Jonathan Teplitzki, el realizador australiano de  Better Than Sex (2000), y la historiadora británica Alex von Tunzelmann se embarcan en la titánica tarea de esbozar la figura del primer ministro británico Sir Winston Churchill cuarenta y ocho horas antes de la inminente operación Overlord  que cambiaría el rumbo de la Segunda Guerra Mundial.

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Un océano espeso de sangre, efluvios de conciencia o solo señales del cadáver de la historia; amputado y diseminado por las mentes hieráticas del tiempo. Así aparece Winston Churchill (Brian Cox) Corazón valiente (Braveheart, 1995) descollante, como el primer ministro británico. Una escueta silueta que deambula a la orilla de unas aguas teñidas de carmín, el sombrero del político flota y este con dificultad azarosa intenta alcanzarlo con su bastón. Esta secuencia le basta a Teplitzki para dar cuenta de la brumosa figura del mítico Churchill, unos días antes de que la operación Overlord, la célebre operación militar efectuada por los países aliados en Normandía para liberar a Francia del yugo alemán se lleve a cabo.

Tunzelmann y Teplitzki pretenden con esta hagiografía política surcar aguas insondables, pero su navío apenas logra zarpar con dificultad. Buscan describir las resonancias sicológicas y emocionales que afligieron al mandatario inglés cuarenta y ocho horas antes del desembarco, pero al final un molde chauvinista impostado dilapida los matices que una figura tan ecléctica como la de Churchill necesita.

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La cicatriz de Galípoli

Un afligido y atormentado Churchill emprende una batalla titánica para frenar la ejecución de la operación Overlord que comanda el general norteamericano “Ike” Eisenhower, un solvente John Slattery  En primera plana (Spotlight, 2015) y el sargento británico Bernard “Monty” Montgomery (Julian Wadham), estos dos últimos creen fehacientemente en el impacto de este desembarco para destronar el bastión germano en el frente occidental galo. Churchill, famoso por su habilidad de adelantarse a los acontecimientos, prevé una salvaje carnicería en las costas de Normandía; este déjà vu está alimentado subrepticiamente por la herida lacerante del fracaso de la batalla de Galípoli, donde Churchill era en aquel entonces Primer Lord del Almirantazgo, una cruenta campaña que le costo a Gran Bretaña más de cincuenta mil muertos. La secuela de ese nefasto episodio es el elemento clave sobre el cual vertebra el conflicto de la película.

Brian Cox, El león británico
Churchill

Brian Cox brilla en Churchill

Sin lugar a dudas, el elemento más llamativo de la propuesta es ver a esa bestia parda de la actuación, Brian Cox, guareciéndose en la piel de Winston Churchill desde su gélida e iracunda voz, tosca postura y ceño fruncido hasta el caminar parco a través de los pasillos de las oficinas del Ministerio. Cox es Churchill, al menos uno muy entrañable e indefenso. Un Julio César traicionado. La sobriedad de su actuación en los momentos adecuados regala secuencias de gran valor, como la charla magistral que tiene con el Rey Jorge VI ( Magistral James Purefoy), pero por debajo del trabajo realizado por Collin Firth en El discurso del Rey ( The King’s Speech, 2010) sobre el papel de los líderes en los conflictos, más como efigies simbólicas que como entes activos de las circunstancias.

Sangre, sudor y lagrimas

El primer ministro cree ilusoriamente tener todo bajo control, manejar el inefable rumbo de la guerra agazapado en una oficina, condicionar los planes de Eisenhower a sus designios diplomáticos, solventar su matrimonio agrietado con Clementine (Miranda Richardsson) Las horas (The Hours, 2002) hasta rezarle a las mismas deidades; si no es él el que puede detener la operación Overlord al menos que sea la mano divina en forma de una tormenta la que impida la avanzada de la tropa del Sargento Montgomery.

Churchill

El discurso catártico de Churchill

Al final, la perspectiva anacrónica belicista de Churchill lo condena a ser más un ornamento que un estratega militar. De pie frente a un gran ventanal, la sombra del ministro se yuxtapone con las márgenes de la ventana como aprisionado, espera noticias del desembarco como una figura de yeso. “Entonces debería embalsamarme…”, le reclama a su esposa Clementine, cuando esta le sugiere que no desobedezca al primer mando militar norteamericano, que se quede con su pueblo como un símbolo de lucha y de todo lo que representa para el imaginario del obrero de clase media. Tunzelmann necesita redimir a su santo, con un discurso enarbolado que cargue a cuestas la victoria aliada sin escozor.  “Sangre, sudor y lagrimas” es la divisa, mientras la sombra de Eisenhower camina pausadamente entre columnas de antiguos templos, como si fuese un Hermes Trismegisto militar. Teplitzki limpia las mareas rojas que acechan a Churchill mientras este despide al ocaso como despidiendo la flota de su misma conciencia. Overlord es un rotundo éxito así como lo será Korea para Eisenhower.

Churchill no sabe que ni los mismos diluvios de dioses sirven para limpiar la sangre incrustada en la tierra estéril del corazón del hombre; por mucho que ensaye sus discursos en la parte trasera de su coche mientras prepara sus habanos, la sangre derramada bifurca las costas inglesas y se vierte en otras costas, unas que no se alcanzan a entrever en su horizonte.

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Churchill

Jonathan Teplitzky en el set de Churchill

Los dos Churchill

Es sin duda el año de ‘el león británico’, mientras un camaleónico y voluminoso Gary Oldman orquesta su estelar función como Churchill a las ordenes de Joe Wright en Darkest Hour, esta propuesta análoga  recuerda al caso del Truman Capote de Bennet Miller y de Infamous (2006)  de Douglas McGrath, ambas películas no solo compartían el mismo personaje principal sino que además se estrenaron el mismo año. En este caso puntual, el  sabor de la propuesta de Teplitzki es agridulce, al paso de las horas su puesta en escena se edulcora paulatinamente en un extraño olvido. Brian Cox salva el artilugio y algunos acordes inspirados, muy puntuales, de Lorne Balfe hacen que la flota fílmica del realizador australiano no termine de encallar en el sopor.

Curiosidades:

  1. La mañana del ‘Día D’ el escritor estadounidense J. D. Salinger aterrizó en la playa de Omaha llevando en su mochila seis capítulos de su novela inacabada El guardián entre el centeno.
  2. Brian Cox rechazó una oferta de la HBO para trabajar en Juego de tronos porque no le ofrecían suficiente dinero. Decisión de la que se arrepentiría profundamente después.
  3. Jonathan Teplitzky gano un premio BAFTA en 1993 por A Vampire’s life,  un documental sobre la escritora Anne Rice.
Churchill: el ministro en su laberinto
Winston Churchill intenta convencer a los dirigentes aliados que la operación Overlord será una masacre.
Historia55%
Actuaciones73%
Dirección57%
Arte66%
Música 65%
Fotografía 62%
Puntos fuertes
  • Brian Cox fumando
  • La conversación entre Churchill y el Rey
  • Cierto instante de desasosiego
Puntos débiles
  • La evolución del carácter de Churchill después del desembarco
  • La escena de la secretaria sollozando
  • Había buen material para mojarse más las manos Señor Tetlipzki
63%Soportable
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ANDRÉS MÚNERA PATIÑO

Estudié cine porque James Stewart me apuntaba con su Winchester 73 si no lo hacía, realicé una especialización en escritura de guión y libreto para justificarle a mis mecenas las noches en vela viendo las películas de Billy Wilder y Kaurismäki. Las películas como las brumas tienen un aspecto transitorio evanescente así que soy un confeso cazador de brumas sin ballesta.

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