Repasamos una joya de la sección Perlas del Festival de Cine de San Sebastián. Happy End, del austriaco Michael Haneke. 

Cuando Haneke estrena, el suelo tiembla. El austriaco se ha ganado a pulso propio el calificativo de director élite, probablemente uno de los últimos grandes autores que ha dado el cine a lo largo de las ultimas tres décadas. Con un estilo propio, reconocible, y sobre todo, contemporáneo, el director de Caché o Amour presentaba en la sección Perlas del festival de cine de San Sebastián su último trabajo, Happy End.

La película, que ya tuvo una tibia recepción en el Festival de Cannes, ha vuelto a sembrar dudas hoy entre la prensa,  quienes la califican como una obra menor dentro de su filmografía. Yo estoy parcialmente de acuerdo, y es que Happy End puede que sea una cinta menos incisiva, perversa o rompedora que trabajos como El Séptimo Continente o El video de Benny, pero que esta película esté por debajo de ellas solo le priva de la excelencia, pero no del notable.

haneke, san sebastian

Imagen promocional Happy End.

Porque eso es exactamente Happy End, una obra coral notable, en la que de nuevo, el austriaco centra todo su ojo clínico a la crítica burguesa, usando al igual que ya hacia en Caché, el elemento digital, en este caso, la pantalla de un móvil. Es difícil marcar cual sería el punto de vista de esta película, pues muchos podrían pensar que corresponde a la niña, pero yo apostaría a que mas que en ninguna otra película de Haneke, aquí el punto de vista recae directamente sobre el espectador.

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Porque realmente nos da relativamente igual la historia de la familia que vemos en la película. Probablemente nadie recuerde sus nombres, sus apellidos y salvo por algun momento puntual, a que se dedican. Son personajes que viven en círculos equidistantes, tan individuales, que rara vez llegan a compartir plano. Muestra de esto último, es una memorable secuencia en la que les vemos comer y solo el raccord de miradas fija la posición de cada personaje en la mesa. Aunque si que hay un momento en el que compartir plano, que es el de la vergüenza, el del miedo a perder el estatus. Cuando el juego de máscaras empieza a desvanecerse, ahí es cuando la familia, aunque sea por un pequeño instante, vuelve a ser mínimamente importante.

De nuevo Haneke tiene claro que en las sociedades actuales, la familia cada vez es una organización mas innecesaria, fría y estéril. En cada una de sus películas, nos muestra como el nivel de desconexión entre las personas es cada vez mayor, y alguno podría caer en el engaño fácil de creer que es la tecnología la que nos separa. Y no es así. En Happy End, los pocos momentos en los que las pantallas tienen una importancia en la historia, son momentos que nos muestran de la forma mas honesta posible a sus personajes. Cada uno está a gusto con su pantalla, ya sea para mentir, para distraerse o para engañar a su pareja. Las pantallas y las tecnologías no son ese demonio que separa familias. Según Haneke, las familias ya están lo suficientemente separadas por su egoísmo, y la tecnología lo único que hace es rellenar ese hueco de la forma mas “humana” posible.

Se da así una bella y triste paradoja. La vida es tan individual, que la muerte pasa también a serlo. Y así lo deciden algunos personajes en la película, que tienen bastante clara su decisión de morir. Pero parece que hay personas no dispuestas a aceptar las decisiones de los demás. No vivas conmigo, pero tampoco sin mi, parece el gran lema de la película.

Sorprende no obstante, el fino y bastante punzante humor que hay latente en ciertos compases de la película. Uno no se espera un show de John Oliver cuando va a ver una película de Haneke, pero probablemente esta sea su cinta con mas momentos de risa absurda, e incluso negra, que ha tenido a lo largo de su carrera. En parte quizás sea por la liviedad del argumento, que le permite, a diferencia de varios de sus anteriores trabajos, dar mucha mas tregua al espectador, y no llevarle a través de la intriga, el morbo o la curiosidad a necesitar saber el devenir de la historia.

Como viene siendo costumbre, la clase a nivel de dirección es ejemplar, haciéndose grande con los mínimos elementos, buscando que podamos respirar dentro de los propios espacios, y con unas actuaciones tan contenidas como ambiguas. Porque como en toda la película de Haneke, y puede que en esta mas que en ninguna, los silencios son lo más importante.

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