Baby: El Aprendiz del Crimen

Después de tener su estreno internacional en el mes de marzo en el marco de SXSW (South by Southwest), la última película de Edgar Wright encontró distribución y logró ser exhibida en las principales salas de cine a nivel mundial, donde está siendo recibida con entusiasmo, pues hasta la fecha ya ha recaudado más de doscientos millones de dólares en taquilla. Teniendo en cuenta que fue hecha en un presupuesto de treinta y cuatro millones de dólares, esta hazaña financiera ha hecho que los productores den luz verde para una secuela donde se explore otro capítulo en la vida de Baby: El Aprendiz del Crimen.

Un éxito inesperado

Se dice en la industria que producir una película es una tarea casi imposible, pero que hacer una buena película es casi un milagro. Baby: El Aprendiz del Crimen (Baby Driver, 2017) dirigida por Edgar Wright (Scott Pilgrim Vs. The World, 2010) es una producción que no es pretenciosa en la medida en que no intenta ser más que lo que es: una película de acción, que si bien, en términos de estructura dramática puede parecer por momentos superficial, tiene elementos clave que hacen que a pesar de sus fallas, las audiencias hayan conectado tan bien con la película: un elenco multi-racial, escenas de acción de altísima calidad técnica y un héroe/ anti-héroe al que resulta fácil apoyar y acompañar en la búsqueda de su objetivo, cualquiera que ese sea, porque a pesar de ser un criminal, Baby es una buena persona.

El director usa sus referencias fílmicas de forma astuta, dándole a la película su propia personalidad y creando un éxito inesperado de crítica y de taquilla, lo cual aporta a la idea de que hay una creciente narrativa que los grandes estudios debería apoyar, invirtiendo más en autores y menos en efectos especiales. Las secuencias en el automóvil recuerdan a Drive” de Nicolas Winding Refn,  las escenas de los robos tienen reminiscencias de “Me llaman Bodhi” de Kathryn Bigelow, y hay una clara alusión a “Bonnie & Clyde de Arthur Penn, que incluso es referida en una de las escenas finales. Funciona  el tono  “tarantinesco” que intenta inyectar en los diálogos, que también recuerda por momentos el humor de los hermanos Coen.

Es una película ligera cuyo propósito es entretener y es claro que eso ha dado sus frutos en términos comerciales. Sin embargo, la trama llega a volverse un tanto forzada por momentos y hace que a veces haya situaciones difíciles de creer, pero la historia en conjunto sí resulta verosímil, haciendo de Baby: El Aprendiz del Crimen, una de las joyas del verano que no solo calentó los motores de las taquillas, sino que logró convertirse oficialmente en una franquicia, después de haber sido aprobada la segunda parte de lo que se podría considerar como el éxito más grande en la carrera del realizador norteamericano.

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Baby: El Aprendiz del Crimen

Baby: El Aprendiz del Crimen

Los ganadores y los perdedores

Cuando una película se convierte en un éxito comercial, no hay muchos perdedores. En este caso pasa lo mismo, el principal beneficiado de todo es Wright que por fin logra que una película suya cruce la marca de los cien millones de dólares en la taquilla estadounidense. Un buen ejemplo de que lo que más cuenta en esta industria es la persistencia y no dejarse vencer por los fracasos. El segundo gran ganador es Ansel Elgort, quien en el papel de Baby tiene la oportunidad de desplegar todos sus dotes histriónicos como un chófer monosílabo y melómano que está saldando una deuda con un grupo de criminales. Este personaje lo posiciona como una estrella de acción rentable y le abre las puertas para convertirse en uno de los próximos galanes de Hollywood.

El compositor Steven Price compone una banda sonora efectiva, que se ajusta perfectamente a la ecléctica selección musical que hizo el director al crear una playlist de canciones que explora desde el Soul y Jazz de los sesenta, pasando por Rock de los setenta, el Funk  de los ochenta, hasta el Hip-Hop y R&B de los noventa.  Así,  por momentos se siente como sí la película le estuviera haciendo un homenaje a lo mejor de la música del siglo XX, y a la vez, marca de manera brillante el ritmo de la pieza, ayudando al fotógrafo Bill Pope a coreografiar unas secuencias bastante impresionantes para retratar la intensidad de las persecuciones en los vehículos; así como a los editores Jonathan Amos y Paul Machliss, dándoles la pauta para mantener el montaje dinámico y fresco en todo momento, lo cual añade un toque personal a la historia ya que se ve la necesidad del director y guionista de inyectarle características de su propia personalidad al protagonista, que hacen que la puesta en escena siempre se sienta familiar, porque a pesar del mundo criminal en el que Baby se mueve, él no deja de ser un joven que solo quiere bailar al ritmo de una buena canción.

Por otro lado, los que no salen tan bien librados son Kevin Spacey en el papel del líder de una banda de criminales, donde el actor de House of Cards despliega el encanto por el que se le conoce, pero que se siente como un recurso repetitivo y cansado, que en últimas, le resta verosimilitud a la trama. En segundo lugar de los menos favorecidos está Jamie Foxx, quien en algún momento tuvo una carrera como actor e incluso ganó un Óscar® por su brillante actuación en Ray (2004) de Taylor Hackford,  y que vuelve a la pantalla grande después de no muchos aciertos, para interpretar a un criminal de poca monta: recurre al cliché del “negro delincuente” para hacerlo gracioso, pero resulta forzado por momentos. Por último, Jon Hamm, que a pesar de que su personaje resulta una agradable sorpresa, a veces es inevitable pensar que Mad Men fue el punto máximo de su carrera y no va a poder superarlo.

Jon Hamm, Eiza González y Ansel Elgort en el estreno mundial en SXSW en Austin, TX.

Los peligros de volverse una franquicia

Dado que el dinero habla en Hollywood, esto significa que cada proyecto que obtiene una rentabilidad alta, va a ser explotado hasta su última expresión, de manera que las personas que invirtieron en la película obtengan la mayor cantidad de beneficios. Dicho esto, una película de acción como es Baby: El Aprendiz del Crimen, que contó con la suerte de generar una cifra de nueve dígitos en la taquilla internacional, tiene todos los elementos que la industria norteamericana ama para volverla un producto de consumo masivo.

Esto en principio, puede verse como algo atractivo para fans del filme y para un par de ejecutivos en alguna oficina en Los Ángeles, pero en realidad refleja la crisis creativa en la que Hollywood está sumida, donde cualquier producción que sea medianamente exitosa va a convertirse en una franquicia que beneficia a unos cuantos, pero que últimamente, termina por diluir la idea y el espíritu de la película para estar al servicio de exclusivamente ganar dinero. Pasa casi siempre. Y si bien, Edgar Wright todavía tiene tela para cortar en la historia de Baby y sus aventuras criminales enternecedoras y muy seguramente va a ser un paso adelante en su carrera, la película en sí ya se siente completa y satisface el punto en el que la deja, sin embargo, Hollywood solo sabe parar cuando deja de facturar.

En definitiva, esta es una película que por donde se le mire fue un éxito, con total control creativo del director y eso es algo que se suele perder cuando las películas se convierten en una franquicia. Pero Hollywood está cambiando y está viendo que tiene que comenzar a ceder el control a los artistas y no a los ejecutivos si quiere seguir ganando dinero. El rodaje de la secuela está programado para mediados del 2018. Esperemos que la próxima vez que Baby acelere hacia la taquilla, no resulte estrellado.

Curiosidades

1. Ansel Elgort tuvo que aprender lenguaje de señas para poder comunicarse con el actor que interpreta a su guardián en la película.

2. El papel de Jon Hamm fue escrito para él y fue el único actor de los que estuvieron en la primera lectura grupal del guion que trabajó en la película.

3. El título de la película fue inspirado en la canción “Baby Driver” de Simon Garfunkel de su álbum “Bridge Over Troubled Water” de 1970.

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