El director israelí Samuel Maoz ganó el León de Oro en el 2009 con su opera prima Líbano. Luego de ocho años regresa con el filme Foxtrot, y aspira a alzarse de nuevo con el preciado galardón.

El mito de la inmortalización que conlleva el ganar el premio principal de uno de los tres grandes festivales (Cannes, Venecia, Berlín) tiene sus contrastes. Dentro de los ejemplos en el siglo XXI se tiene nombres como Peter Mullan, que ganara en Venecia con Las hermanas Magdalena (2002) y que tendría solo una película posterior, aunque con una prolífica carrera como actor; Mark Dornford-May (Carmen, 2005) y Semih Kaplanoğlu (Miel, 2010), ganadores en la Berlinale, pero que han filmado de forma muy esporádica posterior a su victoria; en el caso del director turco, recién volverá este año luego de un receso de siete años.

Samuel Maoz

Samuel Maoz

El ejemplo faltante es el caso del israelí Samuel Maoz, que el 2009 ganó el León de Oro con su opera prima Líbano, pero que prácticamente desaparecería de los largometrajes por casi 8 años y que recién volverá este 2017 con Foxtrot, también en la Competencia Oficial de Venecia. Lógicamente que estos casos son relativamente aislados, aunque no deja llamar la atención que los casos nombrados corresponden a directores menores a 50 años que habrían desacelerado su ritmo de filmación luego de sus victorias.

Analizar a Maoz con una sola película reduciría este ejercicio a una crítica, por lo que es posible ver más aristas que solo su filme para entender su rol como director en esta década. Lo primero que se puede revisar es la importancia de su victoria en un festival tan importante como Venecia, marcada por ser una ópera prima.

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Ganadores primerizos

El regreso (2004) de Andrei Zvyagintsev

Nuevamente recurrimos a los tres grandes festivales para entender el contexto de la victoria de una ópera prima, ya que una victoria de estas características es algo poco común. En el caso de Cannes es necesario remontarnos hasta 1989 para encontrar una Palma de Oro a una primera obra, en este caso para Steven Soderbergh con Sex, Lies and Videotapes, una de las piedras fundacionales del nuevo cine indie norteamericano y que daría paso a directores hijos de Sundance como Tarantino. En el caso de Berlín tal vez no sea necesario recurrir hasta tan atrás, ya que en el 2006 la directora bosnia Jasmila Žbanić logró una sonada victoria con el filme Grbavica. Finalmente Venecia es el festival que más oportunidades a dado a noveles directores en este siglo; tal vez el caso más importante es el del ruso Andrei Zvyagintsev con su filme El regreso (2004), una de las victorias más contundentes de Venecia, y que más expectativas levantará en su momento, llegando a comparar al ruso con su compatriota Tarkovsky por el estilo de cine que desarrolló a través de su obra. La carrera de Zvyagintsev sin duda despegó a partir de aquel momento y es el ejemplo más consolidado de todos los nombres citados (aparte de Soderbergh).

El 2016 la victoria del venezolano Lorenzo Vigas con Desde allá es demasiado cercana como para ser analizada con un contexto adecuado, aunque hay una implicancia importante en dicha victoria, debido a la sequía absoluta del cine latino en el Lido en años previos. El caso de Maoz es la única victoria de Israel en uno de los grandes festivales, aunque cabe destacar la irregular competencia oficial de un 2009 donde la única película que parece haber trascendido es Un hombre soltero de Tom Ford, la misma Líbano parece haber quedado enterrada en el tiempo y son pocas las citas a esta película, a pesar de que esto no quita su gran valor cinematográfico.

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Israel y sus múltiples miradas

Free zone (2005) de Amos Gitai

La última mirada que podemos hacer antes de introducirnos en el cine de Maoz es el recorrido del cine israelí en los últimos años; sin duda el nombre más relevante en las últimas décadas ha sido el de Amos Gitai, director con múltiples presencias en la competición principal del Festival de Cannes y que en los últimos años ha sido un habitual en Venecia; su cine está marcado por los diferentes problemas tanto políticos como sociales presentes en la sociedad israelí.

Dos nombres que también han marcado el panorama israelí, aunque mucho menos prolíficos que Gitai, son Ari Folman y Joseph Cedar. El primero con uno de los filmes más singulares en lo que va del siglo, Waltz with Bashir (2008), el documental animado autobiográfico que tantos premios y alabanzas se llevó durante la temporada 2008-2009 y que llegaría como favorita a la noche de los Oscar, aunque finalmente fuera derrotada. Posterior a este filme, la distopía El congreso (2013) ha marcado agenda en los últimos años, teniendo en cuenta la premisa planteada en la película que implicaba la creación de actores de forma digital a partir de un escaneo del actor original, que en tan solo cuatro años pasó de ser una alucinación a algo totalmente real. Por otro lado, Joseph Cedar, que a pesar de lanzarse a la fama con su filme de temática bélica Beaufort (2008), logró el reconocimiento crítico con Footnote (2011), comedia sobre una extraña relación entre padre e hijo dentro del intrincado mundo de la investigación en la religión judía.

Finalmente es de gran relevancia nombrar el filme El juicio de Viviane Ansalem (2014), de la pareja de directores Ronit y Shlomi Elkabetz, una película cuyo éxito y trascendencia no solo se quedó en lo cinematográfico, sino que también generó un amplio debate en la sociedad israelí sobre el complejo proceso de divorcio en desmedro de las mujeres israelíes.

La culpa en primera persona

Líbano (2009) de Samuel Maoz

Una de las bases del cine antibelicista está en la culpa que sienten los protagonistas. Casi toda la filmografía relacionada con la guerra de Vietnam parte del complejo de culpa sobre las atrocidades estadounidenses cometidas en el sudeste asiático, además de la culpa frente al propio pueblo por haber mandado soldados en un frente desconocido. La culpa es algo que también marca algunos filmes de las últimas décadas en el cine israelí: tanto Waltz with Bashir como Líbano miran desde distintas ópticas el intervencionismo israelí frente a sus vecinos. Mientras el documental de Ari Folman muestra las consecuencias de la culpa y el olvido como único remedio, Samuel Maoz explora el retrato de la guerra en segundo plano, el horror a través de una mirilla.

El arriesgado dispositivo que se plantea el director es la vivencia de la guerra desde el interior de un tanque; excepto en dos escenas concretas, todo el filme transcurre en las entrañas del monstruo metálico, un microcosmos donde cuatro soldados mostrarán los distintos matices presentes en la sociedad israelí, y a la vez la gran brecha que parece existir entre distintas clases sociales en un país aparentemente unido por la religión, pero separado por una infinidad de conflictos.

El escenario muestra el ingreso de las tropas israelíes en el sur del Líbano durante la guerra de 1982, país en el cual han convivido cristianos y musulmanes en un complejo equilibrio, con múltiples provocaciones mutuas. Aunque el objetivo del ataque israelí no se detalla en el filme, es sabido que está relacionado con el desalojo de la población palestina del territorio libanés, debido a los múltiples ataque que desde ese territorio habría hecho el ejército palestino.

Samuel Maoz

Waltz with Bashir, de Ari Folman

Algo muy bien retratado en el filme es la multiplicidad de actores implicados en la guerra y alianzas poco probables de parte de los contendientes. Si por un lado está el ejército israelí, el cual se encontraba apoyado por la milicia cristiana del sur del Líbano, por el otro está Palestina, que ocupaba el sur del Líbano y era apoyada por una mescolanza de actores, desde milicias sirias hasta distintas guerrillas libanesas musulmanas como Hezbolá.

Es importante detenerse en uno de estos actores que tiene una gran relevancia en el filme; la captura de un soldado sirio que es retenido en el interior del tanque, mostrará una de las escenas más cruentas de la película, ya que atraído por este prisionero de guerra se manifestará la milicia falangista, aliado un tanto forzado de los israelíes y de quienes los soldados protagonistas del film muestran una gran desconfianza. Dicho soldado cristiano atormentará al soldado sirio contando con detalles toda la serie de torturas a la cual será sometido una vez llegue el momento. La crudeza de las palabras del falangista que los israelíes no entienden, mostrará la inhumanidad de este grupo durante esta guerra, y aunque no se ve en este film esto desembocará en la masacre Sabra and Shatila, donde cerca de 3.000 civiles refugiados palestinos serán cruelmente ejecutados, con una complicidad encubierta del ejército israelí. Vals con Bashir detalla este episodio de manera más explícita, aunque en Líbano es posible ver y entender la semilla de lo que vendría después.

Estos antecedentes nos llevan a entender la complejidad de una guerra donde por lo general hay más de dos actores que intervienen; sin ir más lejos, la guerra de Siria tiene cuatro actores totalmente opuestos, el gobierno, las milicias rebeldes, el estado islámico y el pueblo kurdo, que a la vez están formados de pequeños grupos, lo cual convierte a la guerra en un juego de intereses que pocas veces son complementarios.

Maoz

Lebanon de Samuel Maoz

El discurso de Maoz también deja en evidencia la falta de compromiso de los mandos altos con los múltiples y pequeños frentes que no son capaces de controlar y que terminan dejando casi al azar; de todas formas hay ciertas inconsistencias que deben destacarse en el filme, desde sentimentalismos a los cuales se trata de recurrir, como la clásica necesidad maternal de uno de los soldados, el relato de una historia con tintes sexuales como forma de distensión en medio de la batalla o la fragilidad del soldado recién llegado. Todos estos recursos que más allá de su efectividad desvirtúan la originalidad de la propuesta y que no aportan dentro de la solidez de un filme que busca el impacto en base a la claustrofobia que genera el pequeño espacio desde donde deben combatir los protagonistas.

La larga espera del siguiente filme de Maoz de cierta forma ha ayudado a apreciar las ideas planteadas en Líbano, la guerra lejos de campos y espacios infinitos, en este caso reducida a unos cuantos metros cuadrados, que incluso enloquece a uno de sus protagonistas, el deterioro de los ánimos y la razón de los soldados representada en una mirilla que se va resquebrajando frente a los múltiples ataques recibidos, y finalmente la esperanza representada por los únicos planos del exterior del tanque en medio de grandes campos de flores amarillas.

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