William Oldroy. Dramaturgo del Young Vic Theatre con el que ha presentado algunas de las más celebras obras de Beckett en Munich o Tokio se estrena en la dirección con Lady Macbeth, adaptación de la novela del escritor ruso Nikolai Leskov, su gran ópera prima que cosechó sendos premios en San Sebastián como una de las revelaciones del año pasado.

Macbeth

Florence Pugh es Katherine

En la época victoriana de las fabricas humeantes, de la impronta de la flota británica, la preeminencia de la libra esterlina en los mercados mundiales y de la sociedad fabiana de intelectuales como Friedrich Hayek o George Bernard Shaw, la dramaturga Alice Birch ambienta el áspero universo leskoviano (para este servidor uno de los secretos mejor guardados de la literatura rusa) donde el agobio de la pirámide de castas, las discordias usuales entre los clérigos ortodoxos y los asiduos creyentes a través de la tradición oral  y el papel del entorno zarista en la libertad de la mujer se dan la mano, como bien lo señala Pietro Citati  que le dedica a Leskov unas cuantas lineas en El mal absoluto. En el corazón de la novela del siglo XIX:

 

“Nadie jamás ha visto Londres, París y las ciudades alemanas y austriacas, nadie ha leído Guerra y paz o Crimen y castigo, nadie ha pensado jamás en los problemas que dividen a los círculos intelectuales de Moscú y San Petersburgo […] Con qué piedad se inclina Leskov sobre esta Rusia arcaica y vital que se está muriendo; con qué devoción y, al mismo tiempo, con qué toques de comicidad irónica cuenta todo eso que no podemos llamar de otro modo que la Santa Rusia”.

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La Katerina Liovna de Leskov ya no estará en las provincias del mar Caspio sino en la Inglaterra rural de Birch, en la cual las mujeres se mueven como mercancías fácilmente intercambiables por fanegadas de tierra. Es el caso de Katherine (Florence pugh: The Falling, 2014) que lleva una vida de hastío y sopor junto a su marido Alexander, señor de bastos territorios, que no siente nada por ella.  Preocupado más por los designios de su mangoneador padre, Boris (Christopher Fairbank: El quinto elemento, 1997). Alexander realiza un viaje de negocios dejando a su esposa bajo el cuidado de sus predios. Katherine aprovecha esta situación para por fin salir del encierro solo para toparse con Sebastian (Cosmo Jarvis), el encargado de una de las caballerizas, en este punto Austen y Brontë se pueden dar la mano. Entre Katherine y Sebastian emerge una pasión lisérgica, obnubilada y embriagadora, un encantamiento luciferino que deja una estela de sangre a su paso.

 

“Fui a la escuela de arte antes de estudiar dirección teatral. Solía pensar en términos de composición visual, pero después, me dediqué diez años a hacer teatro. Con el cine puedo hacer las dos cosas. Uso la pantalla como lienzo y como escenario de… un poco de teatro”.

 

Así habla Oldroy de su puesta en escena después de reconocer en sus trabajos previos un tratamiento muy teatral de la imagen, situación que le instó a iniciar una búsqueda visual. Una amalgama formal que va desde los cuadros del danés Hammershøi hasta el cine del austríaco Michael Haneke, director que lo ha influenciado considerablemente sobretodo por su obra La pianista (2001). La ópera prima de Oldroy nos va zambullendo en el monótono matrimonio entre Katherine y Alexander por medio de un montaje sosegado, prevaleciendo la rutina y un bosquejo general del carácter de los personajes. Un gélido esposo que no se compenetra ni emocional ni sexualmente con su mujer y una esposa diligente en protocolos ante las prescripciones de su esposo y su suegro, pero contenida en una jaula dorada, avida de experimentar nuevas sensaciones. Entre esas la pasión tan distante como la relación con sus comensales en el gran comedor donde Katherine finge ser la matrona de la propiedad.

 

Cruel belleza
Macbeth

William Oldroy ganó el FIPRESCI en San Sebastián

 

Es la férrea belleza, casi rústica en formas, de Florence Pugh la que nos va llevando a tientas por un pasillo de insondable oscuridad guiados no más por un diabólico perfume. Retratada entre sábanas, dulce, maciza e ingenua, como la Danae de Klimt, duerme Katherine en un grisáceo ritual. La servidumbre diligente abre la ventana y el haz de luz irrumpe sobre su cuerpo, tiñendo su piel de ámbar. La Danae se transfigura en una voluminosa gracia de Rubens, así nos presenta Oldroy el lienzo de su mujer aprisionada en el tedio de un matrimonio abúlico. El director británico refuerza ese desasosiego de la rutina del matrimonio  por medio de los los encuadres. Estos  son mobiliario tras mobiliario, fastuosidad de muebles isabelinos, marcos de ventanas con grabados y paredes blanquecinas que nos hacen pensar  en Vermeer. Los vientos embravecidos de la costa contrastan con el mutismo y la gélida fachada de la prisión blanca donde reside Katherine con su ausente marido.

Macbeth

Es en el instante del vendaval de pasión y obsesión cruenta que emerge entre Katherine y Sebastian que presagiamos  la tormenta que se va a desatar. A pesar de que no esperaba una revisión perversa de la Justine de Sade, el estridente y enfermizo amorío de la patrona y el empleado del establo se termina retratando con pudor, en un automatismo formal que coarta el lienzo cinematográfico de Oldroy como un esquema de representación estereotipado de dos amantes de folletín. Lo que en La Doncella (2016) era un envolvente telar abigarrado de placer, en Lady Macbeth es un paso zanjado, como el corsé apretado y enjuto que porta Katherine. En este punto la mirada del director se aleja de la naturalidad casi fatídica de las imágenes pródigas desprovistas de esteticismo del original literario de Leskov pero los hilos conductores de Birch siguen confeccionando el artilugio narrativo de esta mujer de tan volátil carácter.

El ciervo vulnerado

A medida que avanza el relato, la compasión y enajenación que nos embriagaban pronto se convierten en una repulsión evidente. La transformación de nuestro ciervo cándido nos va llevando a perdernos en la frágil frontera del deseo y la obsesión, de la libertad y el poder, de Katherine y su reflejo anómalo, más cercana a la madre neurótica de El Pelicano de Strindberg que a la Lizzie de Austen. El lienzo de armonioso color ahora es tremebundo y los personajes comienzan a deambular en tinieblas como salidos de un cuadro de De Latour. La transición del carácter rebelde a déspota de la protagonista esta estudiada quirúrgicamente por Oldroy; pero por dicho estudio frío y cinetífico deja escapar sus mismas resonancias, marcando poca huella en nosotros el retrato de una de las damas más enigmáticas de la literatura rusa. El de una mujer libre e impelida por la maldad que desencadena el placer cuando el agobio de la vida maltrecha su consecución. El ciervo que entró por los predios señoriales de Alexander, el aristócrata, sale ahora como una víbora con el vientre atiborrado. La mujer veneno se adueña de la pantalla más por la labor entregada al servicio de la premisa de Florence Pugh que a la correcta ejecución del director inglés que orquesta con diligencia pero no enamora y tampoco inquieta.

 

Macbeth

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Antes de enfrentar su visionado confrontaba las primeras apreciaciones de los medios anglosajones como los de Indieware que zanjaron sus análisis condecorándola: “Como si Alfred Hitchcock hubiese dirigido ‘Cumbres borrascosas’” pero la sombra de Rebeca es muy pronunciada y la atmósfera deslumbrante del maestro inglés no la sentí en el fresco del novato Oldroy. Un intento loable que al final me deja sentado sobre el sillón isabelino de Katherine bostezando junto a ella.

Curiosidades

  1. El gran director polaco Andrzej Wadja también adapto la novela de Leskov en 1961.
  2. Toby Sebastian, que encarna a Trystane Martell en la serie Juego de Tronos es hermano de Florence Pugh.
  3. El célebre compositor Dmitri Shostakóvich compuso una ópera en cuatro actos basándose en Lady Macbeth del distrito de Mtsensk.

 

Editado por Juan Carlos Lemus Polanía

Lady Mcbeth: Trono de sangre
Katherine, movida por la ambición de libertad emprenderá una campaña de sangre para poder cumplir los anhelos que dicta su corazón.
Historia60%
Actuaciones65%
Dirección60%
Arte70%
Música70%
Fotografía75%
Puntos fuertes
  • La profunda convicción de Florence Pugh para que el proyecto funcione.
  • La fotografía de Ari Wegner que recuerda a la iluminación impresionista de Eduardo Serra
  • La escena de la asfixia del heredero, desconcertante
Puntos débiles
  • El montaje yuxtapone episodios inconexos pero no les da uniformidad
  • La química entre Sebastian y Katherine es muy aséptica.
  • Algunos secundarios están muy desaprovechados como el Padre de Alexander.
67%Lady Danger
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