En la cuarta jornada del festival de Cine de San Sebastián se destacaron los filmes Blue My Mind y 120 BPM, dos historias que sorprenden por las temáticas que manejan. 

Comenzamos la cuarta jornada con una de mis apuestas personales de la sección nuevos directores, el filme suizo Blue My Mind. Esta historia narra el difícil transcurso de la pubertad de Mia, una niña suiza de 15 años que siempre se ha sentido fuera de lugar. Tras mudarse y comenzar en un nuevo colegio, rápidamente intentará relacionarse con el grupo “cool” de la clase, lo que la obligará a hacer cosas con las que nunca se ha sentido cómoda como mantener relaciones sexuales, coquetear con las drogas y rozar los comas etílicos. Como podrán ver, el contexto está plagado lleno de lugares comunes, y probablemente esto sea lo peor de la cinta. Un poco cansados de ver cómo se contribuye una y otra vez a crear el estigma negativo de drogas, sexo y alcohol en la adolescencia, o esa caricatura de adolescentes odiosos, estúpidos y absolutamente fríos que lo consumen. Y es una pena, porque un poco menos de maniqueísmo en este sentido daría como resultado una película muy interesante, que por momentos recuerda a la sobresaliente Der Nachmahr (2015), y que sabe tratar de una forma mínimamente interesante esa sensación de inadaptación del raro o especial en una sociedad en la que parece que tienes que seguir a la corriente de la depravación sexual para que te tengan en cuenta.

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A nivel formal, la película destaca por su solidez y sobriedad, rodada con pulso y evitando cualquier tipo de planificación clásica, algo de agradecer, mas aún en una opera prima que cuenta con un pulso a través del montaje y una variada fotografía que a veces tiene mucho sentido y otras no se lo acabo de encontrar. Algo parecido ocurre con la banda sonora, que cuenta con un par de temas de Cigarettes After Sex, pero que no sabemos muy bien que aportan a la historia.

Cuarta jornada

En resumen, Blue My Mind es una historia muy interesante, una coming of age que seguramente no defraudará a los que disfrutamos con este subgénero. Pero da rabia pensar que quizás podría haber sido incluso mejor. En cualquier caso, habrá que seguirle la pista a Lisa Brühlmann, su joven directora.

Aunque no tenía mucha intención de verla, acabé entrando a ver 120BPM, la opera prima de Robin Campillo. El filme fue el ganador del Grand Prix en el Festival de Cannes, y la película que mas emocionó a Almodóvar, presidente del jurado en la pasada edición. Y me extraña.

120BPM es la historia de un grupo de activistas franceses que en la década de los 90 luchaba por reivindicar y exigir a las farmacéuticas tratamientos para los infectados por el VIH, un virus que principalmente afectaba a homosexuales, prostitutas y toxicómanos. Campillo, guionista de la ganadora de la Palma de Oro en 2008 por la película La Clase, consigue convencer con su notable debut que dirige con pulso firme y rígido, desde el frenesí de unos enfermos con ganas de vivir, plasmados en una cámara que no para de moverse, hasta las tristes consecuencias de la enfermedad que nadie quiere ver, donde una cámara casi estática radiografia el silencio y la muerte. Probablemente la película brilla mas como una cinta reivindicativa que como un ensañamiento emocional, pero Campillo cree que es necesario mostrar las dos partes de la historia, y a título personal, la segunda mitad de la película se me hace especialmente larga. Aunque de eso va todo esto, de mostrar el contraste tan radical entre el fuego de la vida y el frío de la muerte. En poner cara a los héroes olvidados, y sobre todo, homenajearlos a través de su libertad, su poder y su capacidad de lucha. Sin duda, una notable película.

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Después de comer nos acercamos a ver lo nuevo de Lynne Ramsay, You Were Never Really Here, la ganadora a la mejor dirección en el Festival de Cine de Cannes. Tenía mucha curiosidad por ver qué iba a encontrarme, y la verdad, que no me decepcionó. Porque lo que Ramsay propone es una historia crítica de un sicario con trastornos mentales y un extraño sentido de la justicia. Mediante un montaje conceptual, la británica nos abre caminos sobre los que meternos a indagar y teorizar sobre la propia realidad del relato, en una historia que nos habla de cómo hoy en día la violencia está tan instaurada en la sociedad, que cuesta distinguirla de la ficción.

Para acabar el día nos acercamos a ver Julia ist, la opera prima de Elena Martín, una de las voces mas interesantes del cine español actual. La historia nos cuenta el año que Julia pasa en Berlín como estudiante de Erasmus, y todos los cambios que este le provoca en su vida, desde como afrontar una relación a distancia, a esa familiar sensación de sentirse completamente desubicado, la película tiene la grandeza de esas grandes cintas que saben retratar la realidad sin artificios tramposos ni situaciones forzadas. En Julia ist todo es tan natural que a veces podría parecer hasta un documental, pero se trata de una ficción rodada a lo largo de tres años como un proyecto final de carrera. Y ojalá que en el futuro Elena Martín pueda seguir haciendo ficciones tan buenas como esta, porque este tipo de cine es exactamente lo que le hace falta a una estéril filmografía española, que poco a poco se va recuperando de unos años de escasez de talento.

Y finalizamos un cuarto día estupendo, donde las mujeres han tomado el poder por una vez en el festival.

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