The Defenders, la serie más reciente del universo de Marvel, que reúne a sus cuatro justicieros estrella, reproduce unas fórmulas que ya no están funcionando. 

El pasado 18 de agosto se estrenó en Netflix The Defenders (2017), una de las series más esperadas de este año. Marvel y Netflix le apuestan a la misma fórmula de la franquicia de Avengers (2012): una serie de películas que desarrolla la historia individual de cada superhéroe, para después juntarlos en un producto épico y monumental.  Así, vieron primero la luz Daredevil y Jessica Jones —ambas en 2015—, luego Luke Cage en 2016 y finalmente Iron Fist en 2017. Todas funcionaban como un prólogo de The Defenders, aunque podrían verse de manera independiente.

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El problema es que la fórmula que tan bien les ha funcionado a los de Marvel en el cine, en TV tiene muchas fallas. La primera, sin duda alguna, es que The Defenders se estrena con más de una pata coja. Daredevil, sin duda alguna, es la mejor de todas ellas: Mathew Murdock (Charlie Cox), su atormentado protagonista, debe lidiar con la contradicción que supone tomar justicia por mano propia frente a su fe católica, mientras enfrenta a unos villanos carismáticos, complejos, humanos y apasionantes. Además, mezcla la construcción de su protagonista con unas secuencias de acción que, sin exagerar, son una obra de arte, y unos personajes secundarios sólidos que le aportan a la trama sin robarse el spotlight.

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Jessica Jones (Krysten Ritter), por su parte, tiene un guion bien estructurado y un personaje principal ácido que, con sus comentarios precisos e inteligentes, recuerda a los grandes momentos de humor de Joss Whedon (Buffy, la Cazavampiros; Avengers). También cuenta con un antagonista apasionante, complejo y simbólico que permite leer la serie como una gran alegoría de la violencia doméstica. Por otro lado, están Luke Cage, que pasó sin pena ni gloria, y Iron Fist, que es aburrida, sosa, mediocre y cuyo personaje principal ha recibido críticas negativas, no solo por la interpretación insípida de Finn Jones, sino también porque su personaje es detestable, inmaduro, y sus conflictos de adolescente no calan, por lo menos al compararla con Daredevil, que va camino a su madurez.

The Defenders, además, da la sensación de ser más de lo mismo. Como una lámina repetida en un álbum al que le faltan muchas otras, la serie deja la sensación de que ya se habían enfrentado a este enemigo de La Mano y, sinceramente, lo mejor es cuando (SPOILER ALERT!) por fin lo derrotan. No es que sea una derrota épica o inteligente, es que el espectador siente que se libera de un fantasma que ya se había vuelto monótono en la segunda temporada de Daredevil y en la primera de Iron Fist. La mano era un pegote: lo destruían y volvía a aparecer para hacer más de lo mismo. Ojalá nunca regrese. Y ni hablar de la batalla final entre el Diablo de Hell’s Kitchen y Elektra: esa relación adolescente entre el odio y el amor, entre los golpes y los besos, entre la violencia y la melcocha ya la habíamos visto en la segunda temporada de Daredevil. Es más, ya nos habíamos hastiado de ella, como para que, no solo la revivan, sino que también le apuesten a ella como el momento clímax de la temporada… (fin del SPOILER).

Daredevil y Elektra

Daredevil y Elektra

Aunque la primera parte de la temporada pueda parecerles lenta a algunos, es en realidad su punto más interesante. Todos los justicieros cargan un peso de su pasado, que se desarrolla en las primeras temporadas individuales, tiene que ver con la pregunta de si son héroes o no y que adquiere unos nuevos matices en The Defenders. Es también atractiva la forma en la que la misma trama va hilando las historias de manera orgánica hasta que terminan encontrándose sin forzarse en lo que considero el clímax de la serie: ese punto álgido en el que, sin conocerse aún, los Defenders deben luchar hombro a hombro contra un enemigo común que, hasta ahora, se había mantenido en un claroscuro.

Sin embargo, a partir de este momento, la serie empieza a caer de manera estrepitosa. Ya no hay desarrollo de personajes, ya no hay momentos de tensión que valgan la pena: The Defenders se dedica, en su segunda mitad, a secuencias de acción pobres (ni rastro de esos geniales planos secuencia de Daredevil), enfrentamientos más que anunciados, giros inverosímiles en la trama  y desenlaces apresurados.

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Finalmente, a todos estos errores hay que ponerle la cereza del pastel: Danny Rand, el Iron Fist, un millonario inmaduro y caprichoso que resulta insoportable y cuyas decisiones, torpes e incomprensibles, se convierten, no sé a raíz de qué decisión inteligente, en la trama sobre la cual giran el resto en la serie. Sí, los guionistas de The Defenders (Douglas Petrie, Marco Ramirez) le apuestan a su argumento más débil como eje central, lo que hace que la destrucción de Nueva York sea apetecible siempre y cuando destruyan a este niñato al que no se le debería conceder una segunda temporada.

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Por último, pareciera que la única razón por la que los fanáticos de Marvel en TV deberían ver The Defenders es porque el último capítulo será la piedra angular de la tercera temporada de Daredevil. Parece injusto y tramposo que los seguidores de Daredevil deban ver The Defenders para entender lo que viene con el enmascarado, pero quizá, como en otras franquicias, esa sea su única manera de atraer más público. Los productores usan la fórmula del mal necesario: al público no le queda más remedio que soportar un producto flojo para seguirle el rastro a uno que sí es bueno. Tal vez esta manipulación, después de todo, sí les funcione: no en vano se empiezan a escuchar rumores de segunda temporada para esta miniserie que decepciona y desencanta.

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