The Young Pope, una trama inesperada y compleja, como la personalidad de su personaje principal; una curiosa mirada hacia los dilemas que agobian los dogmas del catolicismo, como la homosexualidad, la pederastia y el aborto, y una baraja de personajes que componen una historia que como pocas ahondan en la intimidad de la Iglesia Católica.

Si Dios pudiera ver la serie The Young Pope, de Paolo Sorrentino, de seguro no se perdería ninguno de sus capítulos, y cómo habría de hacerlo si se creería él el protagonista de una historia en la que no es ni villano ni salvador, como siempre, sino un reflejo fiel de quien en verdad sería tras su paso por la Tierra: una contradicción.

Cada uno de los diez episodios que conforman esta primera temporada harían morir de risa a la católica deidad; se sorprendería de los personajes, muy parecidos a los que recorren los laberintos de su iglesia; lo llenarían de curiosidad las intrigas que se cuecen en los pasillos y vergeles del Vaticano; se abrumaría por la avidez de las masas; se sumiría en profundas reflexiones allí en su apartamento dúplex con piscina en las estrellas y, sobre todo, se enamoraría de ese representante directo suyo: el Papa Pío XIII.

Y no es de sorprender, pues The Young Pope tiene todo esto y más. Para muchos, basados en varias de las sinopsis de la red, la historia parecerá evidente: un Papa joven intentando transformar la Iglesia y luchando contra las conspiraciones en su contra para detenerlo. Pero no, la trama es más inesperada y compleja, como lo es la personalidad de su personaje principal, Lenny Belardo (el Papa Pío XIII), interpretado por Jude Law; una curiosa mirada hacia los dilemas que agobian los dogmas del catolicismo, como la homosexualidad, la pederastia y el aborto, y una baraja de personajes que componen una historia que como pocas ahondan en la intimidad de la Santa Sede.

Donde lo inapropiado se vuelve apropiado

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Sin duda, Paolo Sorrentino es uno de los grandes cineastas de los últimos años. Obras como Un lugar maravilloso (This Must be the Place, 2011), La gran belleza (La grande bellezza, 2013) o Juventud (Youth, 2015), sin contar sus predecesoras, no solo le han significado importantes reconocimientos, sino que han hecho evidente en él un estilo propio en su narración cinematográfica, que también ha aplicado en The Young Pope, su primera producción para televisión.

Un despliegue de arte; de composición equilibrada y esmerada; de contrastes inesperados; de una banda sonora original que lucha por adaptarse al ambiente ceremonioso de la obra; de personajes moldeados con el barro del humano real, de ese que se agita entre sus contradicciones, invadido por la maldad y la bondad y que se mueve con el norte de sus propósitos; de simbolismo y de un sutil surrealismo, introducido con delicadeza, casi imperceptible, como una visión que no estamos seguros de haber visto.

Tal es la virtud de Paolo Sorrentino: volver apropiado lo inapropiado; lo que estaría fuera de lugar, él le crea el lugar adecuado, como si siempre hubiera pertenecido a ese ámbito

La dirección de arte es exquisita, y el ambiente religioso le ofrece un escenario propicio para explayarse a su gusto. Podría verse cada episodio sin prestar atención al argumento, y aún así disfrutar de sus puestas en escena, de la fotografía y de las pinturas móviles que se erigen tras cada toma.

No obstante, a pesar de ese mundo religioso y artístico, invadido por la presencia de los hombres, Sorrentino logra introducir en él lo ajeno, como si gotas de lo terrenal y mundano se hubieran filtrado en la celestial escenografía. Tal es la virtud de este director: volver apropiado lo inapropiado; lo que estaría fuera de lugar, él le crea el lugar adecuado, como si siempre hubiera pertenecido a ese ámbito –gafas oscuras en el pontífice, un canguro recorriendo los jardines, una monja con una franela que reza “soy virgen, pero esta es una camisa muy vieja”, un cardenal aficionado al fútbol, entre muchos otros elementos que cargan de humor la obra, pero también de un simbolismo peculiar que le otorga a la serie (y a las demás obras del realizador italiano) un carácter enigmático–.

Todo lo anterior, toda esa parafernalia, todo ese tejido, más la sabiduría que adorna el argumento, existe solo para ensalzar a su personaje principal, el Papa Pío XIII, y recrear el escenario propicio donde él, en toda su grandeza, en todo su poder, se ponga de pie tras sus hondas cavilaciones, ande con altivez y nos entretenga a nosotros, los mundanos espectadores.

La construcción de un personaje

Sí, es cierto. El Papa Pío XIII es un fumador empedernido, quiere beber Coca-Cola en el desayuno, anda de gafas oscuras en los jardines del Vaticano, es vanidoso y prepotente, como un hombre exitoso cualquiera, pero todo en él –dentro de él– es misterio. Es un personaje que a lo largo de toda la temporada está en una continua construcción. No le es fácil al espectador dilucidar su verdadera personalidad y, mucho menos, sus intenciones. Tampoco lo es para sus fieles, sobre todo los del común, quienes desde el día en que se vio el humo blanco y se pronunció el Habemus Papam, no han tenido la oportunidad de al menos ver el rostro del nuevo jefe de su iglesia, ni siquiera una estampita o una foto filtrada en un celular, pues el Vicario de Cristo prohibió las cámaras y el ingreso a los medios de comunicación, así como cualquier estrategia de mercadeo que convirtiera en dinero su imagen.

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“Soy una contradicción, como la Virgen María, como el hombre, como el bien y el mal. Soy Dios”, dice el pontífice. Sí, es posible saborear tal arrogancia en el personaje, pero ¿quién podría no ser arrogante teniendo a Dios dentro de sí? Los cardenales lo eligieron con el ánimo de tener a alguien en el trono a quien manipular con facilidad, como suele suceder en aquellas herméticas esferas de poder, pero no contaron con la voluntad del elegido, una voluntad más poderosa que todos ellos juntos, una voluntad que incluso roza lo sobrenatural.

“Este Papa no negocia, sobre nada ni con nadie. De ahora en adelante, seremos prohibidos, inaccesibles, misteriosos. No quiero creyentes de medio tiempo y el pecado ya no será más perdonado a voluntad”. Estas palabras dirigió Pío XIII a sus cardenales, quienes asombrados, resignados y ya sumisos tuvieron que aceptar el poder de quien los gobernaría las próximas décadas. El que no ha visto a Dios, cuando lo ve se asusta, así se trate de hombres religiosos y de fe recia.

Las tres etapas del Patriarca Universal

Como ya se dijo, el Papa Pío XIII es un personaje en constante construcción. Podría decirse que, en ese proceso de transformación, el pontífice pasa por tres etapas: la de la ira, la del misterio y el descubrimiento y, por último, la del amor y la pasión.

En la primera, el llamado Siervo de los siervos de Dios es un hombre que está molesto, molesto con el mundo, con los miembros de su iglesia, incluso consigo mismo. Aunque su andar es a un mismo tiempo altivo y reflexivo, y encuentra con parsimonia cualquier lugar para caer en profundas reflexiones, en silencio, con los ojos cerrados, sin atender a quienes le hablan alrededor, no duda en desenvainar su ira, en el momento más inesperado, ya sea en forma de humillación o sarcasmo cuando le habla a un molesto interlocutor o con el imponente tono del vengativo Dios del Viejo Testamento, como cuando dirigió a los fieles su primera homilía, acompañada con repentina lluvia, rayos y truenos, como debe ser.

Ese silencio que arrastra consigo y silencia todo a su alrededor genera en los demás, incluidos los espectadores, una constante sensación de sospecha, de intranquilidad, incluso de impaciencia.

Aquí el Sumo Pontífice ingresa con cautela al encanto del misterio, el mismo que busca para atraer a sus fieles, y persiste en mantenerse oculto del mundo, aun tras meses de reinar. Ese silencio que arrastra consigo y silencia todo a su alrededor genera en los demás, incluidos los espectadores, una constante sensación de sospecha, de intranquilidad, incluso de impaciencia; queremos verlo actuar, reaccionar, alejarse de sus momentos de reposo en el jardín, fumando sus cigarrillos y tomando el sol; queremos atestiguar su poder, ese que parece condensarse dentro de sí en sus místicos momentos de oración.

Sin embargo, no es sabido ni evidente que tales momentos de misterio, de provocadora reflexión, son en verdad instantes de descubrimiento. Tras esa paz que rima con su atuendo blanco hay en verdad una batalla interior: el hombre frente al dios que reside en él, más las manifestaciones milagrosas de ese conflicto interno y sus efectos en este mundo concreto, asfaltado y acerado, donde ya nada con vestigio de magia sucede.

Tras ese momento de estruendoso silencio, el Santo Padre llega a su tercera y última etapa: la del amor y la pasión. Siente ahora el mundo, quizás en secreto lo perdona. Decide entonces regalarle su amor, el mismo que sintió alguna vez por una mujer, el mismo que siente por lo padres que un día lo abandonaron, el mismo que siente ahora por Dios. Pero en todo gran amor, siempre hay un gran sufrimiento. Sufre entonces, como si hubiera perdido una condición celestial y fuera de nuevo solo un hombre, como Jesús cuando se mezcla entre los mortales y los ama; es allí cuando decide revelarse, así como su condición de santo y hacedor de milagros.

La mirada de Jude Law

Un personaje con tales condiciones requiere un actor con un alto grado de sensibilidad, con la capacidad de reflejar en su imagen y comportamiento el misterio que, en este caso, emana el Sucesor de Pedro en The Young Pope. Se atestigua la calidad de un actor en su mirada, en la mirada adoptada según el individuo que encarna. La genialidad reside en su capacidad de interiorizar sus personajes y llevarlos a asomarse con autenticidad por las ventanas de los ojos. Jude Law ha logrado en esta serie concentrar el poder de Lenny Belardo y el del Papa en su mirada, y a partir de allí extender su carácter al resto del cuerpo.

Jude Law lleva a cabo la proeza de interpretar al Papa Pío XIII con majestuosidad, pero, sobre todo, con naturalidad, como si ser santo y a un mismo tiempo emanar cierta perversidad fuera parte de la vida del actor inglés.

No es sencillo mezclar en un solo individuo la presencia de un hombre y de Dios; la arrogancia y la humildad; ejecutar los movimientos, gestos y lenguaje de un pontífice, y al mismo tiempo hacerlo desde una condición atípica, que es la juventud. Es la completa invención de un personaje tomando los elementos de uno que ya se encuentra en la realidad.

Jude Law lleva a cabo esta proeza con majestuosidad, pero, sobre todo, con naturalidad, como si ser santo y a un mismo tiempo emanar cierta perversidad fuera parte de la vida del actor inglés. Como Kevin Spacey en su papel de Frank Underwood, no podemos en este caso imaginarnos a un actor diferente para interpretar el rol del Papa Pío XIII.

Los dilemas éticos y sociales

La llegada del Papa Pío XIII a ese mundo hipotético plantea además dilemas que en la actualidad dividen al mundo, como la homosexualidad y el aborto, o problemáticas tan conocidas, pero no ahondadas lo suficiente, como la pederastia en la Iglesia. Ante los dos primeros, el pontífice, como ultraconservador, a pesar de su juventud, se muestra radical. Sus declaraciones al respecto resultan controvertidas incluso para los cardenales. En lo que respecta a la pederastia, actúa con firmeza, como se devela en un apasionante capítulo de tinte policíaco, que se desarrolla en Nueva York.

La serie no tiene la intención de ofrecerle al espectador una posición evidente sobre estos temas. Busca más bien plantearlos a través de la interacción de los personajes, cada uno ofreciendo sus argumentos, evidenciando, eso sí, que dichos dilemas no solo están latentes en la población en general, sino también en el razonamiento de quienes conforman la Iglesia; que lo políticamente correcto es a veces una postura y no siempre una posición real; que las determinaciones al respecto, diplomáticas y confusas, están supeditadas a intereses políticos y económicos.

Por eso la actitud despótica del Papa frente a los cardenales y otros miembros de elevado poder en la Iglesia; pues entiende que todos ellos han cambiado a Dios por otro dios, más efectivo, más contundente y más hipócrita: la política. Pero él no, él no puede ser un pontífice solo político, él obedece a esas voces que residen en su silencio, que acaso oirá estruendosas cuando se postra de rodillas, extiende sus brazos en postura de alabanza y su rostro adopta la mueca de un trance celestial, mientras murmura veloz palabras tal vez en una lengua desconocida, o muchas.

Pero todo ese trasfondo moral, ético, político, eclesiástico e individual no sería posible sin personajes que brindaran las oposiciones y contrapesos necesarios para el equilibrado desarrollo de la trama. Son ellos individuos que, como Pío XIII, se destruyen y se reconstruyen: Sor María (Diane Keaton), la monja que crió a Lenny Belardo desde el inicio de su orfandad y fue nombrada asistente personal del Papa. El Cardenal Voiello (Silvio Orlando), Secretario de Estado del Vaticano, un experto en diplomacia y en manejar las estrategias políticas de la Iglesia y que a la vez es fanático del Nápoles y considera a Maradona como otro dios. El Cardenal Dussolier (Scott Shepherd), mejor amigo de Lenny. El Cardenal Gutiérrez (Javier Cámara), un alcohólico e inseguro sacerdote que desempeña un papel importante en el asunto de la pederastia. El Cardenal Michael Spencer (James Cromwell), quien estaba destinado a ser el próximo pontífice. Sofie (Cecile de France), Jefe de Mercadeo de la Santa Sede. Entre otros.

La actitud despótica del Papa frente a los cardenales y otros miembros de elevado poder en la Iglesia se debe a que entiende que todos ellos han cambiado a Dios por otro dios, más efectivo, más contundente y más hipócrita: la política

De ese modo, con una historia fuera de lo habitual, un personaje principal a un mismo tiempo detestable y encantador, una puesta en escena rigurosa, un argumento arriesgado y enigmático y un grupo de personajes suficiente, se cuece esta obra de diez capítulos, que además de ofrecer una imagen de la cotidianidad de la Iglesia Católica, deja momentos de deleite artístico y contradictorias reflexiones filosóficas sobre el ser, la vida, la fe y los dilemas sociales.

En fin, The Young Pope cuenta con los elementos suficientes como para entretener a Dios un tiempo y hacerlo aplazar un poco el apocalipsis, por lo menos mientras llega la segunda temporada.

SIETE FRASES DEL PAPA PÍO XIII

  • “Una buena persona es alguien que pone a los demás por delante, que renuncia a sus propias tentaciones trabajando solo por los intereses de otros”.
  • “Piensa en todas las cosas que te gustan. Eso es Dios”.
  • “No sabes lo maravillosa que es la paz. No tienes idea de lo desconcertante que puede ser la paz. Yo lo sé, porque la vi cuando tenía ocho años, en las orillas de un río en Colorado”.
  • “La bondad, a menos que se combine con imaginación, corre el riesgo de ser mero exhibicionismo”.
  • “No persigas a las personas, porque ellas después te perseguirán a ti”.
  • “Amo a Dios porque es muy doloroso amar a los humanos”.
  • “El mundo siempre está preparado para el amor”.

 

The Young Pope: el Papa que se merece el mundo
Una trama inesperada y compleja, como la personalidad de su personaje principal; una curiosa mirada hacia los dilemas que agobian los dogmas del catolicismo, como la homosexualidad, la pederastia y el aborto, y una baraja de personajes que componen una historia que como pocas ahondan en la intimidad de la Iglesia Católica.
PUNTOS FUERTES
  • Exquisita dirección de arte
  • El papel de Jude Law es más que sobresaliente
  • Es una serie intrigante
PUNTOS DÉBILES
  • Ciertas posiciones éticas no se definen claramente
90%ESCALA DIVINA
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