La más reciente cinta del director estadounidense se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián y la recepción no resultó favorable para autor, antes aclamado por Carol.

 

Cuando uno se pone a escribir una crítica sobre una película, generalmente puede caer en un juego peligroso y absurdo, que es el de tener en muy alta consideración su opinión. La opinión de uno puede darse libremente, pero si no está apoyada de hechos verídicos y tangibles que la refuten, se quedará simplemente en eso, es una opinión más, tan válida como la de cualquiera que esté leyendo ahora este artículo.

Y no soy sospechoso de odiar a Todd Haynes. Siempre me ha parecido uno de esos directores americanos interesantes, de esos que celebro sus nuevas películas cada vez que se anuncian, algo que también hacia con Gus Van Sant. Y siempre he celebrado, que sin ser autores vanguardistas ni mucho menos, tenían una visión ligeramente diferente de lo que nos acostumbra el cine de norteamérica.

Por eso me ha sorprendido negativamente esta nueva película de Todd Haynes. Y no porque su temática o discurso sea más ligero que en sus anteriores trabajos, sino por su falta de compromiso en los detalles, su miedo a jugar las cartas de una forma extraordinaria, teniendo una oportunidad tan interesante como tenia en esta película.

Esta cinta nos cuenta una historia paralela entre una niña sorda y un niño sordo que viven en distintas décadas. Mediante un falso montaje en paralelo, Haynes intenta crear un vínculo imposible entre dos niños con un mismo problema en común, pero distintas circunstancias. ¿Hay algún problema en ello? Para nada, de hecho, me parece un planteamiento tierno, interesante y mínimamente original. El problema viene en las decisiones formales.

Todd Haynes

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Decisiones tan absurdas y banales como intentar crear un vínculo entre la historia de la niña y el cine mudo de la década de los años 20, en el preciso instante en el que el sonido empezó a formar parte del cine. Es inteligente utilizar el elemento de la aparición del cine sonoro cuando tienes a una niña sorda en la historia, pero yo personalmente hecho en falta elementos mucho mas trabajados, como no simplemente limitar esa parte a un blanco y negro standard, sino trabajar las texturas de la imagen o incluso el formato de la imagen que vemos para asemejarlo más al cine clásico, y por otro lado, marcar una diferencia más notable con la parte del otro niño, ambientada en la década de los 70. Pero supongo que eso de mezclar formato debe ser pecado en el cine de Amazon studios.

Esto es especialmente sangrante, en algunos fragmentos de películas falsas en las que vemos a Julienne Moore como la estrella del cine mudo de la época, unas cintas, que parecen rodadas a 24fps, con una Canon 5d y tirando de los peores clichés del cine mudo de manera gratuita. Pero esto podría ser un simple detalle anecdótico -de hecho lo es- por el que no debería criticar a la película. El problema realmente gordo viene en el apartado sonoro.

Y es que Haynes parece ser valiente queriendo contar una historia de niños sordos en las que el sonido desaparece, pero para cubrirse las espaldas, te pone una banda sonora extradiegetica que no para de sonar a lo largo de toda la película, de nuevo, intentando sin mucho éxito imitar a las películas de hace 90 años. Aunque especialmente sangrante es la relación que hace entre la ausencia de sonido tras la sordera de uno de los niños. Podríamos estar hablando de sonido subjetivo, pues oímos lo que oye el niño, es decir, nada. Aunque la música suena todo el rato en la película, totalmente injustificada, siendo una excusa de relleno, porque hacer una película de casi dos horas sin apenas sonido, no vende. Esto es bastante cobarde por parte de un director que se considera un autor, aunque aun mas cobarde es que llegado un momento de la historia, esa sordera subjetiva desaparezca, y aunque el niño siga siendo sordo, oigamos lo que pasa a su alrededor, algo necesario para que la relación que fraguará con otro niño, no tenga que ser mediante lenguaje de gestos o escritos en libretas. Es decir, que Haynes construye conceptos interesantes, pero no solo no los aprovecha, sino que se los salta en pos de conseguir una fluidez impostada en la narración.

El desastre sonoro se traslada al visual, con cientos de planos que no cuentan absolutamente nada, y no son mas que una especie de deleite para el gran público, que parece disfrutar con ver dos épocas distintas a la vez. Y cuando un director juega tan arbitrariamente con los dos elementos fundamentales del lenguaje cinematográfico, uno no puede mas que indignarse, mas aun cuando se alaba una película que de manera consciente – y quiero pensar que impuesta por el estudio- hace este despropósito de forma tan evidente.

No entro a valorar si Wonderstruck es disfrutable o no, para mi, viendo todo esto, desde luego no es, y es mi primera gran decepción en este festival. Es increíble como en su anterior película, Carol, nada de esto ocurría. La película de 2015 era extremadamente precisa en lo que contaba y sobre todo, cómo lo contaba. Que no los engañen, si Wonderstruck se considera una película menor de Haynes no es por su temática, sino por sus formas.

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