubriendo el mundo a través de los oyen y lo que ven), de una construcción de gestos y posturas que, quizás, de afuera solo recibe huracanes: la inestabilidad es imperante.

Lo que termina por fascinar del film es la forma en la que desarrolla sus secuencias, poniendo la cámara donde la belleza exuda pero no donde hay una mina dramática; el manejo de las temporalidades y, sobre todo, los mecanismos con los que decide ocultar las cosas. El visionado se vuelve una cosa de puro placer. Entre los pasos perdidos de los personajes, las temporalidades inciertas y las palabras para describir el mundo, esta película ofrece una medición a la emocionalidad de una generación que apenas aprende a crecer.

Ilian Metev con su premio

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About The Author

PABLO ROLDÁN
COLABORADOR

Espectador incansable devenido en crítico de cine. Devoto de una milagrosa terna francesa: Truffaut, Malle y Rohmer. Cinéfago. Su consigna: el cine está primero que la vida.

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