Este año, la tercera edición del BIFF trae una sección llamada Los fantasmas del pasado que se pregunta por hechos políticos y las posibilidades de la memoria ante la tragedia. El Festival comenzó el pasado 12 de octubre. Acompáñenos en este cubrimiento especial. 

 

EL PACTO DE ADRIANA

Si consideramos que “La realidad” es aquella que construimos con los fragmentos que nos regalan los que estuvieron acá antes, la que edificamos con las palabras que recibimos (y con las que después regalamos) y también con las imágenes que vemos, que fabricamos y que percibimos, el cine documental está destinado a poner es “realidad” en un estado permanente de duda y a  abrir las posibilidades, de interpretación y de reflexión. Cuando esa realidad se cae (o se cuestiona o se reflexiona) lo insospechable ocurre. Ese es el caso de esta película, que se pregunta por los restos de un derrumbe emocional y por las posibilidades de su reconstrucción.

El pacto de Adriana es un valiente retrato de la terminación de una sensación o de una convicción. Una película que nace para buscar respuestas a preguntas difíciles, áridas y escabrosas. Una ventana a un pasado confuso que termina en pantalla colisionando. También es una visión  de la fragilidad de la palabras y las distorsiones que genera (y también su poder de reflexión y seguridad), una contradicción que vemos en primer plano.

Cuando la directora, Lissette Orozco, se da cuenta que su tía está siendo acusada de haber torturado y secuestrado personas durante el régimen de Pinochet en Chile, se embarca en la investigación que vemos en la película con el único fin de probar la inocencia de su tía, por la que siente un cariño profundo. Las dualidades empiezan: por un lado la directora va como alma errante buscando cómo solventar el proceso, injusto cree ella, por el que pasa su tía y por el otro está la llegada a una información o a una faceta de su tía que implica que sus convicciones se vayan, una a una, derrumbando. Es el trazo de la Historia a través del yo. La voz propia conduce la película y es una voz que nunca teme a la confrontación.

El pacto de Adriana

Hay varios momentos en la película que, por su germen dual, resultan acojonantes y cargados de un peso que invitan a una profunda reflexión sobre la batalla que cada uno libra con la memoria; y también otros muy escabrosos, como cuando asistimos a un encuentro (bastante concurrido) que pretendía “celebrar” los logros del Chile pinochetista, un pasaje muy cercano a la barbarie.  Como si fuera un diario asistimos a ese nacimiento de las dudas, del dolor y de los caminos que se bifurcan para enmarañar más la niebla del pasado, donde un paso en falso desencadena que ese pasado turbio y confuso aparezca otra vez de frente. Construida por inmensidad de capas, este relato de la tía de la directora cambia siempre de registro y dirección. El hilo que conduce resulta cada vez más escabroso. La directora, sin saberlo, está frente a un peñasco sin fondo.

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Todo parece un espejismo

La película tiene juegos audaces y peligrosos entre el ser y parecer frente alguna ideología, la visión política que propone es a veces miope y lo que nos ofrece para entrar a estudiar o indagar por la postura de la misma película frente a lo político es confusa y, por momentos, podemos sospechar que reaccionaria. De ese debate interno del propio film, que es el espejo de lo que atraviesa la directora, aparece también esa duda por esclarecer si lo que vemos es un disfraz para el terror o una posibilidad de erigir un nuevo discurso o para un cese a ese “pacto”. En últimas se trata de una visión personalísima de un espectro del horror chileno que tocó el timbre cuando menos se esperaba.

Lo que resulta maravilloso de este documental, que se vale de las formas del ensayo fílmico o de “las piezas íntimas”: imágenes de archivo, voz en off que guía la narración, reconstrucción de espacios físicos y emocionales a través de fotografías y sonido dispar y el viaje personal como estructura dramática,  es la virtuosa capacidad con la expone las dos caras del asunto, que no es el asunto de la secretaria acusada sino el de la directora, sobrina de la implicada pero también chilena que aborrece la dictadura y todo su funcionamiento. Estamos viendo un interrogante (¿y una sospecha?) ser filmado. Ninguna versión se queda coja, valientemente la directora recoge los fragmentos que permiten hacernos un abanico de todas las posibles situaciones y ella, aunque confundida, nunca pierde el cariño por su tía. “El vínculo no se destruye sino que cambia” dice la directora.

La misma película abre otras disposiciones sobre la forma de tratar el ejercicio de la memoria, poniendo en el campo de batalla el recuerdo íntimo con el recuerdo general, el público. El film se dispone a resolver cabos, a atar conclusiones. La respuesta es imposible.

El pacto de Adriana

Esta película, que hace parte de la sección Fantasmas del pasado del Bogotá International Film Festival (BIFF), tendrá una función bastante especial en el  Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de la ciudad el próximo lunes 16 de octubre a las 15:00 horas. Los invitamos a perderse la oportunidad.

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